Las ciencias como despilfarro
El siglo XXI trae una serie de revoluciones, especialmente en el mundo de las telecomunicaciones, la genética humana y todo tipo de maravillas en los dominios de la informática y cibernética; sin embargo, se queda un mal gusto en el aliento de la humanidad. ¿Para qué sirven las ciencias y...
El siglo XXI trae una serie de revoluciones, especialmente en el mundo de las telecomunicaciones, la genética humana y todo tipo de maravillas en los dominios de la informática y cibernética; sin embargo, se queda un mal gusto en el aliento de la humanidad. ¿Para qué sirven las ciencias y las revoluciones teóricas cuando han retornado diferentes formas de barbarie como múltiples guerras a escala global, junto a la persistente miseria y represión de millones de seres humanos en distintos puntos del planeta?Estas interrogantes ya fueron planteadas por la Academia de Dijon en 1750, cuando convocó a un famoso concurso de ensayos con el tema: “Si el restablecimiento de las ciencias y las artes ha contribuido a depurar las costumbres”. El ganador fue Jean Jacques Rousseau, quien, en su Discurso sobre las ciencias y las artes (Buenos Aires: Aguilar, 1980), utiliza un magistral estilo retórico.Para Rousseau, ya desde la Enciclopedia, “…nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado hacia la perfección”. Este problema es visto como un martirio estructural que afectaría a toda época, pues “los males causados por nuestra curiosidad son tan viejos como el mundo”.Las críticas demoledoras del clásico pensador político se mantienen hasta hoy. Rousseau tuvo un fuerte sentimiento escéptico sobre la utilidad del conocimiento para cambiar el estado de las cosas; asimismo, expresaba una consternación porque, si conocer es sufrir, entonces desembocamos en una actitud socrática en la que resultaría mucho mejor admitir nuestra ignorancia antes que las vanidades de la ciencia, gangrenada al someterse a los poderosos, así como las artes degeneran al subordinarse al lujo.Para Rousseau, Sócrates despreciaría nuestras vanas ciencias porque sólo contribuyen a incrementar esa serie de libros que inundan arrogancia y contradicciones. Todo el mundo olvidó el cultivo de las virtudes, encerrándose en sus prejuicios, egocentrismos y la estupidez interior de no poder reconciliar el pensamiento con sus consecuencias. El desajuste del Gran pensamiento y la Gran creatividad contienen una incapacidad para alcanzar los ideales de la justicia social, como también lo identificó George Steiner, generando una fuente de melancolía.El escepticismo en torno a las ciencias y al pensamiento se revela, asimismo, como un rechazo a los efectos contradictorios de la modernidad y sus supuestas virtudes para efectivizar una sólida vida democrática, junto a la superación de toda forma de desigualdad.Este pesimismo crítico transmite un temprano rechazo a la modernidad, al observar que la ciencia y la enorme producción de conocimientos no pueden detener el arrollador impulso en el que se sacrifica lo verdaderamente humano en beneficio del enriquecimiento concentrado en pocas manos, el interés por las veleidades materiales de la riqueza, por la que el Estado muchas veces traiciona el contrato social para reprimir las voluntades individuales y atentar contra la libertad.Despilfarramos tantos conocimientos en las grandes universidades y los centros dedicados a la investigación que producen, a ritmos industriales, propuestas tecnológicas e interpretaciones audaces sobre la realidad; sin embargo, dicho despilfarro se congela, inamovible, cuando también contrastamos el potencial de la ciencia con una resistente actitud para mantener el sufrimiento de millones a costa de los balances de poder y la dominación que todavía humilla culturas, naciones y personas, desdibujándose múltiples veces el optimismo en torno a la razón, la racionalidad, las ciencias, el pensamiento y las artes.*Franco Gamboa Rocabado es sociólogo, doctor en ciencia política y relaciones internacionales, miembro de Yale World Fellows Program.


