El verdadero error de Durán Barba
El error de Durán Barba fue suponer que el escándalo podía tratarse como cualquier otro. En su manual: “los escándalos se enfrentan con olvido”; pues bien, Bolivia es un país que recuerda, es el país de la cultura oral, de la cultura de la resistencia; en el ADN tenemos la importancia de la memoria
Las campañas electorales son mucho más que estrategias comunicacionales para ganar votos. Son momentos de intensa visibilidad social, donde los actores políticos se exponen al escrutinio del público y la sociedad votante. Wálter Chávez dice que se "despliega una particular disponibilidad para mirar, juzgar y recordar lo que sucede". En esos periodos, las narrativas, los gestos y hasta los errores adquieren un valor simbólico mayor: condensan formas de entender el país, de interactuar en la sociedad, de imaginarse quiénes son/somos y, bajo estos criterios, quiénes entonces nos deberían gobernar.
La definición del voto es un hecho complejo. Media una escala de valores determinada por la historia personal y lo que cada quien imagina, acepta y rechaza.
Entonces, una campaña termina siendo más que un proceso que busca convencer; revela las tensiones culturales y morales que atraviesan a una sociedad, porque esto es lo que en el fondo está detrás de los programa de gobierno. En Bolivia, diría que es lo que está por delante de ellos.
Lo que ocurre dentro de una campaña se nota: cuando hay disciplina, cuando hay entrenamiento, cuando hay puesta en escena… se nota también cuando un candidato no sigue recomendaciones, cuando no hay orden. Cada campaña se convierte en un espejo donde los votantes nos miramos. ¿Qué representa cada campaña? Todos los votantes nos hacemos esta pregunta en el momento electoral.
Desde que me acuerdo (los últimos 20 años), las campañas bolivianas han revelado las fracturas históricas del país. Las tensiones que Cachín Antezana encontraba en los años 90 en la escritura: "la culta letrada occidental" enfrentada a "la culta forma popular" siguen igual de vigentes y, como él decía, esta tensión se traslada a todos los terrenos. Diría yo que se potencian en las campañas electores.
Y aquí entremos en la campaña de Tuto Quiroga. Desde el punto de vista de la efectividad, feu una campaña ordenada; quienes hacemos comunicación política diríamos que fue una buena campaña. De hecho, creo que fue la campaña más ordenada y profesional de todas en esta elección.
Su director, Jaime Durán Barba, logró que sus candidatos cumplan sus decisiones, y esto ya es la mitad.
La campaña logró colar a Tuto en la segunda vuelta; sus métodos fueron cuestionables, sí, pero no voy a hacer una valoración moral sobre esto.
Y entonces, ¿qué paso? La derrota de Tuto Quiroga expresa algo más profundo que un error electoral: muestra los límites culturales de una élite política, que nunca termina de comprender el país que busca gobernar.
El orden de una campaña no basta, se necesita conocer cómo funciona el país, de qué van las tensiones culturales. A Durán Barba le sobraron los sets televisivos y le faltaron los mercados.
El momento decisivo fue el descubrimiento de los tuits racistas del candidato a vicepresidente, Juan Pablo Velasco, que fue tratado por su campaña como un escándalo mediático más, sin pensar que era más que eso, que se había tocado la herida histórica de nuestro país.
Durán Barba aplicó la fórmula que tantas veces le funcionó en otros países: minimizar, esperar, dejar que el escándalo se olvidara. Pero Bolivia no es Quito ni Buenos Aires.
Ese error de lectura cultural convirtió la crisis comunicacional en un espejo. El racismo no era un accidente de campaña, era el síntoma de una estructura social que los propios protagonistas no podían reconocer. Y aquí salta a la vista la pregunta: ¿Y por qué los bolivianos de esa campaña no pudieron reconocer el racismo? Como dice Silvia Rivera, “el racismo en Bolivia no es un residuo del pasado colonial, sino un dispositivo activo que organiza las jerarquías sociales, incluso entre los propios sujetos racializados”.
Cuando la campaña de Tuto trató los tuits como un tema menor, repitió esa misma negación: no vieron el problema porque estaban dentro de él. En la lógica cotidiana de las clases medias, llamar a alguien “colla” o “indio” con desprecio no parece grave, porque se asume que no hay mala intención. Negar el racismo también está interiorizado en nuestra sociedad, su negación termina siendo el dispositivo que lo mantiene vivo, pero también el que entrega “tranquilidad” a la sociedad racista, que no entiende su práctica como un error sino como un modo de ser, como un modo de vivir e incluso, de distinguirse. Me diferencio de “ellos” porque enuncio que son ellos y yo no soy (o creo que no soy), aunque este ejercicio lo haga solo en mi cabeza.
No se arriesgaron a pedir disculpas porque creyeron que eso los convertía en racistas. No se atrevieron a explicarse desde ese lugar porque eso implicaba no solo reconocerse así sino mirarse en un espejo en el que mucha gente no está dispuesta a figurar porque duele, y ese dolor, o nos convierte en culpables o nos advierte que somos lo que discriminamos. Qué compleja es nuestra sociedad, qué rotos estamos.
En lo personal, creo que una disculpa hubiera volcado el hecho a su favor, porque podía permitir cuestionar a la sociedad, el cómo nos han criado. Incluso, pensando como Durán Barba, podía haber permitido cambiar “la pertenencia” del tema. Negar los tuits fue lo peor que pudieron hacer, porque nos devolvieron a la indignación profunda aunque mayoritariamente silenciosa que provoca sentirnos discriminados.
Ninguno de los candidatos, los asambleístas electos ni los asesores de LIBRE pudieron ver la dimensión política de esa herida porque primó en ellos la culpa histórica antes que el valor y la conciencia. Aquí vamos de decir algo en su descargo: en Bolivia ser racista es un mecanismo de defensa y también de ascenso social. Esto es tan perverso como real.
El error de Durán Barba fue suponer que este escándalo podía tratarse como cualquier otro. En su manual: “los escándalos se enfrentan con olvido”; pues bien, Bolivia es un país que recuerda, es el país de la cultura oral, de la cultura de la resistencia; en el ADN tenemos la importancia de la memoria.
En ese sentido, la crisis de los tuits racistas, que ofrecía una oportunidad única para hablar de reconciliación, de aprendizaje, de la posibilidad de cambiar, fue desperdiciada.
Tampoco pudieron sacarse la idea de un MAS que pasó por la vida política nacional como un tornado que dejó “en ruinas” al país. La barrera que explicamos arriba les impidió ver que el masismo fue mucho más que esto.
Así que no perdieron por una encuesta ni por una estrategia equivocada, sino porque no podieron reconciliarse con nuestra historia: la herida colonial. Y mientras las élites la nieguen, seguirán sin entender por qué pierden elecciones o por qué se caen sus gobiernos.


