Gas para hoy, hambre para mañana: Tariquía y los mitos del desarrollo
Hace unos años, fui a acampar a Tariquía, al segundo día, el rio llegó. Nos quedamos sin camino, sin electricidad ni agua potable, pero en medio del paraíso; bosque subandino envuelto en neblina, orquídeas, epífitas y aguerridos mosquitos.
Una de las noches, sin luz y con las estrellas encima y luciérnagas revoloteando, Oliver, nuestro anfitrión, nos contaba de lo afortunado que era vivir en Tariquía. Ahí, sentado en su silla de plástico y patio de tierra, con la pose y tono de un emperador en su trono, nos decía que en Tariquía no les faltaba nada, que tenían todo, “En esta tierra bendita da de todo, maíz, maní, producimos miel, tenemos agua, tenemos todo lo único que no da es fídeo”.
El gobierno actual se presentó en la campaña como innovador, como ambientalista. Pero ahora nos presenta la misma receta para salir de la crisis que en la Colonia: el extractivismo. Lo estamos viendo con Tariquía, con la agenda agroextractivista en la Chiquitanía y con las fantasías de los bonos de carbono.
Hace unos días circulaba un video en el cual Paz decía que él no había autorizado la explotación de Tariquía. Al final del mismo dice “vamos a desarrollar muchos pozos en Bolivia, si, para que la economía salga adelante” Escalofríos. Estas declaraciones confirman la lógica de desarrollo: el gas es desarrollo (¿para quienes?). Esta idea caduca es la que está llevándonos al colapso como humanidad, en estos momentos estamos tocando la puerta a la sexta extinción masiva debido a la crisis climática. La evidencia científica sobre la gravedad de la crisis climática es indiscutible. Paneles internacionales como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), respaldado por miles de científicos, coinciden en que el calentamiento global es causado principalmente por el uso de combustibles fósiles (gas natural, por ejemplo). Expandir su exploración y extracción es incompatible con la necesidad de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, es decir incompatible con la vida. También estamos avisados que tenemos poco tiempo y que cada año de retraso cierra las opciones y eleva los impactos económicos, sociales y ambientales a escala planetaria. La idea de que el gas nos sacará de la crisis es una suerte de disonancia cognitiva.
Por otro lado, no sería justo exigir a Bolivia una transición energética instantánea desconociendo las desigualdades históricas para un giro de modelo. Incluso los países más ricos enfrentan enormes obstáculos políticos. Pero habrá que empezar por algún lado y, al menos, tener una agenda de transición clara y democrática. Por ejemplo, empezar por no avanzar sobre áreas protegidas de altísimo valor en biodiversidad, como Tariquía, donde además la consulta pública y el cumplimiento de la normativa ambiental están seriamente cuestionados en su idoneidad. Empezar por ahí no es radical: es lo mínimo.
El mito de que el gas equivale a desarrollo se apoya en ideas y supuestos que la evidencia y la experiencia histórica han puesto en duda. En Bolivia, décadas de dependencia de la renta extractiva (plata, estaño, gas) han mostrado un patrón recurrente: bonanzas que concentran beneficios en pocos momentos, lugares y personas, seguidas de caídas de precios y producción que dejan crisis y poco cambio en lo estructural; empleo, industria o servicios básicos. Esto además es acentuado por mala administración, la corrupción, etcétera.
Este mito se sostiene por una falsa dicotomía: como si las únicas opciones fueran “gas” o “pobreza”. Pero el desarrollo también puede significar diversificación productiva, bioeconomía, agricultura con valor agregado, energías renovables, empleo local, y turismo sostenible, etc. En fin, economías territoriales que no dependan de ciclos extractivos. Por eso, criticar la explotación de gas no es estar contra el desarrollo: es exigir un desarrollo más democrático, más sostenible y más justo, que no sacrifique áreas protegidas o comunidades, para el beneficio de unos cuantos.
Costa Rica, por ejemplo, es un caso útil para recordar que se puede construir desarrollo sin basarlo en la extracción de petróleo o gas. Desde los años 90 estableció una moratoria a la exploración y producción de hidrocarburos, y apostó por educación, servicios, institucionalidad ambiental y una matriz eléctrica mayoritariamente renovable.
Resulta útil entender la lógica de la exploración gasífera en Tariquía como parte de una dinámica extractivista global, como un caso más de “acumulación por desposesión” (teoría propuesta por Harvey), para dimensionar que no se trata de un caso aislado sino de un patrón que se repite en distintos territorios.
La acumulación por desposesión ocurre cuando el capital crece apropiándose de bienes, derechos y recursos que antes eran comunes, públicos o colectivos. Tariquía es un ejemplo de manual; un área protegida, redefinida como espacio extractivo, transfiriendo control y decisiones desde las comunidades hacia el Estado y Petrobras. Mientras, los costos quedarán en el territorio, los beneficios se concentrarán afuera. Tariquía se une a la larga lista de luchas territoriales al estilo David contra Goliat; En Ecuador, el caso Lago Agrio contra Chevron y la defensa del Yasuní; o la resistencia al oleoducto EACOP en Uganda y Tanzania frente a Total Energies. La lista es larga de las comunidades y territorios que con sus cuerpos y vidas exigen que se respete la vida por encima de los intereses corporativos.
En las últimas declaraciones, sean del gobierno o Petrobras, ya no sé quién es quién. Están defendiendo la exploración argumentando que el pozo Domo Oso X3 (uno de los varios pozos planificados) estará aprox. a 1.5 Km de distancia lineal de la reserva, jurando que su explotación no va a causar impactos. También insisten que tienen todas las licencias ambientales.
Lynn Margulis, una de las biólogas evolutivas más influyentes del siglo XX, argumentó que la naturaleza es inherentemente compleja, no lineal y contingente, y que los intentos de predecirla como si fuera un sistema estable, suelen fallar. Esta teoría, además de las trampas y mañas, sugiere que las licencias ambientales pueden ser engañosas: asumen que los impactos son predecibles y mitigables, cuando en realidad los ecosistemas son muy complejos y pueden responder con efectos en cadena y cruzar umbrales irreversibles.
Además de lo cuestionables que son las licencias ambientales, está la muy mala práctica de criminalizar a los defensores ambientales, sin piedad. Si el Estado se muestra muy preocupado por sus compromisos contractuales con Petrobras, le recordamos que también ha firmado y ratificado el acuerdo de Escazú. Este acuerdo vinculante obliga a los estados a garantizar la seguridad de los defensores ambientales y a sancionar su criminalización.
En fin, el gas no es desarrollo, es postergación. Postergación de decisiones, de alternativas y de justicia socio ambiental. Insistir en la exploración y posible explotación de gas en Tariquía traslada los costos a las comunidades y a las próximas generaciones. Dejemos de lado las discusiones basadas en la ingeniería y las marañas legales, y pensemos: ¿vale la pena sacrificar la vida por el gas?


