El desplazamiento del bloque popular
El domingo sucedió un hecho importante en la dinámica electoral: el debate vicepresidencial que confrontó a Edman Lara del PDC y Juan Pablo Velasco de LIBRE. Hay mucho que analizar de este evento, pero me voy a concentrar en lo que creo que fue lo más importante: qué expresó Edman Lara en ese escenario.
La apuesta por el vacío
Evo Morales creyó que su ausencia en el escenario electoral iba a ser un peso para los electores del bloque popular que lo acompañó durante décadas; que su ausencia –provocada por un fallo torcido del Tribunal Constitucional– contaminaría de ilegitimidad al campo electoral, un extrañamiento en los electores e incluso la rebeldía de estos en contra de los resultados electorales. Su apuesta era convertir el vacío en una estrategia de poder.
En lugar de buscar otro modo de participar, ya sea apoyando a Andrónico Rodríguez u apoyando a otro/otra que él mismo eligiera, obligó a su grupo social a replegarse, generando un vacío que, él suponía, más adelante le sería favorable. Pero no fue así o, por lo menos, hoy no es así. El bloque popular no lo esperó, no se quedó al margen; encontró la forma de estar sin él. La sociedad que alguna vez se organizó alrededor de Evo comenzó a desplazarse lentamente, buscándose en otras voces y otras representaciones.
Después de la performance de los candidatos en el debate del que hablé al principio, podemos afirmar que ese movimiento de desplazamiento está tomando forma alrededor de Lara, que en los primeros 30 segundos de su intervención puso los cimientos necesarios para edificar lealtades que en el pasado estuvieron comprometidas con Evo.
El debate comenzó con un Lara diciéndole a Juan Pablo Velasco: “Te regalo mi tiempo para que pidas perdón a los collas por las ofensas racistas que hiciste” (en alusión a que hace un par de semanas se descubrió de modo casual unos tuits racistas que Velasco había escrito entre 2010 y 2012, lo que puso en figurillas a la campaña de Tuto Quiroga, que no encontró un mejor camino para salir del lío que mentir negando los tuits y enlodando la credibilidad de dos verificadoras de noticias que habían afirmado que los tuits pertenecían a la cuenta que Velasco registró ante el Tribunal Electoral).
El golpe de Lara tuvo el efecto de adormecer a su contrincante. Aunque los medios y opinólogos interesados digan lo contrario, tras lo sucedido, Juan Pablo ya no pudo salir bien librado de ese debate en el que desde el inicio se le rotuló como un cobarde, nada peor para la construcción de su liderazgo.
Además de lo anterior, fuera del set, Lara se convirtió en ese líder que los sectores indígenas necesitan que ocupe la gestión gubernamental para evitar que se ahonde su vulnerabilidad en una sociedad como la nuestra, herida por el racismo. Con ese golpe, el binomio Rodrigo Paz- Edman Lara prescinden de la necesidad de hacerle guiños a Evo o al evismo, porque sus bases por descuento votarán por ellos antes que votar por una élite discriminadora.
Del campo a la ciudad
Ese desplazamiento, al parecer, no está siendo solo electoral, sino también cultural y simbólico. Como señala Fernando García, el bloque popular, que antes tuvo su corazón en los movimientos indígenas y campesinos, hoy se reconfigura en torno a los sectores pobres urbanos y periurbanos.
El economista Javier Delgadillo presentó varios estudios públicos que muestran que el desplazamiento campo-ciudad es una realidad. No se trata de una ruptura con el pasado; lo que sucede es una “mutación social”, como la llama García: la energía popular migra del campo a la ciudad, de la comunidad a los barrios, del sindicato al mercado, de la federación al grupo de WhatsApp.
Durante más de una década, el sujeto popular fue el campesino, el indígena, el cocalero. Pero el país cambió.
El nuevo sujeto popular es urbano, joven, precarizado y conectado, más atento a la carestía, al empleo, al transporte y la educación que a los viejos relatos épicos. Los problemas son ahora, nada de traumas históricos, aunque ahí esté el racismo para negarlo.
En el debate, Lara habló ese idioma: el de la sobrevivencia diaria, el del trabajo informal, el de los barrios que sostienen la economía sin figurar en las estadísticas. Lo popular dejó de expresarse en la plaza sindical para manifestarse en la calle, en las redes, en la cotidianidad.
Del futuro: qué si Lara pierde la elección
Si Lara pierde, la interrogante será cómo se rearticulará el campo popular después de su irrupción. ¿Lara se quedará fuera? Ni de chiste. Hay que decir algo: Lara no entró a la política en estas elecciones, sino antes, cuando se enfrentó a la élite de su propia institución (la Policía) y puso en cuestión su moral interna.
Su ingreso es político en el sentido más profundo: cuestionó la moral de su institución, rompió con la línea de obediencia y se instaló como figura pública al desafiar lo establecido (que hoy también es el MAS en todas sus formas).
No tiene una estructura intelectual o académica, como prueban sus intervenciones, pero lo nacional-popular no se alimenta de teorías, sino de energía social, de empoderamiento de lo marginal frente a las élites.
Lara no proviene del aula ni del partido, sino del conflicto. Y eso lo vuelve más reconocible para un pueblo que ya no confía en los tecnócratas ni en los caudillos tradicionales, sean de izquierda o de derecha. Por eso la emergencia de Lara resulta poderosa.
Y si Lara triunfa…
Si Lara triunfa, ese desplazamiento puede consolidarse en un nuevo ciclo de lo nacional-popular. Su victoria confirmaría que el sujeto popular ya no se define por la pertenencia rural ni sindical, sino por su condición urbana, plebeya y “chola”. Lara podría convertirse en el nuevo representante de lo nacional-popular, no desde la épica de la resistencia sino desde el pragmatismo de la sobrevivencia.
Pero no hay que olvidar que lo haría en una condición de subalternidad respecto a Rodrigo Paz, hombre de la élite, por lo que esta mezcla puede dar lugar a un nacionalismo popular parecido al del Estado del 52, en el que los plebeyos fueron representados por mediaciones señoriales “de izquierda”. A diferencia del MAS, con Lara no llegará al poder toda una constelación de dirigentes urbanos cholos, lo que también puede impedir la representación de lo popular en el nuevo ciclo.
Evo y la élite masista
Evo fue una pieza importante en la primera vuelta. La derecha dejó en sus manos a sus adversarios de izquierda, a los que Morales en persona se dedicó a pulverizar. Para asombro de todos, celebró los resultados electorales, pues su idea de que todo se deslegitimaría fue abonada en un nada despreciable 19% de votos nulos, que fue una votación a su favor. Pero ese resultado, a pesar de los juegos numéricos que intentaron hacer sin pena de sí mismos sus seguidores, no fue suficiente para alcanzar al fenómeno político que dejó pasmados a todos: Edman Lara.
En esta segunda vuelta, la figura de Morales ha quedado rezagada e invisibilizada, pese a que Tuto y su campaña hicieron enormes esfuerzos para polarizar con Evo y así sacar de la elección a Lara. Hoy la agenda electoral se mueve en torno a los ganadores, a los que están en competencia y a los electos, como es lógico que suceda.
El ciclo que alguna vez se levantó contra los poderosos hoy se parece demasiado a ellos. La migración hacia la renovación política implicaba despojarse de esa élite, romper con los privilegios materiales y simbólicos que el proceso de cambio generó en su propia clase dirigente. Pero eso no ocurrió.
La paradoja es clara: el poder que se proclamó popular reprodujo los mismos mecanismos de exclusión que criticó.
Y, frente a eso, la figura de Lara no representa una ruptura institucional, sino una interpelación moral y simbólica a quienes confundieron revolución con administración. O a quienes no fueron capaces de soportar una crítica política, no quisieron depurar lo que estaba mal y también fueron incapaces de enfrentarse al poder.
El debate vicepresidencial no fue solo un cruce de ideas, fue la escenificación de que los clivajes históricos continúan ahí mismo. Y expresó la urgencia de la renovación política. De alguna manera, reflejó a un pueblo en movimiento que busca otra voz, otra conducción, otro relato.


