Leer en tiempos de scroll
También es cultural. Vivimos acelerados. Hacemos varias cosas al mismo tiempo: contestamos mensajes mientras almorzamos, revisamos titulares mientras trabajamos y vemos series mientras miramos otra pantalla. Hemos convertido la dispersión en una forma de vida
Durante la reciente Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, mientras firmaba ejemplares de Desde la línea de cal. Cuentos de fútbol, se acercó una señora al stand. No venía a hablarme de literatura, ni de autores favoritos, ni siquiera del libro que tenía delante. Venía a hacer una confesión. Me dijo algo que, sospecho, cada vez más personas sienten y cada vez menos se animan a decir en voz alta: “Tengo ganas de leer, pero ya no puedo”.
No se refería a una imposibilidad física. Tampoco a falta de tiempo. Hablaba de otra cosa. De sentarse frente a un libro, avanzar dos o tres páginas y descubrir que la cabeza ya está en otro lado. La atención se escapa. El impulso de mirar el celular aparece como un reflejo involuntario. La lectura, algo que antes ocurría con naturalidad, se ha convertido en una pequeña batalla mental.
Mientras la escuchaba, recordé un testimonio muy parecido que leí hace algún tiempo en la sección de cartas de lectores de un periódico español. Una mujer contaba que ya no lograba pasar de la tercera página de un libro. Se preguntaba si estaba tan saturada de consumir historias ajenas en redes sociales que había perdido la capacidad de sumergirse en una historia larga. La pregunta era simple, pero incómoda: ¿en qué momento dejamos de prestar atención? ¿Cuándo se volvió tan difícil permanecer?
Porque el problema no es la falta de interés por los libros: mucha gente sigue comprándolos; las ferias siguen convocando lectores; la gran asistencia de público a la feria cruceña, lo demuestra. Lo que parece estar erosionándose es algo más básico: la capacidad de sostener la atención durante períodos prolongados.
Durante años se creyó que internet simplemente nos daba más información. Hoy sabemos que también modifica nuestros hábitos mentales. Nicholas Carr planteó esa inquietud hace tiempo cuando se preguntó si la red estaba alterando nuestra manera de pensar. La neurocientífica Maryanne Wolf lleva años advirtiendo algo parecido: leer profundamente no es una capacidad automática; es una habilidad que el cerebro desarrolla. Y, como cualquier habilidad, puede debilitarse.
El problema es que vivimos en un ecosistema diseñado exactamente para lo contrario de la lectura profunda. Las redes sociales, las plataformas digitales y los algoritmos compiten ferozmente por nuestra atención. No quieren que permanezcamos demasiado tiempo en una sola cosa. Quieren movimiento constante. Un video detrás de otro. Una noticia detrás de otra. Un escándalo reemplazando al anterior antes de que alcancemos a comprenderlo. La lógica del scroll infinito consiste precisamente en impedir que la mente se detenga demasiado.
Nos hemos acostumbrado a consumir fragmentos. Titulares. Clips de treinta segundos. Opiniones comprimidas. Memes que resumen una discusión compleja en una imagen ingeniosa. El cerebro termina adaptándose a ese entorno. Y cuando después le pedimos que acompañe durante trescientas páginas una novela, protesta. Se inquieta. Busca dopamina rápida. Extraña la próxima notificación.
No es únicamente un problema tecnológico. También es cultural. Vivimos acelerados. Hacemos varias cosas al mismo tiempo: contestamos mensajes mientras almorzamos, revisamos titulares mientras trabajamos y vemos series mientras miramos otra pantalla. Hemos convertido la dispersión en una forma de vida. Y la lectura exige justamente lo contrario: lentitud, paciencia y cierta renuncia temporal al mundo exterior.
Quizás por eso leer hoy se parece un poco a ir al gimnasio. No siempre hay ganas. No siempre resulta cómodo. Hay que recuperar un músculo que se ha ido debilitando. La concentración ya no aparece sola; necesita entrenamiento.
Y, sin embargo, sigo creyendo que vale la pena.
Porque leer sigue siendo una de las pocas actividades donde el tiempo recupera profundidad. Mientras todo nos empuja a reaccionar, un libro todavía nos obliga a permanecer. Mientras el algoritmo nos fragmenta, una novela nos reúne. Y mientras las pantallas nos entrenan para saltar de estímulo en estímulo, la lectura nos enseña algo cada vez más raro: habitar una misma idea durante un rato largo.
Quizá la señora de la feria tenía razón al sentirse preocupada. Pero también creo que su problema tiene solución. No porque estemos perdiendo la capacidad de leer, sino porque estamos dejando de ejercitarla.
Leer no se perdió. Está ahí, esperándonos.
Como esos viejos amigos a los que uno deja de llamar durante años y que, cuando finalmente vuelve a buscarlos, todavía recuerdan el camino de regreso.


