El día que la tierra dejó de ser un sustantivo

Una mujer preparaba un café. Un niño terminaba la tarea. Un taxista esperaba que cambiara el semáforo. Alguien discutía por WhatsApp. Otro revisaba las redes sociales. Ninguno de ellos imaginaba que, unos segundos después, la tierra dejaría de ser un sustantivo.

Así ocurrió hace unos días en Venezuela. Bastaron unos segundos para que aquello que simbolizaba la estabilidad comenzara a moverse. El suelo dejó de sostener; los edificios dejaron de parecer seguros; las certezas cotidianas se resquebrajaron junto con las paredes.

La noticia nos llegó como suelen llegar hoy todas las tragedias: videos grabados con manos temblorosas, edificios balanceándose, personas corriendo sin saber muy bien hacia dónde, rostros buscando una explicación donde solo había incertidumbre.

Detrás de esas imágenes hay miles de personas que enfrentan pérdidas imposibles de cuantificar. A ellas, antes que cualquier reflexión, van mi solidaridad y mi respeto.

Hay tragedias que uno intenta comprender. Un accidente admite causas. Una guerra busca responsables. Una crisis económica permite discutir decisiones. Los terremotos, en cambio, se resisten a las explicaciones. No castigan ni perdonan. No distinguen entre buenos y malos, ni ricos y pobres. Simplemente ocurren.

Uno puede refugiarse de la lluvia, huir de una inundación o prepararse para un huracán. Pero ¿hacia dónde corre alguien cuando aquello mismo que debería sostenerlo deja de hacerlo?

Quizás por eso producen un miedo tan primitivo. Vivimos convencidos de que el suelo es el único pacto que nunca se rompe. Salimos de casa sin preguntarnos si la calle seguirá donde la dejamos. Entramos a un edificio sin pensar que el piso podría convertirse, de pronto, en una ola de piedra. Nuestra vida entera descansa sobre una confianza silenciosa: que la tierra no se mueve.

Esa certeza es tan profunda que terminó infiltrándose en el lenguaje. Hablamos de “tener los pies sobre la tierra”, de “volver a tierra firme”, de personas “bien plantadas”, de mantener los pies “en el suelo”. La tierra no es solo geografía. Es una metáfora de la estabilidad. Hasta que un terremoto cambia su significado.

De pronto, la tierra deja de ser un sustantivo y se transforma en un verbo: tiembla, cruje, respira, se desplaza. Lo que durante toda una vida representó permanencia comienza a comportarse como un ser vivo. Y entonces entendemos algo que normalmente olvidamos: no vivimos sobre un escenario inmóvil. Vivimos sobre un planeta vivo.

Nos gusta pensar que dominamos el mundo. Construimos ciudades, abrimos túneles, levantamos rascacielos, desviamos ríos, diseñamos inteligencia artificial y discutimos sobre cómo será el futuro. Esa sensación de control resulta cómoda. Incluso necesaria.

Pero bastan unos pocos segundos para que la geología nos devuelva a nuestra verdadera escala. Tal vez ese sea el verdadero impacto de un terremoto. No solo derrumba edificaciones. También derrumba una ilusión. Nos obliga a descubrir cuántas cosas damos por descontadas simplemente porque nunca habían fallado.

Vivimos sostenidos por un enorme conjunto de certezas invisibles. Confiamos en que el corazón seguirá latiendo mientras dormimos, en que el aire seguirá entrando a nuestros pulmones, en que mañana saldrá el sol y en que la tierra permanecerá inmóvil bajo nuestros pies. Pensamos en esas certezas únicamente cuando dejan de cumplirse.

Llamamos "tierra firme" a aquello que, en realidad, solo ha permanecido quieto durante el tiempo suficiente para que olvidemos que también sabe moverse.

Quizás esa sea la lección más silenciosa de un terremoto: no nos recuerda que la vida es frágil —eso ya lo sabemos—. Nos recuerda algo mucho más perturbador: que la seguridad nunca fue una propiedad de la tierra. Fue una ilusión construida por la costumbre.


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