En pleno seno familiar

En febrero, hace 19 años hablé por primera vez con mi madre y mi padre sobre mi orientación sexual. La respuesta inmediata fue hormonal y directa: “Te voy a matar”, “tus malas amistades son las culpables”... Estas respuestas fueron antagónicas a todo el amor que había recibido...

En febrero, hace 19 años hablé por primera vez con mi madre y mi padre sobre mi orientación sexual. La respuesta inmediata fue hormonal y directa: “Te voy a matar”, “tus malas amistades son las culpables”...

Estas respuestas fueron antagónicas a todo el amor que había recibido antes, desde que tenía uso de razón. Eran actitudes y expresiones que venían de una construcción tradicional evangélica, conservadora y religiosa. Desde ese momento se quebró la comunicación y empecé a mentir a mis padres para sortear sus preguntas y tomar decisiones al margen de mi familia. Esto no significa que haya dejado de hablar con ellos.

Poco a poco me fui involucrando con el activismo y conociendo mi sexualidad, antes de poder construir una apertura con mi familia. Pasaron los años y me di cuenta de que no estaba solo, éramos muchos en la misma situación. Estábamos afectados, insultados, denigrados, violentados hasta el punto de declararnos muertos en vida. En muchos casos canalizábamos estos dolores en vicios.

En otros, a través de actividades recreativas como las artes o los deportes. Eran la válvula de escape para olvidar o dejar de lado “el problema”, la “desviación sexual”. También nos obligaron a ir a consultas con psicólogos, curas, pastores, quienes nos hablaban de cambios, de la expiación de nuestros pecados y de terapias.

Pero esto no acaba ahí. Varios fueron golpeados, humillados y echados de sus casas. A pesar de ello, muchos se levantaron e hicieron una nueva vida, pero sin contacto con su familia. Otros se suicidaron, dejando un hueco inimaginable en nuestras vidas. No puedo olvidar a las amigas que mentían por amistad, apoyando los romances de las mariquitas o de las tortas. Uno de ellos decidió vestirse de “mujer”, con faldita, peluca y tacones. En muchos casos fue el inicio de la transición para construir su identidad transgénero, transexual.

Para concluir este relato sobre las muchas decisiones “diferentes” que nos arriesgamos a vivir, me permito hablar acerca de las relaciones de pareja de los gais, lesbianas, trans, bisexuales, intersexuales; muchas de las cuales hoy están sólidas y expuestas. Otras fueron acusadas ante la familia. Y muchos de ellos fueron golpeados por sus padres, cinturón en mano.

El propósito de relatar estas realidades diversas es el de cuestionar el encubrimiento social tradicional y conservador de “la familia”. Esta estructura impulsa a que hoy miles de jóvenes tomen estas decisiones extremas, al no encontrar el apoyo social ni los mecanismos de ayuda que todos deberíamos brindarles.

La semana pasada un joven con orientación sexual distinta a la “normal” según los parámetros establecidos por nuestra sociedad machista, patriarcal y conservadora se suicidó, pocos días después de iniciar su último año de educación media. Él pertenecía a un colegio evangélico de la ciudad de La Paz. Al estar vinculado en círculo conservador, su orientación sexual representaba una herejía, y lo cual lo condujo a tomar la más terrible decisión.

Esta es solo una de las miles de historias que son invisibilizadas por una sociedad hipócrita, que alimenta el odio, la homofobia y utiliza a la religión con tal fin, además de cuestionar la importancia del apoyo en el entorno familiar. No solo se debe cuantificar los crímenes de odio. El diálogo debe ser el mecanismo central para ir en contra de toda forma de discriminación, violencia y crímenes. Dedico este artículo en memoria de los que se fueron.

La familia no solo son nuestros padres o hermanos, son quienes nos aman por lo que somos.
* Activista por la defensa de los derechos humanos.

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