Covid-19, lecciones de vida de un virus mortal al 2%
Quizás el universo y el cosmos tienen un modo natural y orgánico de reequilibrarse, a través de sus propias leyes, cuando las cosas están profundamente turbadas. En esta pausa viral italiana descubrí algunas narrativas filosóficas contemporáneas y una nueva corriente, la Ecosofía con...
Quizás el universo y el cosmos tienen un modo natural y orgánico de reequilibrarse, a través de sus propias leyes, cuando las cosas están profundamente turbadas.
En esta pausa viral italiana descubrí algunas narrativas filosóficas contemporáneas y una nueva corriente, la Ecosofía con el filósofo galo Félix Guattari que, en su ensayo Las tres ecologías resume: “El problema es saber de qué forma se va a vivir de aquí en adelante sobre este planeta, en el contexto de la aceleración de las mutaciones técnico-científicas y del considerable crecimiento demográfico”.
Este momento que vivimos en Italia, Europa y el mundo nos hace pensar:
Por un lado, la China –la fábrica del mundo– se ve obligada a parar. Y un país como Italia, por ejemplo, –por los casi ocho mil contagiados, más de 400 muertos, hasta hoy, y para prevenir un colapso sanitario– se declara zona roja en toda su extensión y se auto embarga, activando memorias históricas traumáticas del pasado, de la peste bubónica y otras epidemias que ya existieron.
Por otro lado, la economía mundial empieza a desacelerarse, y, ¿paradójicamente?, estudios medioambientales demuestran que la contaminación atmosférica empieza a bajar de manera considerable.
En un momento histórico en el cual ciertas ideologías y políticas discriminatorias con fuertes recuerdos de un pasado mezquino se están reactivando en todo el mundo, llega un virus que nos obliga a experimentar la empatía, y nos desplaza, en cuestión de segundos, al “otro lado”: nos convertimos en los discriminados, los segregados, los bloqueados en frontera, esos que portan la enfermedad, aunque no seamos los “responsables”, sin importar que nuestro color, origen o si viajamos en primera clase.
Vivimos en una sociedad fundada sobre la productividad, las industrias culturales y el consumo, en la cual todos corremos entre 12 y 14 horas al día detrás de algo que ni sabemos qué es. De un momento al otro llega un “stop”. Y aquí estamos, encerrados en casa, horas, días, semanas. Nos toca poner en orden nuestras cuentas con el tiempo, del cual habíamos perdido su verdadero valor, pues se impuso sólo aquel medible en términos monetarios. ¿Sabemos qué hacer ahora?
En una etapa del crecimiento de nuestros hijos en la que su formación -–¿porque no hay otra opción?–- está delegada a figuras e instituciones diversas, el virus cierra las escuelas y obliga a encontrar soluciones alternativas, a quedarse en casa y mirarse entre madres, padres, hijos, parejas, abuelos, etc. Nos desafía a reinventarnos como comunidad, como sistema.
En una dimensión en la cual las relaciones, la comunicación, la socialización juegan principalmente en un “no espacio” de la virtualidad, del network, dándonos la ilusión de la cercanía, el virus de pronto nos quita la verdadera proximidad: que ninguno se toque, se bese o abrace; mantener distancia y relacionarse en el frío del no contacto es, ahora, una regla política y social. No nos habíamos dado cuenta de lo que esto significaba.
En un ciclo social en el que pensarnos como el centro del universo es casi normal, y es casi automático decirnos que “son los chinos que han traído el virus”.
Desde la ecosofía se plantea mutar la relación antagónica sociedad-naturaleza, impuesta por el pensamiento centrista, en una relación de simbiosis. Ello, activando la reciprocidad, el sentido de pertenencia en nuestras diferencias, el sentirse parte de algo más grande que nuestras mezquinas realidades inmediatas en tiempo y espacio. La responsabilidad compartida, el pensar que de nuestras acciones dependen los demás seres vivos que nos circundan y así también nosotros de ellos. Todo ello se revela en la casi penumbra del confinamiento sanitario.
¿Y si salimos de la caza de brujas, de preguntarnos quién es el culpable y por qué ha sucedido todo esto? Nos moveremos de lugar, ¿Qué podemos aprender de esta experiencia? Creo que tenemos mucho para reflexionar y trabajar, porque con el universo, el cosmos, la madre tierra y sus leyes tenemos una deuda inmensa, que está siendo cobrada por un virus de alto precio: la muerte que al final -con o sin virus- nos tocará a todos.
Toda metamorfosis encarna una crisis, un cambio, extrae lo mejor y lo peor de los seres vivos. Depende de nosotros como afrontarla y superarla de manera creativa y sensata, en lugar de asumir posturas pesimistas- apocalípticas. La solidaridad, la generosidad, la compasión y el altruismo son algunos de los rasgos a fomentar. Es el tiempo de una humanidad resiliente que, esperamos, nos enfoque hacia una transformación de hábitos y estilos de vida menos consumista y menos antropocéntrica.
*La autora es comunicadora social, reside en Friuli, Italia
En esta pausa viral italiana descubrí algunas narrativas filosóficas contemporáneas y una nueva corriente, la Ecosofía con el filósofo galo Félix Guattari que, en su ensayo Las tres ecologías resume: “El problema es saber de qué forma se va a vivir de aquí en adelante sobre este planeta, en el contexto de la aceleración de las mutaciones técnico-científicas y del considerable crecimiento demográfico”.
Este momento que vivimos en Italia, Europa y el mundo nos hace pensar:
Por un lado, la China –la fábrica del mundo– se ve obligada a parar. Y un país como Italia, por ejemplo, –por los casi ocho mil contagiados, más de 400 muertos, hasta hoy, y para prevenir un colapso sanitario– se declara zona roja en toda su extensión y se auto embarga, activando memorias históricas traumáticas del pasado, de la peste bubónica y otras epidemias que ya existieron.
Por otro lado, la economía mundial empieza a desacelerarse, y, ¿paradójicamente?, estudios medioambientales demuestran que la contaminación atmosférica empieza a bajar de manera considerable.
En un momento histórico en el cual ciertas ideologías y políticas discriminatorias con fuertes recuerdos de un pasado mezquino se están reactivando en todo el mundo, llega un virus que nos obliga a experimentar la empatía, y nos desplaza, en cuestión de segundos, al “otro lado”: nos convertimos en los discriminados, los segregados, los bloqueados en frontera, esos que portan la enfermedad, aunque no seamos los “responsables”, sin importar que nuestro color, origen o si viajamos en primera clase.
Vivimos en una sociedad fundada sobre la productividad, las industrias culturales y el consumo, en la cual todos corremos entre 12 y 14 horas al día detrás de algo que ni sabemos qué es. De un momento al otro llega un “stop”. Y aquí estamos, encerrados en casa, horas, días, semanas. Nos toca poner en orden nuestras cuentas con el tiempo, del cual habíamos perdido su verdadero valor, pues se impuso sólo aquel medible en términos monetarios. ¿Sabemos qué hacer ahora?
En una etapa del crecimiento de nuestros hijos en la que su formación -–¿porque no hay otra opción?–- está delegada a figuras e instituciones diversas, el virus cierra las escuelas y obliga a encontrar soluciones alternativas, a quedarse en casa y mirarse entre madres, padres, hijos, parejas, abuelos, etc. Nos desafía a reinventarnos como comunidad, como sistema.
En una dimensión en la cual las relaciones, la comunicación, la socialización juegan principalmente en un “no espacio” de la virtualidad, del network, dándonos la ilusión de la cercanía, el virus de pronto nos quita la verdadera proximidad: que ninguno se toque, se bese o abrace; mantener distancia y relacionarse en el frío del no contacto es, ahora, una regla política y social. No nos habíamos dado cuenta de lo que esto significaba.
En un ciclo social en el que pensarnos como el centro del universo es casi normal, y es casi automático decirnos que “son los chinos que han traído el virus”.
Desde la ecosofía se plantea mutar la relación antagónica sociedad-naturaleza, impuesta por el pensamiento centrista, en una relación de simbiosis. Ello, activando la reciprocidad, el sentido de pertenencia en nuestras diferencias, el sentirse parte de algo más grande que nuestras mezquinas realidades inmediatas en tiempo y espacio. La responsabilidad compartida, el pensar que de nuestras acciones dependen los demás seres vivos que nos circundan y así también nosotros de ellos. Todo ello se revela en la casi penumbra del confinamiento sanitario.
¿Y si salimos de la caza de brujas, de preguntarnos quién es el culpable y por qué ha sucedido todo esto? Nos moveremos de lugar, ¿Qué podemos aprender de esta experiencia? Creo que tenemos mucho para reflexionar y trabajar, porque con el universo, el cosmos, la madre tierra y sus leyes tenemos una deuda inmensa, que está siendo cobrada por un virus de alto precio: la muerte que al final -con o sin virus- nos tocará a todos.
Toda metamorfosis encarna una crisis, un cambio, extrae lo mejor y lo peor de los seres vivos. Depende de nosotros como afrontarla y superarla de manera creativa y sensata, en lugar de asumir posturas pesimistas- apocalípticas. La solidaridad, la generosidad, la compasión y el altruismo son algunos de los rasgos a fomentar. Es el tiempo de una humanidad resiliente que, esperamos, nos enfoque hacia una transformación de hábitos y estilos de vida menos consumista y menos antropocéntrica.
*La autora es comunicadora social, reside en Friuli, Italia


