Donald Trump: Premio Nobel de la Paz bajo lupa

El Premio Nobel de la Paz, creado para reconocer a quienes trabajan por la fraternidad, el desarme y la resolución pacífica de los conflictos, siempre ha generado controversias. La reciente discusión sobre si Donald Trump podría merecer esa distinción revive los debates sobre presiones políticas en la selección de galardonados.

El testamento de Alfred Nobel establece que el premio debe otorgarse a quien más haya contribuido a la fraternidad entre naciones, la reducción de ejércitos y la promoción de la paz. Su concesión depende del Comité Noruego, que decide a partir de nominaciones formales presentadas por parlamentarios, académicos, diplomáticos o laureados previos. Estas nominaciones no implican mérito automático: cada año se proponen centenares de candidatos. En 2025 hay 338 nominados, y el anuncio se hará el 10 de octubre.

Premiar a una figura tan divisiva como Trump sería un riesgo enorme para el prestigio del Nobel. Durante su presidencia se presentó como “negociador nato”, capaz de resolver conflictos como el de Ucrania en “24 horas”, pero sus políticas han estado marcadas por el apoyo al gobierno israelí, las amenazas contra Venezuela y otros países latinoamericanos, la intención de recuperar bases militares, el aumento de las ventas de armas y la retórica belicista. Sus críticos lo ven más cercano a un líder autoritario que a un pacifista.

El Nobel es también un mensaje político. Concederlo a Trump sería legitimar la confrontación, el desprecio por el multilateralismo (salida de acuerdos como el de París o de la OMS) y la retórica de fuerza. El Comité Noruego, de tradición liberal y multilateralista, difícilmente avalará semejante postura. El premio suele buscar figuras que representen avances hacia la paz, mientras que Trump encarna la polarización, el nacionalismo extremo y la persecución contra inmigrantes latinos, además de complicidad en la ofensiva israelí en Gaza.

La reciente decisión de bombardear sitios nucleares de Irán (22 de junio de 2025), junto con Israel, refuerza su imagen contraria al espíritu del Nobel, constituyendo una grave violación del derecho internacional. A nivel interno, EE.UU. vive polarización, tensiones raciales, persecución contra inmigrantes, recesión y amenazas de conflicto civil. Trump ha llegado incluso a plantear la apropiación de recursos de Groenlandia y a amenazar con invadir países latinoamericanos bajo el pretexto de combatir el narcotráfico.

Los múltiples señalamientos sobre su conducta personal —acusaciones de acoso sexual, vínculos con Epstein—, así como sus presiones a aliados europeos y su estilo confrontacional, dañan aún más su credibilidad como figura de paz. Sus gestos “pacificadores” suelen interpretarse como maniobras de imagen y estrategia política más que como compromisos genuinos.

¿Podría obtener el Nobel? No es imposible: hay antecedentes de galardonados controvertidos (Obama, Kissinger, Roosevelt). Pero si el premio recayera en Trump, sería visto como un reconocimiento profundamente cuestionable y contradictorio, que desprestigiaría aún más al comité y confirmaría la percepción de que pesa más la geopolítica que los méritos éticos.

Incluso sectores no hostiles a Trump verían incoherente premiarlo en medio de procesos judiciales y divisiones internas en su país. Lo más probable es que prevalezca la cordura y no se le otorgue en 2025. En definitiva, el Nobel oscila entre la grandeza de quienes lo merecen y la polémica de quienes lo reciben bajo presión. La pregunta es inevitable: ¿se estaría premiando la paz… o la barbarie que representa Trump?


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