Cuando el maestro deja de enseñar para resistir
¿Qué ocurre cuando el maestro dedica más tiempo a controlar conductas que a enseñar?
En cada crisis educativa parece existir un culpable inmediato “el maestro”, si un estudiante obtiene malos resultados, el docente es cuestionado, si existe indisciplina, se acusa al docente de no tener autoridad, si después de meses de tensión, un maestro pierde la paciencia y levanta la voz, la atención pública suele centrarse únicamente en su conducta, sin analizar el contexto ni el desgaste emocional acumulado, pocas veces se hacen la pregunta incómoda ¿quién está sosteniendo emocionalmente a quienes enseñan? la escuela no puede asumir sola responsabilidades que comienzan en el hogar.
Durante la pandemia, cuando las aulas se trasladaron a los hogares, muchas familias tuvieron la oportunidad de observar de cerca el trabajo docente, acompañar a uno o dos hijos durante las clases virtuales permitió a muchos padres comprender que enseñar requiere paciencia, planificación, manejo de emociones, atención constante y una enorme capacidad para mantener el interés y la disciplina, acompañar el aprendizaje de un hijo podía resultar desafiante, vale la pena preguntarse cómo es esa realidad para un docente que, día tras día, tiene a su cargo treinta o más estudiantes, cada uno con necesidades, ritmos y contextos diferentes, esa experiencia dejó en evidencia que la educación de calidad solo es posible cuando existe un verdadero compromiso compartido entre la familia y la escuela.
Este artículo busca reflexionar sobre la necesidad de reconocer que la educación es una responsabilidad compartida, la escuela tiene la misión de enseñar y formar, pero difícilmente podrá cumplirla plenamente si la familia no participa activamente en la formación de valores, desde él hogar, el respeto, disciplina, la empatía, los límites y la convivencia no se aprenden únicamente en la escuela, sino que se construyen desde la infancia y requieren un acompañamiento familiar constante.
Todo maestro sabe que enseñar a un estudiante con dificultades académicas puede ser un desafío hermoso, busca constantemente nuevas estrategias para ayudar a quien presenta dificultades académicas, cambia metodologías, adapta recursos, dedica tiempo extra y encuentra diferentes maneras de explicar un mismo contenido, porque observa disposición e interés por aprender, ese esfuerzo representa la esencia de la vocación docente porque creemos en que todo estudiante puede aprender, lo que realmente desgasta es enfrentar diariamente conductas agresivas, faltas de respeto y una creciente desvalorización de la autoridad educativa.
Una realidad cada vez más visible es que gran parte del tiempo en el aula ya no se destina exclusivamente a enseñar, muchos docentes deben enfrentar constantes interrupciones, actos de indisciplina, faltas de respeto que afectan el desarrollo normal de las clases, estas situaciones no solo perjudican al profesor, sino también a los estudiantes que sí desean aprender y ven limitado su derecho a recibir una educación de calidad.
La escuela desempeña un papel fundamental en la formación integral de niños y adolescentes, pero no puede reemplazar la función de la familia, valores como el respeto, la responsabilidad, la empatía y el reconocimiento de la autoridad comienzan a construirse en el hogar y se fortalecen en la institución educativa, cuando esa corresponsabilidad se rompe, el docente termina asumiendo funciones que no le corresponden, perjudicando así el progreso de todo el aula.
En los últimos años se ha vuelto frecuente ver casos en los que cualquier corrección es interpretada como violencia, esto no significa justificar abusos ni negar que existan malas prácticas docentes, las cuales deben ser sancionadas, pero tampoco podemos ignorar que muchos maestros trabajan bajo una presión constante, con aulas sobrecargadas, escaso apoyo institucional y familias que esperan que la escuela resuelva problemas de conducta acumulados durante años.
“Quizá el verdadero desafío de la educación no sea exigir cada vez más a los docentes, sino comprender que ningún maestro, por extraordinario que sea, puede reemplazar el papel de una familia comprometida.”
La labor del docente va mucho más allá de transmitir conocimientos, implica acompañar, orientar y motivar a las nuevas generaciones, ninguna vocación puede sostenerse indefinidamente cuando el profesional trabaja bajo constantes niveles de estrés, presión y sobrecarga de responsabilidades que deberían ser compartidas.
Reconocer el desgaste emocional del maestro no significa disminuir la importancia de proteger los derechos de los estudiantes, sino comprender que una educación de calidad necesita docentes emocionalmente saludables, familias comprometidas y una sociedad que valore el trabajo educativo desde una perspectiva integral.
Licenciada en Educación Física y Deportes





