Desde otro punto de vista

Son las diez de la noche, estamos descalzos, sintiendo el frío de las baldosas recorriendo nuestras plantas. Nos movemos hacia la habitación del fondo de la casa y nos detenemos delante del armario. Los brazos lo abren y cogen de su interior unos pantalones vaqueros, ropa interior, una camiseta...

ARGENTINA
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Son las diez de la noche, estamos descalzos, sintiendo el frío de las baldosas recorriendo nuestras plantas. Nos movemos hacia la habitación del fondo de la casa y nos detenemos delante del armario. Los brazos lo abren y cogen de su interior unos pantalones vaqueros, ropa interior, una camiseta y un polo blanco.

Cuando el resto del cuerpo ya está vestido, llega nuestro turno: las piernas nos levantan para que los brazos nos cubran con unos calcetines de color negro, que nos devuelven ese calorcito que nos mantiene ágiles y dinámicos. Nos preguntamos qué calzado nos pondrán hoy: zapatillas, zapatos, náuticos… finalmente son zapatillas, ¡menos mal!, porque son más cómodas y parece que la noche será larga.

Bajamos las escaleras y llegamos a la calle, tenemos que ir rápidos porque la cabeza nos ha dicho que llegamos tarde, así que obedecemos. Atravesamos una calle repleta de gente cocinando; la nariz y el estómago quieren que paremos un ratito, pero la cabeza es tajante y ordena proseguir la marcha.

Estos días, la ciudad está repleta de gente, miles de semejantes se cruzan con nosotros, unos corriendo a gran velocidad, otros más lento. Estas esculturas gustan especialmente a los ojos, que levantan las cejas y separan las pestañas; y a la boca, que se abre formando una “o” perfecta, como muestra de su admiración. Nosotros que estamos ahí abajo, casi nunca podemos verlas.

Hay tanta gente que apenas podemos movernos. Entre toda la multitud se acercan dos botas que nos resultan familiares, los ojos también reconocen esa mirada.

Al cabo de un rato proseguimos la marcha, ahora las botas nos acompañan, y llegamos a otro lugar donde se concentra el gentío. No entendemos nada hasta que el oído nos trasmite una vibración que nos impulsa a agitarnos. Esa vibración es música y nos encanta, porque es la única sensación que hace que nos movamos, sin que la cabeza nos lo ordene. Así que durante horas nos coordinamos con el resto de miembros haciendo una coreografía que llaman baile…

Hoy mi canción es: “Valencia en Fallas”

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