Los “presidentes inocentes” o el arte boliviano de buscar siempre otro culpable

En Bolivia existe un reflejo político peculiar: cuando un presidente se equivoca, surge de inmediato una narrativa que lo absuelve y deposita la culpa en un “otro”. Es un mecanismo casi automático, tan instalado en el sentido común que rara vez lo cuestionamos. Sin embargo, contradice un dato estructural: Bolivia es uno de los países más híperpresidencialistas de la región, como sostienen Nohlen y Fernández (2001) y como describe Gargarella (2013) en su análisis sobre la concentración del poder ejecutivo en América Latina. En sistemas así es difícil imaginar que las decisiones centrales no pasen por el propio mandatario; pero, ya lo sabemos, en tiempos del terraplanismo, la realidad importa poco.

La historia reciente está plagada de intentos por eximir al presidente y trasladar la culpa (y por tanto la agencia) a figuras secundarias.

Cuando el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada colapsó en 2003, una parte del debate público sostuvo que “Goni ya no gobernaba”, que la autoridad real era Carlos Sánchez Berzaín. La narrativa del “presidente viejo manipulado por el ministro fuerte” buscaba explicar lo inexplicable: un gobierno elegido democráticamente que perdió legitimidad en tiempo récord y que para “recuperarla” cometió una gran masacre. Aunque la evidencia institucional contradecía la idea de un títere, la hipótesis prosperó porque alivianaba la responsabilidad presidencial y quizás nuestras culpas como votantes.

Pocos años después, Evo Morales llegó al poder con la votación más alta de la historia democrática. Pronto sufrió un extraño proceso de infatilización. Pese a su importante trayectoria sindical y política, algunos analistas políticos  difundieron la tesis de que “el verdadero presidente es Álvaro García Linera”. La figura del “cerebro detrás del líder” encajaba bien en un imaginario que prefiere pensar a los presidentes como simbólicos y perfectos, antes que como los primeros responsables. Evo el gran caudillo del siglo XXI, ¿habría sido guiado por el vicepresidente? Se trataba de otra forma de compensación; ya que el gobierno recae en un solo hombre, si algo falla todos se ocupan de librar a este hombre de culpa, para que el colectivo no se hunda. Si él perdiera el respeto general, el gobierno en su conjunto sufriría.

En el nefasto gobierno de Jeanine Áñez se repitió este patrón: durante meses de creciente crisis, de un gobierno errático, represivo y asesino, los errores del régimen se atribuían, casi exclusivamente, al ministro Arturo Murillo. Áñez pasó a ser representada como víctima política o rehén, una exoneración simbólica que anulaba su rol de presidenta del país. Era conveniente dejarla sin ninguna agencia política para conservar su imagen de heroína “valienta”. (El machismo cumplió un papel aquí, igual que el racismo en el caso de Evo).

Tampoco Luis Arce escapó de este reflejo cultural. Durante los primeros años de su mandato, incluso en medio del conflicto abierto con Evo Morales, persistió la idea, propagada por “agudos” analistas, de que Arce era “bueno” y Evo “malo”. Que las decisiones más chocantes de su gobierno eran la ejecución de órdenes de otros. Solo se lo podía culpabilizar de debilidad; de ahí el sobrenombre “Tilín”.

Esta narrativa sobrevivió incluso cuando ambos bandos intercambiaban acusaciones públicas, mostraban rupturas irreversibles y se tiroteaban.

De Arce también se dijo, igual que de los anteriores mandatarios, que “no estaba bien informado por sus ministros”. Porque si lo hubiera estado, habría hecho algo para resolver los problemas. Esta narrativa contrastaba fuertemente con las características de un gobierno que en realidad estaba paralizado porque Arce tenía que aprobar hasta el color de los floreros.

Algo análogo está pasando con Rodrigo Paz. Llegó al poder por una combinación improbable de factores, en la que Edman Lara, el vicepresidente, tuvo un rol crucial. Apenas iniciado el gobierno, la responsabilidad política del gobierno acabó en manos de Samuel Doria Medina, aliado coyuntural convertido en “villano” funcional. El presidente, otra vez, fue infantilizado: “Lo manejan”, “le dan mal los datos”… Al final todo lo hacen los “colocados” de Samuel. Una narrativa que convenció a Lara, que así pudo criticar a Rodrigo sin atacarlo, atacando en su lugar a Samuel.

Mientras, Rodrigo parece (o eso se quiere creer) inocente incluso de la gran metida de pata que fue su afirmación de que el dinero de la Gestora “no está”. Un “atrevimiento” que fue rápidamente desmentido por los que saben del tema.

¿Por qué Bolivia insiste en quitar la responsabilidad a sus mandatarios? Las teorías del liderazgo político no dan una pista. Max Weber advertía que los liderazgos carismáticos generan una suerte de “protección emocional”: sus seguidores prefieren creer que el líder no falla, sino que es mal aconsejado. Ernesto Laclau propuso que las figuras de poder condensan demandas colectivas, por lo que culparlas amenaza la identidad política del grupo que representan.

La combinación es explosiva: un país híperpresidencialista, pero culturalmente inclinado a des-responsabilizar al presidente y a culpar a su entorno. Un país donde los mandatarios concentran poder, pero tienen que hacerlo muy mal (como Arce) para ser culpabilizados.

Todo esto dificulta algo esencial para cualquier democracia: asignar con claridad la responsabilidad. Mientras no rompamos este patrón, seguiremos produciendo presidentes inocentes y villanos externos. Y ninguna democracia sana se sustenta sobre esta ficción.


Más del autor