Volver a Dios

La perduración y el agravamiento de situaciones de injusticia en los países en desarrollo. La corrupción de las relaciones interpersonales, institucionales, empresariales e internacionales, que hace crecer hasta la desmesura, una amarga sensación que todo está perdido y nada puede ser...

La perduración y el agravamiento de situaciones de injusticia en los países en desarrollo. La corrupción de las relaciones interpersonales, institucionales, empresariales e internacionales, que hace crecer hasta la desmesura, una amarga sensación que todo está perdido y nada puede ser rescatado.En esta preocupante lista de fenómenos habrá que agregar otros que se vienen gestando a la sombra del florecimiento de la nación moderna, por ejemplo el consumismo y el individualismo, producen un agudo desorden social en el que las mayorías no encuentran su lugar y las minorías se enriquecen a costa de ellas, mientras gozan de los privilegios que los políticos prometen para todos los ciudadanos, por otra parte la desocupación, la falta de viviendas accesibles para grandes sectores populares, los escasos recursos que se destinan a la educación y la salud, el éxodo de grandes masas de población rural a los cinturones de las ciudades donde son cada vez más grandes las aglomeraciones de pobres con su secuela de situaciones traumáticas en niños y jóvenes que nacen y crecen en medios hostiles y carentes de lo esencial.Estos fenómenos conocidos por todos tienen como denominador común el gran sufrimiento de sus protagonistas y el surgimiento de un incipiente deseo de cambio social que se emparenta con un despertar religioso, que intenta reformar la sociedad, para que existan relaciones mas justas inspiradas en principios religiosos.Por eso se habla de liberación, de igualdad y de justicia social en la iglesia, por eso nuestra iglesia católica avanza día a día en su actitud de diálogo de servicio, de denuncia de injusticias y de defensa de los más postergados.Son muchos los fenómenos que se vienen produciendo y que parecen empujar al hombre a volverse hacia Dios.Porque en la palabra de Dios está la respuesta a los interrogantes y la solución al caos, por que Cristo nos llama a la unidad, a la justicia, a la honradez y nos dice, no a la indiferencia, no al egoísmo, no a la envidia, no a la explotación sino: “Amaos los unos a los otros”.   Nuestra juventud también debe volver a Dios, pero debemos preguntarnos: ¿Y qué esperan los jóvenes de la iglesia?Que no los dejen  solos liberados a su suerte, que los acompañen hombro a hombro en el crecimiento de su fe.Que la gente de iglesia sea creíble, auténtica, humilde, que no sea hipócrita, fanática o autosuficiente.Que sea una iglesia creativa, dinámica, que respire al ritmo de los tiempos.Que los ayude a sustraerse de la tentación a la superficialidad y al alcohol que les llega a través de los medios de comunicación.Que los ayude a resolver con sensatez los problemas éticos que conmocionan todos los ámbitos de la realidad y también el mundo interior de cada uno.Que les haga conocer y amar a Cristo, El Maestro y así poder: ¡Volver a Dios!


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