Apartheid
El niño, hijo de inmigrantes, lo interroga con la mirada y piensa por qué tiene que haber tantas fronteras en el planeta, cercando los países.Quizás reside ahora en algún lugar de África, Asia o América Latina o, tal vez, nació en norteamericana o en Francia o en República Dominicana,...
El niño, hijo de inmigrantes, lo interroga con la mirada y piensa por qué tiene que haber tantas fronteras en el planeta, cercando los países.Quizás reside ahora en algún lugar de África, Asia o América Latina o, tal vez, nació en norteamericana o en Francia o en República Dominicana, por decir algo. Sus padres arrancaron las raíces de su país de origen para emigrar hacia otros horizontes en busca de trabajo, seguridad, educación, con la esperanza de poder labrar un futuro mejor para sus hijos.Trabajan en lo que encuentran para sobrevivir, soportando nostalgias y humillaciones de todo tipo, comenzando por el maltrato de fronteras: scaner, cacheos, manoseos, y hasta el tacto rectal si se les antoja a los funcionarios esbirros, máxime cuando, en su veleidad racista, encuentran caras sospechosas.Para referirse a ellos, muchos nacionales usan epítetos denigrantes, inspirados por el sitio geográfico de procedencia, que siempre conllevan un sentimiento y expresiones peyorativas: espaldas mojadas, sudacas, pie noir, amarillos, meteques…La condición de indocumentados, forzados en la mayor parte de los casos por la insensibilidad, la burocracia, los prejuicios culturales y el rechazo político, expone al inmigrante a las peores explotaciones laborales.El descalabro económico mundial, que hizo crisis en el 2008, repercutió de inmediato y prosigue hasta hoy, en la existencia de millones de personas que quedan cesantes de la noche a la mañana. Endeudados, con hipotecas a pagar, sin salario ni la mínima protección social, lleva a muchos al desalojo y al suicidio. Tremendo drama humano que la insensibilidad borra pronto.Los inmigrantes se han convertido en malvenidos, en esta avalancha persecutoria planetaria que se implementa sistemáticamente contra los indocumentados, a quienes, por ese solo “delito” se le trata como delincuente, se le encarcela, se le maltrata, se le tortura y se le expulsa.Los hijos de esas víctimas están obligados a vivir en la clandestinidad, sin derecho a la asistencia médica ni a ser escolarizados y, muchos menos a tener la nacionalidad del país donde nació.Una señora paraguaya que vivió en Francia durante cuatro años, pero que no pudo obtener sus papeles legales de residencia, a pesar de tener padres con residencia gala de muchos años, tuvo una hijita, que ahora tiene tres años, pero a la que se le niega el derecho a la nacionalización francesa.Retornó a Paraguay y ahí tampoco ha conseguido nacionalizar a su hija, lo cual podría obtener sólo por vía judicial, iniciando los trámites después de permanecer más de un año en su país de origen, sin que ninguna autoridad pueda explicarle los límites de duración de ese proceso.Como ella, existen millones de niños en el mundo que no son “ni de aquí ni de allá”. Sabemos algo de lo que sucede en América del Norte, donde la deportación de extranjeros pobres es masiva desde hace años, incrementadas en las dos administraciones del gobierno de Obama, traicionando a sus ancestros inmigrados.A la República Dominicana, separada de Haití por las líneas divisorias impuestas por el poder colonial, llegaron hace unos 30 años trabajadores agrícolas haitianos que el país necesitaba para su zafra azucarera. Ahora, en plena crisis ese rubro y sin que el país los necesite, sus hijos, adolescentes o adultos jóvenes, están siendo expulsados de los empleos y de los centros de estudios, acorralados por las autoridades que le niegan su derecho a la nacionalidad, en un acto fratricida.Haití, tratado siempre por las potencias occidentales como colonia, y que vive en la más absoluta pobreza, devastado por terremotos y huracanes, el último fue en el 2003, está prácticamente ocupado por militares extranjeros, 15 mil sólo de Estados Unidos, y otros miles de varios países enviados por la ONU, responsables de la introducción del cólera en esa isla, convertido en endémico, con extensión regional.En estos días, lamentamos la muerte de Nelson Mandela, por lo que significó su vida en la lucha contra el Apartheid, ese horror condenable desde todo punto de vista. Cerca de cien mandatarios de todos los continentes, rindieron homenaje al héroe sudafricano, pero la mayor parte de ellos, en una de las más execrables expresiones de cinismo, olvidaron que en ese mismo momento, su gobierno practicaba la misma política que combatió e hizo grande a Madiba.Esas cabezas gobernantes intentan limpiar un poco su conciencia, condenando el Apartheid racial, al tiempo de perseverar en el Apartheid del hambre, de la discriminación económica, de la exclusión social, de la explotación de los trabajadores, y de la criminalización del inmigrante, incrementando la alienación cultural de los pueblos, y la pérdida de conquistas laborales ganadas con inmensos esfuerzos, privaciones y tributos de sangre durante décadas.El niño mira a su madre y le pregunta: ¿Qué soy yo?. ¿Norteamericano, francés, dominicano, asiático, caribeño, africano, latinoamericano, indoamericano?. ¿La madre lo mira desconcertada y, al final responde: Por ahora no eres de ninguna nacionalidad, pero sí perteneces al mundo. El niño miró de nuevo al globo terráqueo y le dice a su madre: ¡¡No lo limpies, mamá!!. ¡¡Déjalo así, porque no quiero ver fronteras!!


