La impunidad de los gamonales

Esta impunidad tiene escala histórica. Por eso quedaron sin castigo los que dispararon contra el pueblo en 1942, 1949, 1967, 1974, 1979, 2000, 2003 y 2019

Gonzalo Sánchez de Lozada reapareció el 29 de agosto, en el 40 aniversario del decreto 21060, para vanagloriarse de haber estabilizado entonces al país al costo de 25.000 despidos y para sugerir la aprobación de un nuevo 21060 de inmediato. Los errores de los dirigentes de izquierda de los últimos 20 años han permitido que quien dejó el poder en 2003 en medio de una terrible crisis económica y tras causar 67 muertes en El Alto pretenda decirle al país qué hacer.

Tras la matanza de 2003, Goni, quien siempre fue ciudadano estadounidense, escapó al norte y no fue condenado. La justicia boliviana no terminó nunca el juicio de responsabilidades por Octubre negro. La única sanción que el expresidente recibió fue la que emanó de los tribunales civiles gringos, que lo encontraron culpable y le exigieron indemnizaciones a las víctimas, pero fue tan miserable que apeló y pataleó y solo pagó lo que no tuvo más remedio que pagar, lo que le obligaron a pagar de forma coactiva. Una suma irrisoria respecto a los millones que tiene; millones que, no se olvide, ganó explotando los yacimientos bolivianos y a los trabajadores del país. Con el sudor y la sangre de los mineros.

Ni así tuvo la decencia de pagar una mínima indemnización a las familias de quienes murieron por su culpa y la de Carlos Sánchez Berzaín, quien luego asesoraría a la imitadora trucha de Goni, Jeanine Añez, para hacer lo mismo en 2019. Se sabe que la ministra de Comunicaciones de Añez, Roxana Lizárraga, coordinaba con Sánchez Berzaín y que el gobierno de facto usó el mismo método de los Sánchez, es decir, un decreto autorizando a los militares a disparar contra el pueblo. El resultado: 33 muertos en Senkata, Sacaba y El Pedregal, que hoy todo indica que se quedarán sin justicia.

Uno asesinó al pueblo que estaba reclamando por el gas que quería venderle a sus amigos. La otra asesinó al pueblo “salvaje”, como ella misma les llamó, que luchaba por su identidad y su Wiphala, que Añez pretendía convertir en “un simple trapo”.

Estuve en la plaza San Francisco en 2003 y 2019, en la manifestación con los ataúdes de los caídos en Senkata. Vi los mismos rostros. Era exactamente el mismo pueblo, la misma gente sobre la que se descarga siempre la furia impune de los gamonales. 

Hoy ha vuelto a campear la idea gamonal del país, la de quienes creen que tienen el derecho de nacimiento de agarrarse y administrar la riqueza de todos, de agarrarse así el gobierno nacional y de gobernar con el método de emergencia de las masacres. Gamonales que por cierto no eran antimasistas, como lo advertimos tantas veces, son anti los de abajo, hoy sus mismos miedos, odios y complejos brotan ante un representante del mundo popular, al que es curioso que detesten, él quiere liberarse de la “traba del Estado”. ¿No es acaso lo que siempre han querido? Pues parece que no es suficiente con desear lo mismo.

Los gamonales o los cipayos, como Añez, han hecho siempre lo que les daba la gana. Por eso creen que pueden venir 20 años después y pretender enseñarnos cómo tenemos que conducir la economía del país, cuando ellos nunca supieron hacer otra cosa con la economía y el gobierno que favorecerse, favorecer a sus amigos, excluir a la mayoría y masacrar a los que no lo aceptaron.

Esta impunidad tiene escala histórica. Por eso quedaron sin castigo los que dispararon contra el pueblo en 1942, 1949, 1967, 1974, 1979, 2000, 2003 y 2019. La única ventana de justicia se abrió con el gobierno del izquierdista, Hernán Siles Zuazo, con un juicio de responsabilidades al exdictador, Luis García Mesa, juicio que duró 10 años, pero la ventana se cerró pronto, ahí mismo,  porque no llevaron a juicio a Hugo Banzer Suárez, que hay que decirlo, tenía más amigos que García Mesa en ese momento, luego la vergüenza universal: Bolivia lo inviste como presidente democrático, blanquean su violencia los mismos que hoy participan de las elecciones y sin sonrojarse nos hablan de Derechos Humanos y aplauden la impunidad, a eso están acostumbrados. En nuestro país los muertos indígenas no cuentan y no se redimen. En nuestro país, los gamonales siempre quedan impunes y esta vez con el favor de la izquierda que bloqueó por apetitos personales una voz institucional.  Qué vergüenza. Qué impotencia.


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