Gobernar desde la grieta: la distopía política que emerge en Bolivia
Desde la óptica de la psicología social, el reciente desbarajuste visible en la dupla gobernante Rodrigo Paz – Edman Lara evidencia no solo una crisis de gobernabilidad, sino —más profundamente— una fractura en el tejido simbólico que sostiene la legitimidad del poder y la confianza ciudadana.
Cuando Paz y Lara juraron sus cargos, muchos vieron en ellos la esperanza de un nuevo rumbo: un viraje hacia políticas de mercado, reformas económicas e institucionales, junto con promesas de “capitalismo para todos”. (Al Jazeera) Pero esa promesa de unidad quedó rápidamente en suspenso.
El vicepresidente Lara rompió con la retórica conciliadora apenas días después de la asunción. En un video en redes lo tildó de “mentiroso” al presidente: “Rodrigo Paz, usted miente. No ha solucionado hasta ahora ningún problema de la gente”. (Infobae) También lo señaló de “cínico” por prometer grandes transformaciones mientras, según él, no cumplía nada. (La Tercera)
Pero las acusaciones no se limitan a palabras duras: Lara fue más lejos al afirmar que Paz se rodea de “gente de la peor calaña”, denunciando la posible incorporación de funcionarios con antecedentes cuestionables en su gabinete. (La Razón) Aún más grave: criticó la creación de un viceministerio que, según él, “anula” funciones inherentes a la Vicepresidencia —una acusación de usurpación institucional. (Visión 360)
En paralelo, desde el Ejecutivo se respondió con mensajes de distanciamiento: Paz admitió que su vicepresidente “tuvo una semana complicada” y dijo no interesarse por TikTok, como para marcar distancia con el estilo mediático de Lara. (La Razón)
Este pulso interno —convertido en espectáculo público— ha derivado incluso en un proyecto de ley para destituir al vicepresidente, bajo la acusación de que sus declaraciones atentan contra la gobernabilidad. (Agencia de Noticias Fides)
Polarización, identidad y malestar simbólico: una lectura desde la psicología social
Disonancia discursiva e institucional
Desde una mirada psicológica social, lo ocurrido con este gobierno evidencia una disonancia cognitiva colectiva: se prometió unidad, estabilidad y certezas; lo que se observa hoy es conflicto, desconfianza y caos simbólico. Esa contradicción entre expectación y realidad desencadena en los ciudadanos reacciones de incredulidad, frustración, desafección política. Esa sensación no es menor: erosiona aquello que contribuye a sostener la legitimidad del poder —es decir, la esperanza compartida de un proyecto común.
Reactivación de viejas divisiones sociales
El excesivo énfasis en la confrontación, en denuncias y descalificaciones, abre la puerta a un retorno de discursos identitarios polarizantes: la división “nosotros vs ellos”, una lógica de antagonismo que ya ha fragmentado a la sociedad boliviana. En un contexto donde la desigualdad estructural sigue siendo profunda, estos mecanismos simbólicos pueden exacerbar resentimientos sociales vinculados al origen, la región, la etnicidad, o la condición socioeconómica.
Deslegitimación y alienación ciudadana
El malestar social emerge no solo por expectativas incumplidas, sino por una desorientación identitaria: ¿quién representa hoy al Estado? ¿Qué narrativa une al país? Cuando los máximos representantes del poder están enfrascados en una disputa pública, se transmite la idea de que la política es espectáculo, protagonismo personal y conflicto constante. Eso favorece la alienación, el cinismo, el desencanto: fenómenos propios de una subjetividad colectiva fatigada, desconfiada, sin referentes simbólicos sólidos.
Riesgo de gobernabilidad simbólica
Un régimen político no sobrevive solo con instituciones formales (ministerios, leyes, decretos), sino con un capital simbólico —confianza, legitimidad, esperanza—. Si ese capital se diluye, la gobernabilidad queda supeditada a la improvisación, al cálculo político de corto plazo, al conflicto permanente. La fractura entre Paz y Lara inaugura un modelo de gobierno donde la distonía, la incongruencia y la confrontación pueden volverse la norma.
Bolivia ¿turismo del desencanto o tragedia colectiva?
Este panorama revela la posibilidad de una “distopía gubernamental”: un modo de gobierno donde la aparente normalidad democrática convive con la disfunción simbólica, la división social persistente y la incertidumbre colectiva.
Bolivia no necesita otro escenario de polarización, de antagonismos identitarios, de “bando contra bando”. La urgencia del país —la crisis económica, la escasez de divisas y combustibles, la inflación, la demanda social de dignidad— exige un liderazgo capaz de generar cohesión, sentido común, esperanza compartida. Pero ese liderazgo hoy parece estrellarse contra el ego, las disputas y la desconfianza.
Más aún: cuando quienes representan al Estado se enfrentan públicamente, no solo se cuestiona su credibilidad. Se pone en duda la propia posibilidad de construir un proyecto de país inclusivo, plural y democrático.
Una invitación al reencuentro simbólico
La tarea no es menor: reconstruir desde la grieta. Eso implica —sobre todo— retomar un lenguaje de integración, de reconciliación, de responsabilidad institucional, más allá de ambiciones personales. Implica priorizar la deliberación racional, el consenso político, el respeto simbólico a la diversidad social y cultural de Bolivia.
Si el gobierno actual aspira a reinventar Bolivia, debe empezar por reinventarse a sí mismo: disipar la tormenta interna, reconocer errores, restablecer puentes —no sólo institucionales, sino simbólicos— con la ciudadanía. Porque sin ese sostén simbólico, las promesas, los decretos y los planes de gobierno pueden terminar devorados por el conflicto y la deslegitimación.


