¿Cuál “revolución agraria”, compañeros?
El día de ayer las organizaciones campesinas celebraron el 65 aniversario de una supuesta “revolución agraria”. ¿Se creerán de verdad que ponerle o cambiarle el nombre a un acontecimiento le cambia también el contenido? No deja de ser una antigua creencia de muchos habitantes de nuestro...
El día de ayer las organizaciones campesinas celebraron el 65 aniversario de una supuesta “revolución agraria”. ¿Se creerán de verdad que ponerle o cambiarle el nombre a un acontecimiento le cambia también el contenido? No deja de ser una antigua creencia de muchos habitantes de nuestro país la de que los nombres definen la realidad, y vivimos casi cotidianamente en una ensalada de nombres o conceptos, casi siempre grandilocuentes, que en el fondo no expresan nada. Y me parece que se trata de un hábito más bien peligroso. Veamos este caso del 2 de agosto de 1953, cuando el presidente Paz Estensoro promulga la ley de Reforma Agraria, una de las cuatro grandes medidas de la Revolución del 52 (junto a la Nacionalización de las Minas de 1952, la Reforma Educativa de 1955 y el Voto Universal de 1956).
Para empezar hay una clara definición conceptual sobre la diferencia entre reforma y revolución, y es que la primera se refiere a la promulgación de una nueva ley, cuyo sujeto por tanto es el Estado, mientras la segunda se refiere a un cambio estructural realizado por el pueblo movilizado y al margen del Esta¬do. Y es evidente que lo ocurrido el 2 de agosto de 1953 fue la promulgación de una nueva ley, y que por tanto se trata de una reforma, y de manera coherente así la denominó el gobierno de Paz Estensoro: “Ley de Reforma Agraria”.
Pero más allá de definiciones y conceptos, vayamos a los hechos. A partir de la Guerra del Chaco (donde nuestros peones de hacienda, casi todos indígenas, convivieron con trabajadores mineros y con universitarios, y a partir de ahí em¬pe-zarían a organizarse en sindicatos y a luchar de manera efectiva contra el sistema de hacienda) la movilización contra dicho sistema fue en rápido aumento y se convirtió en una de las grandes banderas de aquella revolución. Pero ahí aparece un elemento que no por antiguo podemos olvidar, y fue la decisiva intervención del Embajador de los Estados Unidos (cuándo no) que le plantea a Paz Estensoro que su gobierno está dispuesto a colaborar con la nueva “revolución” pero con la condición de que se respete el sagrado principio de la propiedad privada… Paz Estensoro acepta la condición, y ahí empieza la degeneración de aquella revolución:
La nacionalización de las minas va acompañada de una indemnización anual a sus “legítimos” propietarios (que se pasarían casi 20 años cobrando jugosos pagos, a costa del país, sin tener que preocuparse de la gestión minera). Primera claudicación.
La segunda fue precisamente la Reforma Agraria, donde el embajador exige que se les reconozca derechos de propiedad a los viejos hacendados (reser¬vándoles los mejores terrenos), y que el resto se distribuya en forma de parce¬las de propiedad individual. Dos factores que empobrecieron notablemente aquella reforma agraria, el primero por ser contrario a los objetivos centrales de dicha reforma, el segundo porque condenaba las nuevas propiedades campe¬sinas a la fragmentación por herencia en cada generación, y a la larga a la pérdida de la capacidad productiva de las tierras agrarias (que al reducirse a 500 o mil metros cuadrados dejarían de ser rentables) Y así está ahora nuestro agro, cada vez menos productivo y menos rentable, lo que parece obligarnos a comprar cada vez más productos agrícolas del Perú y otros países vecinos…
O sea que de “revolución” nada. Y en el caso de la Reforma Educativa de 1955 la degeneración vendría por el hecho de que la universalización —que fue real— de la escolaridad se haría a costa de la calidad educativa, que no ha hecho más que disminuir desde entonces hasta el día de hoy. La única medida de cambio que se mantendría consecuente fue la Reforma Electoral.
Lo preocupante es esa tendencia al uso de términos rimbombantes, como si eso cambiara en lo más mínimo la realidad. De Revolución Agraria nada, compañeros dirigentes campesinos, lo que hubo en 1953 fue una modesta Reforma, que puede tener sentido que celebremos, pero sin magnificarla, porque fue desde el primer momento disminuida, y además por influencia de la Embajada de los Estados Unidos. ¿O les parece que esto último puede ser objeto de celebración?
Para empezar hay una clara definición conceptual sobre la diferencia entre reforma y revolución, y es que la primera se refiere a la promulgación de una nueva ley, cuyo sujeto por tanto es el Estado, mientras la segunda se refiere a un cambio estructural realizado por el pueblo movilizado y al margen del Esta¬do. Y es evidente que lo ocurrido el 2 de agosto de 1953 fue la promulgación de una nueva ley, y que por tanto se trata de una reforma, y de manera coherente así la denominó el gobierno de Paz Estensoro: “Ley de Reforma Agraria”.
Pero más allá de definiciones y conceptos, vayamos a los hechos. A partir de la Guerra del Chaco (donde nuestros peones de hacienda, casi todos indígenas, convivieron con trabajadores mineros y con universitarios, y a partir de ahí em¬pe-zarían a organizarse en sindicatos y a luchar de manera efectiva contra el sistema de hacienda) la movilización contra dicho sistema fue en rápido aumento y se convirtió en una de las grandes banderas de aquella revolución. Pero ahí aparece un elemento que no por antiguo podemos olvidar, y fue la decisiva intervención del Embajador de los Estados Unidos (cuándo no) que le plantea a Paz Estensoro que su gobierno está dispuesto a colaborar con la nueva “revolución” pero con la condición de que se respete el sagrado principio de la propiedad privada… Paz Estensoro acepta la condición, y ahí empieza la degeneración de aquella revolución:
La nacionalización de las minas va acompañada de una indemnización anual a sus “legítimos” propietarios (que se pasarían casi 20 años cobrando jugosos pagos, a costa del país, sin tener que preocuparse de la gestión minera). Primera claudicación.
La segunda fue precisamente la Reforma Agraria, donde el embajador exige que se les reconozca derechos de propiedad a los viejos hacendados (reser¬vándoles los mejores terrenos), y que el resto se distribuya en forma de parce¬las de propiedad individual. Dos factores que empobrecieron notablemente aquella reforma agraria, el primero por ser contrario a los objetivos centrales de dicha reforma, el segundo porque condenaba las nuevas propiedades campe¬sinas a la fragmentación por herencia en cada generación, y a la larga a la pérdida de la capacidad productiva de las tierras agrarias (que al reducirse a 500 o mil metros cuadrados dejarían de ser rentables) Y así está ahora nuestro agro, cada vez menos productivo y menos rentable, lo que parece obligarnos a comprar cada vez más productos agrícolas del Perú y otros países vecinos…
O sea que de “revolución” nada. Y en el caso de la Reforma Educativa de 1955 la degeneración vendría por el hecho de que la universalización —que fue real— de la escolaridad se haría a costa de la calidad educativa, que no ha hecho más que disminuir desde entonces hasta el día de hoy. La única medida de cambio que se mantendría consecuente fue la Reforma Electoral.
Lo preocupante es esa tendencia al uso de términos rimbombantes, como si eso cambiara en lo más mínimo la realidad. De Revolución Agraria nada, compañeros dirigentes campesinos, lo que hubo en 1953 fue una modesta Reforma, que puede tener sentido que celebremos, pero sin magnificarla, porque fue desde el primer momento disminuida, y además por influencia de la Embajada de los Estados Unidos. ¿O les parece que esto último puede ser objeto de celebración?


