Los políticos son como los calzoncillos ¿De verdad queremos continuar con los mismos?

¨Los políticos son como los calzoncillos y es nuestro deber cambiarlos con frecuencia¨ y en serio DEBEMOS, porque en cualquier momento pueden comenzar a oler mal y si no los cambiamos oportunamente a pesar de haber percibido estos primeros malos olores ya que les tenemos simpatía o porque...

¨Los políticos son como los calzoncillos y es nuestro deber cambiarlos con frecuencia¨ y en serio DEBEMOS, porque en cualquier momento pueden comenzar a oler mal y si no los cambiamos oportunamente a pesar de haber percibido estos primeros malos olores ya que les tenemos simpatía o porque recibimos algunos beneficios o porque simplemente la economía  va bien mientras ellos están en el poder, el paso del tiempo nos encontrará con calzoncillos tan pesados y malolientes que contaminarán o destruirán nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país o nuestro planeta, según el ámbito de actuación del político en cuestión.

A continuación una frase menos metafórica para expresar lo mismo ¨El ejercicio prolongado del poder  público termina por corromper tanto a las personas que lo ejercen como a los ciudadanos gobernados por ellos¨, esta es una verdad fundamental ya que siguiendo el modelo para alcanzar la madurez emocional planteado por Daniel Coleman, en nuestra sociedad el entorno nos invita a pasar de la autoconciencia y la autogestión directamente a las habilidades sociales, sin desarrollar la conciencia social, Esta desconexión con la preocupación genuina por el bien común contribuye a desarrollar patologías en el ejercicio del poder, es decir, el poder “trastorna” cuando se utiliza como medio para alimentar los deseos emocionales básicos (seguridad, singularidad, diversión, conexión), separándolos de    los deseos emocionales avanzados (Contribución a la sociedad, realización y mejora continua).

Los políticos que ejercen el poder trabajan en entornos que, por su naturaleza (presión, abundancia de recursos, recompensas, riesgos, etc.), pueden llegar a ser más desequilibrantes que aquellos en los que se mueve un ciudadano promedio. (Huate & Garcia , 2019, pág. 5)

Así, los trastornos de conducta más frecuentes en el ejercicio del poder son:

ü  Trastorno Adictivo, en el que el poder se convierte en una fuente de placer, relacionado al deseo de diversión

ü  Trastorno Narcisista, sentirse el centro del mundo, relacionado a necesidades de singularidad y diversión simultáneamente.

ü  Trastorno Asocial, falta de escrúpulos en el ejercicio del poder, relacionado con la necesidad de singularidad.

Los principales síntomas de estos trastornos de conducta asociados al ejercicio del poder son:

Ø  Racionalización: tratar de justificar lo injustificable, todo vale mientras no me pillen y aunque me pillen no importa si puedo convencerlos de que no está mal lo que hice o que, aunque este mal tengo derecho porque soy el dirigente, el alcalde, el gobernador, el presidente, el rey o en definitiva el enviado por la divinidad.

Ø  Reproducir el poder: Aprovechar el ejercicio del poder para reproducir más poder, es decir, someter a los otros poderes, asegurarse la permanencia en el poder.

Ø  Eliminar o evitar las contradicciones: aprovechar el poder para desprestigiar, perseguir, destruir o comprar al oponente o al que piensa diferente.

Ø  Excesivo protagonismo personal: Apropiarse de los méritos de otros, todo lo bueno lo hice yo y lo malo fue error de mis colaboradores.

Ø  Rodearse de lluncos: personajes poco independientes intelectual y económicamente, para que no contradigan, aplaudan las ocurrencias y rían de ellas.

Ø  Conductas desinhibidas: El sentimiento de que se tiene derecho a estar por encima de los “convencionalismos” sociales y morales, ¨puedo hacer lo que se me apetezca¨.

Ø  Autoevaluación Sesgada: Sobrevaloración de las capacidades personales y de la imagen personal

Ø  El fin justifica los medios, los políticos usan y abusan tanto de este paradigma que el medio (llegar al poder) para el fin (implantar una forma de gobernar para resolver problemas sociales) se termina convirtiendo en un fin en sí mismo, es decir, conservar el poder cueste lo que cueste.

Las patologías del poder, son muy difíciles de curar, por lo tanto, lo mejor como en casi todas las enfermedades es prevenirlas, a continuación, las que considero son buenas prácticas preventivas:

1.     Limitar los períodos de ejercicio del poder para evitar que se atrincheren en su cargo, una autoridad una vez concluido su mandato con derecho a una única reelección, nunca más debería postular al mismo cargo. Muchas empresas privadas aplican está sana práctica preventiva en altos cargos directivos o ejecutivos.

2.     Prohibir el cambio de la constitución o estatutos cuando el beneficiado es el que promueve el cambio.

3.     Limitar el poder de la autoridad o ejecutivo principal, dividir el poder y fomentar la independencia de poderes, nombrar o elegir en cada poder personas competentes e independientes desde los puntos de vista intelectual, emocional y económico.

4.     Elegir mejor a los candidatos a cargos de responsabilidad. asegurarse de que en su comportamiento no existen síntomas de la patología del poder.

5.     Evitar privilegios excesivos y fondos de uso discrecional ya que estos compran silencios y alimentan parásitos interesados en vivir en el entorno del poderoso.

6.     Extremar las precauciones para que el proceso de toma de decisiones de inversión no sea utilizado de manera caprichosa e interesada por el ejecutivo.

Es tu deber ciudadano como es mi deber prevenir las patologías del poder, comencemos en cada elección votando por quien mejor nos parezca, pero, asegurándonos que comencemos un nuevo ciclo con los calzoncillos limpios.

Referencias
Huate, L., & Garcia , J. (Mayo de 2019). Las patologías del Poder. Harvard Deusto

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