Bilderberg, la clase dirigente gestiona el nuevo desorden mundial

«Las élites conspiran y Bilderberg es un fiel y ya casi folclórico testigo de ello. No obstante, el silencio creciente en torno a este club podría favorecer su carácter estratégico», opina Andrés Villena.

La claustrofobia ideológica acelerada por los confinamientos y las restricciones que poco a poco van dejándose atrás ha hecho recientemente más atractivas las teorías de la conspiración. Pese a su a veces irresistible reclamo para explicar una realidad cada vez más cambiante y compleja, no está de más recordar la brillante por sucinta sentencia de uno de los mejores analistas del poder, Charles Wright Mills, en los años cincuenta del siglo pasado: «Hay muchas conspiraciones a lo largo de la historia, pero la historia no es una conspiración«.

Pero los mitos resisten, y no sin falta de razones. Uno de estos es el extremadamente discreto Club Bilderberg, una cumbre anual en la que jefes de Estado, poderes ejecutivos, empresariales y mediáticos mayoritariamente de Occidente se reúnen a puerta cerrada en torno a una serie de temas considerados candentes. Todo un gobierno mundial informal unificado por sus distintas clases dirigentes, como representación de la jerarquización de un mundo actual, en realidad, muy pequeño en su cumbre. 

Bilderberg toma su nombre del hotel holandés en el que se celebró, en 1954, la primera reunión entre este tipo de mandatarios públicos y privados. Aquel encuentro reflejó la preocupación por la guerra fría más incandescente, con una Unión Soviética que vivía la sucesión del dictador Stalin y con una China que comenzaba el largo reinado del Partido Comunista de Mao Tse-Tung.

Una guerra descongelada ha marcado también el encuentro de 2022, en el que estas dos potencias nucleares y alternativas al orden occidental más o menos liberal figuran entre las preferencias de los asistentes, unos 130 elegidos para dialogar y conspirar durante apenas cuatro días. La ausencia de documentos gráficos subraya la supuesta importancia exclusiva de lo que una sociedad tan acostumbrada al espectáculo no puede fotografiar y repetir hasta la náusea. Se trata del estruendo de un silencio que, sin embargo, cada vez llama menos la atención.  

Representantes y directivos de la CIA, de la OTAN, del servicio secreto británico, de las grandes multinacionales Google-Alphabet, Goldman Sachs, Deutsche Bank, AXA, Pfizer, y de medios como The Economist, Financial Times o PRISA, junto con la presencia del eterno Henry Kissinger (99 años), han hecho de este evento más una caricatura en declive que una cita capaz de decidir los designios del mundo en el futuro. Algo así como la manifestación del primero de mayo en España, pero con una mayor capacidad de decisión e influencia. 

Hubo un tiempo en el que documentos como el informe sobre La crisis de la democracia, editado por la prima hermana de Bilderberg, la añeja y polvorienta Comisión Trilateral, condicionaron el ambiente de agitación mundial, al subrayar la necesidad de reducir o de, al menos, poner coto a los crecientes niveles de educación en el mundo, que se estimaban relacionados con el incremento de la conflictividad social en los años sesenta del siglo pasado. El giro de las políticas públicas en los años ochenta, lo que algunos han denominado difusamente neoliberalismo o revolución conservadora, podría haberse derivado de algunos de los acuerdos allí adoptados, pero de ello no ha quedado constancia escrita alguna.

Pablo Casado, el convidado sin partido a Bilderberg

Entre las figuras mundiales seleccionadas para este encuentro destaca paradójicamente el expresidente del Partido Popular Pablo Casado; para este, dicha cita quizá haya supuesto un último evento de postín antes de comenzar su carrera necesariamente circunscrita ya al sector privado. Casado coincidió en Washington con otros dos españoles: José Manuel Albares, ministro de Exteriores del Gobierno de España, y Carlos Núñez, presidente ejecutivo del Grupo PRISA, editor del primer diario del mundo en español. Este año estuvo ausente Ana Patricia Botín, la presidenta del Banco Santander, y miembro del comité directivo de Bilderberg, a instancia del cual todos los años son invitados representantes o líderes del PP, del PSOE e incluso del ya casi extinto Ciudadanos. 

Bilderberg reprodujo, al menos en sus temas principales, el pesimismo del recientemente concluido Foro de Davos, otro de los lugares clave para la reunión de las élites mundiales. Desigualdades, migraciones y problemas derivados del cambio climático parecen ocupar un segundo lugar entre las causas de la inestabilidad global a partir de los temas principales que figuran en la web oficial. La guerra y las tensiones mundiales latentes han vuelto al primer plano. Como en los viejos tiempos.

Estos puntos del día son diversos y, al mismo tiempo, los mismos: la ampliación de la OTAN, los problemas políticos y económicos de Turquía, un miembro clave de la alianza atlántica, y China, cada vez más central en los ámbitos tecnológicos y geopolíticos, con un acuerdo internacional a punto de firmarse que abarca a las naciones del pacífico y que contrasta con la parálisis económica y política de la dependiente Unión Europea.

Las élites conspiran y Bilderberg es un fiel y ya casi folclórico testigo de ello. No obstante, el silencio creciente en torno a este club podría favorecer su carácter estratégico: menos misterio y más espacio para llegar a acuerdos a favor de una élite global que siempre ha dejado la teoría de la libre concurrencia para los libros de texto. 


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