Las cien primeras horas del gobierno de Rodrigo Paz

Para entender las cosas vale la pena iniciar con un preludio: El pasado 25 de octubre de 2025, el vicepresidente elegido Edmand Lara Montaño publicó un video en redes sociales afirmando: “Yo no voy a ser la quinta rueda de la llanta del coche… la Constitución Política del Estado también me da atribuciones”. Con ello advertía que no aceptaría quedar reducido a un papel puramente simbólico. Poco tiempo después de la victoria electoral, ya investidos como presidente y vicepresidente, la tensión entre ambos no haría más que escalar.

Rodrigo Paz antes del día de la posesión se fue a Washington e hizo lo que prometió en la campaña que no haría: visitar el FMI. Aprovechó el viaje para reunirse con la administración de Trump que más tarde llegaría al país a “recomendar” que el gobierno pida cuentas al MAS por sus 20 años en el gobierno.

En los preparativos de la posesión llamaron la atención algunos gestos simbólicos: el retorno del crucifijo para la juramentación de posesión, decisión tomada mayoritariamente por un Congreso que no se enteró sobre la libertad de culto anotada en la Constitución. También la supresión de la wiphala del edificio del Palacio Quemado. Estos dos actos envían una señal: un cambio del discurso plurinacional hacia la restauración de una estética más tradicional, republicana, cristiana y para muchos sectores, excluyente. Un retorno “al orden”.

Día D: La posesión

El 8 de noviembre de 2025 Rodrigo Paz asumió la presidencia.  En su discurso arrancó con tono religioso: "Dios, patria y familia: ¡Sí, juro!". Habló de la democracia, del pacto social y de “capitalismo para todos”.  Pero lo que no estaba entonces en campaña -y se vuelve evidente ya en estas horas- son los vacíos: conducir a Bolivia hacia el federalismo, menciones severas en contra de Evo Morales y casi ningún reconocimiento explícito a los pueblos indígenas, ningún gesto público protagónico al movimiento social - de estas dos últimas cosas se encargó Edman Lara -, mientras Paz gritaba desesperadamente en la Asamblea “Bolivia” y “Familia”.

Luego de los discursos de posesión -que nos servirán en el futuro de objeto de estudio para el marketing político- espera un almuerzo de lujo, reservado para invitados de la élite social y económica del país. El pueblo también tuvo su momento de festejo: en la plaza Camacho, con presencia de Lara que tragaba saliva ante el silencio ensordecedor de los asistentes cuando explicaba que el nuevo presidente Paz, no estaría allí porque debía cumplir una agenda con invitados extranjeros. Lo real es que el nuevo gobierno -o al menos su jefatura- prefirió agasajar a las clases dominantes, empresarios y a los diplomáticos de turno que no le aportaron al triunfo electoral. Un error de lectura estratégica: si el triunfo se ganó con ciudadanos de base, ¿por qué ignorar su protagonismo en ese momento inaugural? Esto no es mera logística: es un acto de política simbólica: definir tu público desde el inicio.

Del gabinete ¿tecnocrático?

Al mismo tiempo, se comenzaba a perfilar el gabinete, bajo una curiosa modalidad poco práctica en términos técnicos: suprimir ministerios antes de ver cómo éstos funcionan o intentar fusionarlos sin antes cambiar la Ley o peor aún sin enterarse de qué van cada uno de ellos. Las designaciones fueron sin grandes figuras sociales ni representantes reconocidos de los sectores organizados populares. Sin embargo, se incluyeron ministros vinculados al agronegocio y al capital privado, lo cual contrasta con la retórica de inclusión social mentada en toda la campaña o “sin representación sectorial” como dijo Paz, aunque en realidad sí la hay, sólo que se invirtió. Ningún representante en gabinete del sector emprendedor popular que nos indique cómo hacer posible la propuesta “capitalismo para todos” dirigida explícitamente, en campaña, al sector de la economía informal del país. Un ministerio de Medio Ambiente al filo de perder jerarquía y entregado a un representante de la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) se convierte en una contradicción flagrante: ¿quién vela por los bosques y la naturaleza cuando gobierna el agronegocio? Ese tipo de decisiones son ya parte de las primeras 100 horas.

No tenemos espacio para hablar de cada una de las designaciones, muchas de estas sí cumplen el requisito técnico (Cancillería, Economía, Turismo, Hidrocarburos incluso Gobierno), pero la mayoría no. Paz dijo que “es un momento de darle a la meritocracia el servicio al pueblo”, pero en varias hojas de los nuevos ministros no se observa ninguna experiencia en los servicios que van administrar, el extremo es que en algunas publicadas por la comunicación oficial anotaban “amigo de” (los Paz) como si fuera un mérito.

Siguiendo la lógica simbólica, el ministro de Defensa cuyas credenciales en temas de seguridad de Estado se desconocen, fue abogado defensor de los curas denunciados por encubrimiento y por violencia sexual en contra de menores. Esto revela de qué lado se pone el gobierno frente a esa lucha en contra de conservadores que quisieron edulcorar los hechos de violencia sexual en contra menores porque se trataba de miembros de la Iglesia.

El Capi Lara: “no seré la quinta rueda del carro”

La grieta interna podría ser letal: Lara denuncia que Paz le dijo que “no lo quiere molestar, que se ocupe de la vicepresidencia nomás”. Lara tuvo que recordarle la Constitución y las funciones de coordinación que ésta le asigna. Su queja fue pública: “Algunos están queriendo hacer ver que el capitán Lara no es nada, que como vicepresidente no puede hacer nada, mentira”. Esa denuncia se convierte en síntoma de un quiebre.

El presidente Paz nunca ofreció reconocimiento público al aporte electoral que Lara significó. Sin ministerios clave, ni integración plena en el gabinete, se pretende que el vicepresidente popular quede relegado al poder simbólico. Esto no es una metedura de pata menor: es un error estratégico de manual. Un vicepresidente sin voz real genera fisura política, estimula competencia interna en lugar de cooperación y debilita la coalición que permitió el triunfo. En las primeras 100 horas ya se vislumbra.

Conflictos a la vista

Mientras Paz salía a mostrarse con empresarios, diplomáticos y en la caravana de supuestamente abastecería al país de carburantes, varios sectores le marcaban territorio:

Los mineros exigieron mantener al Ministerio de Minería el rango que pretendía rebajar. Paz cedió “momentáneamente”.

Los transportistas denunciaron que los camiones cargados de diésel y gasolina estaban supuestamente vacíos. El presidente prometió abastecimiento “al día siguiente”, pero la presión quedó puesta.

El ministro Lupo anunció el levantamiento de subvenciones de combustible en esta semana, el ministro Medinaceli tuvo que corregir la promesa un día después. Las señales de “esto es lo que viene” -ajuste, neoliberalismo, recortes- están a la vista.  

Paz se reunió con las Fuerzas Armadas que se comprometieron a “recuperar” cualquier territorio que no esté controlado por el Estado, en clara alusión a lo que pasa hoy en el Chapare que se ha vuelto el fortín de Evo Morales que con guardia sindical custodian que el expresidente no sea apresado… Las ironías de la vida que provocan tristeza es recordar a Evo celebrando los resultados sobre la victoria de Paz en la primera vuelta e impulsado el voto a su favor en la segunda vuelta en contra de Tuto Quiroga.

El camino que Paz ha decidido tomar es el de la restauración conservadora, a pesar de que su apoyo electoral tuvo otra base: barrios populares, sectores movilizados, votos evistas que veían en Lara una figura de denuncia y cambio. Sus referencias discursivas lo muestran: Lara cita a Zárate Wilka -líder indígena rebelde-, Paz en tanto habla de Dios y la Familia. Las diferencias no son sólo retóricas: apuntan al modelo de Estado que quieren construir.

Las primeras 100 horas del gobierno de Rodrigo Paz no sólo muestran una inversión de ciclo político -tras casi 20 años de dominio del Movimiento al Socialismo (MAS)- sino también un conjunto de errores estratégicos: simbolismos que excluyen, base social que queda fuera, un vicepresidente potente (y popular) que es marginado, sectores organizados que levantan denuncias antes de que arranque la gestión.

La exclusión simbólica y real de Lara, la ausencia de protagonismo de los sectores movilizados, la celebración reservada para la élite, el gabinete orientado al capital: todo apunta a una crisis de gobernabilidad que comienza antes de que se cumplan 100 horas. Si Paz no corrige el rumbo -y rápido- esta fisura puede convertirse en boomerang.

Porque una victoria electoral no garantiza automáticamente un equipo equilibrado de poder. Y las primeras 100 horas ya lo están demostrando.


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