La Paz, 216 años de coraje y luz

Hay ciudades que duermen, otras que sueñan. Pero La Paz no hace ni lo uno ni lo otro. La Paz despierta. Despierta conciencias, historia, coraje y belleza. A 216 años de aquella gesta que encendió la llama libertaria en los Andes, esta ciudad sigue siendo el corazón palpitante de Bolivia, la vértebra vertical de un país que muchas veces se tambalea, pero nunca cae.

Desde sus calles empinadas y su cielo azul profundo, La Paz nos enseña a vivir con altitud, a resistir con elegancia, a luchar con dignidad. Y aunque los tiempos actuales traen su cuota de incertidumbre, en este nuevo aniversario, es imperativo recordar que la grandeza de una ciudad no reside solamente en sus plazas ni en sus edificios, sino en su gente. Y la gente de La Paz —sus artistas, sus comerciantes, sus estudiantes, sus abuelos— sigue siendo, como siempre, invencible.

Este 2025, celebramos también a quienes han hecho de su vida una ofrenda constante a esta ciudad. Don Julio Peralta y la empresa Turismo Kolla cumplen 50 años guiando con pasión a viajeros del mundo entero por los rincones más hermosos de nuestra geografía. Medio siglo de trabajo honesto, resiliente, profundamente boliviano. Su legado no solo es empresarial: es cultural, es afectivo, es paceño hasta la raíz.

Merecido también es el homenaje a la Dra. Yolanda Osinaga, gerente de BIOSALUD Laboratorio Clínico, una institución de referencia en diagnóstico médico. Su vida ha sido testimonio de rigor científico, amor por la salud pública y compromiso social. Su voz firme en defensa de la equidad y su incansable entrega al conocimiento han hecho de ella un faro en tiempos de sombras.

Y en lo más alto de este reconocimiento colectivo, el Premio Illimani 2025 lo recibe con justicia el Ingeniero eléctrico Héctor Antonio Uriarte Peláez, investigador, urbanista e historiador de la ciudad de La Paz. Su vasto conocimiento técnico ha caminado de la mano con su amor profundo por la memoria paceña. Ha sido docente universitario, gerente de planificación urbana, cronista semanal y autor de publicaciones fundamentales que reconstruyen los procesos de modernización, arquitectura y tejido social de la urbe.

La Paz, entonces, no es solo una ciudad. Es un espíritu. Es una manera de caminar en cuesta sin rendirse. Es ese viento que baja desde El Alto y ondea las wiphalas y las tricolores en una misma danza. Es la esquina donde se abrazan lo ancestral y lo moderno, lo ceremonial y lo cotidiano.

Es cierto: el país atraviesa días difíciles. Las tensiones, los desgastes institucionales, el desencanto colectivo, el miedo al estancamiento... todo eso nos toca. Pero también nos toca la esperanza. Porque esta ciudad sabe de reconstrucciones. Sabe de mañanas después del humo. Sabe de resistir, incluso cuando parece no tener fuerzas.

Y a quien me diga que no estamos para romanticismos, que el país se nos muere —como advertía Víctor Paz Estenssoro en su célebre discurso del 29 de agosto de 1985—, le recuerdo que vengo de una generación de revoluciones. Nací en los años 50, cuando aún se soñaba con cambiarlo todo a punta de ideales, y he visto a La Paz sobrevivir dictaduras, crisis, silencios y sobresaltos. La Paz siempre ha sabido levantarse. Siempre. Porque aquí no solo nacen los movimientos: nacen las convicciones. Y sé, como lo sabe mi generación, que cuando esta ciudad se lo propone, es capaz de hazañas heroicas. Por eso, aún en medio del desconcierto nacional, no renuncio a la esperanza. Porque si algo me enseñó La Paz, es que los imposibles también se vencen.

Feliz aniversario, ciudad mía. Que vengan otros 216 años de coraje, de ideas, de belleza, de lucha, de arte, de futuro. Porque La Paz —mi La Paz— siempre está empezando.


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