Por un último adiós

El reloj de la estación marcaba las nueve y dos minutos. El frío de diciembre acompañaba una noche que amenazaba lluvia y la tibia luz de una farola añadía pinceladas de tristeza a la escena. En el solitario andén, sólo Mario tenía motivos para esperar al tren. Las circunstancias le...

TEMA-DEL-DÍA
TEMA-DEL-DÍA
El reloj de la estación marcaba las nueve y dos minutos. El frío de diciembre acompañaba una noche que amenazaba lluvia y la tibia luz de una farola añadía pinceladas de tristeza a la escena. En el solitario andén, sólo Mario tenía motivos para esperar al tren.

Las circunstancias le obligaban a marcharse, a dejar atrás todo lo que le importaba, su trabajo, y por supuesto, también a Lucía.

¿Cómo era posible que una noche tan serena pudiese preceder a un día tan turbio?

Las últimas noticias recogidas en el periódico local no eran muy optimistas, la situación en la capital se había vuelto muy tensa y era cuestión de días, quizás horas, para que los acontecimientos se precipitasen sin remedio. Pocos días antes había recibido una carta en la que se le instaba al “reclutamiento obligatorio en la capital, para servir con honor a su patria en el inminente conflicto internacional” que todos temían.

En medio de la penumbra y de la tensa calma que precede a las grandes catástrofes, aguardaba a ese tren maldito, deseando con todas sus fuerzas que finalmente no apareciese. Apenas faltarían un par de minutos.

Se le pasó por la cabeza la idea de huir, desertar, dejar en ese mismo lugar la maleta, correr a casa de Lucía, proponerle matrimonio y escapar juntos a un lugar donde no pudiesen encontrarles. Pero se preguntó si esa era la vida que quería ofrecerle, y admitió que ella no se merecía eso.

No tuvo ni siquiera valor para decirle que tenía que marcharse. Quedó con ella esa misma mañana y tras pasar el día juntos la llevó a casa, citándola para el día siguiente, a sabiendas de que no acudiría. Dejó, sin embargo, una nota en su buzón, explicándole los motivos por los que tenía que irse.

El tren se detuvo finalmente, Mario recogió su equipaje, caminó hasta la puerta y subió, buscó asiento junto a una ventana y se dejó caer sobre él.  Ella se detuvo al otro lado del cristal y fijaron sus miradas. Sus lágrimas se confundían entre las gotas de lluvia. Hubiera querido bajarse, pero no pudo.

 

Hoy mi canción es: “Gone” Melody Gardot

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