Bolivia, entre la roca y el remolino

A días de elegir gobierno, dos fracturas marcan la política en Bolivia: la económica y la étnica-identitaria. Ambas son inseparables, nuestra proclividad a las crisis y a una pobreza persistente se explica, en buena medida, por un pasado colonial y racista. Y el racismo, problema nacional de primer orden, tiene a su vez, un sustrato económico que ha cambiado poco en más de dos siglos. Como la roca y el remolino ante Odiseo, estas estructuras emergen ante el país, listas para frustrar cualquier intento de avance.

El que se entretejan lo económico y lo étnico-identitario no es solo un asunto nacional, sino global y en especial latinoamericano. En toda la región, la desigualdad, pobreza y precariedad se segmentan por líneas de color, de acento, de fenotipo.

James Mahoney demuestra que en aquellas regiones donde los indígenas fueron estructuralmente sometidos durante la colonia el occidente boliviano, el sur peruano y México central—, el desarrollo llega tarde y torcido. James Robinson y Daron Acemoglu, evidencian que los entramados institucionales extractivos aquellos que excluyen, racializan y perpetúan privilegiospresentes en casi toda Latinoamérica, son la base de la pobreza y desigualdad regionales. El PNUD denomina a las exclusiones por raza, etnia, o lugar de residencia como “exclusiones duras”, y las clasifica como serias limitantes del bienestar social.

En Bolivia, estas dimensiones —histórica, institucional, coyuntural— convergen. Como advirtió René Zavaleta, en el país parece producirse una concentración trágica” de los problema históricos de América Latina: lo que en otras latitudes se dispersa, aquí se exacerba. La relación entre racismo y maldesarrollo se convierte aquí en la herencia más aberrante de la colonia.

Por ello que tenga triste relevancia que un vicepresidenciable, en 2010, haya escrito que a los collas hay que matarlos a todos”, o que en septiembre de 2025 haya ponderado a un activista norteamericano conocido por avalar la segregación racial, o que considere a Elon Musk, un nostálgico del apartheid sudafricano, como referente empresarial. Estas acciones delatan una visión del mundosostenida en el tiempo que tolera la inferiorización.

Y precisamente, no tolerar la inferiorización es un imperativo para el país, y más que nada, para Santa Cruz, ya que en esta ciudad, hecha de migraciones internas, es donde prolifera una de las expresiones más extendidas del racismo boliviano: el racismo anticolla; incluso entre hijos de migrantes y trabajadores recién llegados, que a diario compiten por demostrar quién encaja mejor en la nueva tribu. Esta dinámica —que evidentemente no es atribuible a todo los cruceños— no solo subalterniza y engendra otredad, sino que reproduce un andamiaje estamental nocivo.

Al legitimar privilegios y perpetuar subordinaciones, este tipo de racismo erosiona el potencial innovador y productivo de la ciudad, favorece a una élite arcaica, y corroe la cohesión y las redes de cuidados. Asimismo, dado que mucha de la articulación social del capital en Santa Cruz no se da por mérito, sino según afinidades étnico-identitarias y por lazos asentados en bastiones de poder locales de la logia al club, de la comparsa a la fraternidad—, el problema se agudiza, pues se consolidan jerarquías extractivas e iliberales.

Al iniciar un nuevo ciclo político en el país, es vital que la sociedad cruceña, cuya universidad pública honra a Gabriel René Moreno paradójico personaje que defendía como condición para el progreso, la extinción de los inferiores” (léase: los indígenas de montaña y de llanura)—, sea la que precisamente denuncie y apuntale el desmantelamiento de estas lógicas. Muchísimos cruceños ya lo hacen, sin ningún tipo de aspavientos, y al hacerlo, están sentando las bases de un país más igualitario y s libre.

Pararle los pies al racismo es necesario para construir un entramado económico que verdaderamente beneficie a vastas mayorías y no a unos pocos.  Quienes creen en una falsa división entre lo económico y lo étnico-identitario se equivocan. Minimizar las declaraciones racistas de un potencial gobernante —y de muchos otros— porque se está en medio de una crisis económica es un error grave, pues son cadenas que se enlazan, y tolerar una es reforzar la otra.

A diferencia de Odiseo, que al cruzar el estrecho de Mesina fue condenado a escoger entre la roca o el remolino, los bolivianos podemos atravesar esta difícil coyuntura sabiendo que, al alejarnos del racismo envolvente y turbulento—, no solo evitamos el naufragio: también abrimos nuevos cauces para escapar de la economía dependiente y desigual pétrea y agresteque nos lastra desde hace siglos.


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