Reflexiones desde el Cursillo: Perdónanos como nosotros perdonamos

En la vida de cada ser humano siempre existe un dolor, causado por alguien que le ofendió, lo engañó, lo traicionó. Todo esto provoca primeramente una reacción de ira, de dolor y después viene el resentimiento, ese resentimiento se va convirtiendo en rencor. El rencor es un dolor acumulado...

En la vida de cada ser humano siempre existe un dolor, causado por alguien que le ofendió, lo engañó, lo traicionó. Todo esto provoca primeramente una reacción de ira, de dolor y después viene el resentimiento, ese resentimiento se va convirtiendo en rencor. El rencor es un dolor acumulado por el recuerdo de esa ofensa, ofensas ocasionadas muchas veces por personas queridas, pero con el tiempo el rencor se va enraizando en nuestro corazón.Esa herida que causa el rencor puede infectarse, generando daño a la persona. La única medicina capaz de curar y prevenir esa gangrena interior, es el perdón. Un perdón que no es señal de debilidad sino de fortaleza, no es resignación, sino aceptación de una realidad para poder superarla. Un perdón que es el único remedio para mantener sanos la mente y el corazón.Muchas veces no está en nuestras manos el evitar que nos hieran, pero si lo está el dejar que esa herida nos amargue la vida entera, debemos perdonar y seguir adelante con el alivio de haber podido cerrar la herida y lograr la paz.Jesús nos dice: “Cuando oren, si tienen algo en contra de alguien perdónenlo, para que el Padre de ustedes que está en los cielos les perdone también sus faltas”. (Mc. 11,25). La paz es el inicio de la verdadera felicidad, la paz de la conciencia es la paz del corazón; no olvidemos que la paz es un valor y un deber universal y que la persona humana que busca la paz la encontrará en el perdón.Sabemos que los hombres no somos islas, formamos mar, estamos vitalmente unidos dentro de la familia, en la sociedad y con el mundo entero.Para convivir con nuestros hermanos debemos comprender y aceptar realidades que quizás despreciamos, pero si no sabemos andar codo a codo con los demás, sino a codazo tras codazo, los iremos descartando a todos uno a uno; si nos dejamos llevar por el resentimiento y nos volvemos tozudos, soberbios, es que nuestra alma todavía no ha sabido lo que es caridad.Tenemos que interpretarlo todo con indulgencia, perdonando todo, disculpando todo. Hermano a ti te digo: No seas tan exigente, no pretendas que los demás piensen con tu cabeza y vean con tus ojos y aunque no piensen y vean como tú, no dejan de ser hermanos tuyos, equivocados tal vez, pero hermanos. San Pablo nos dice: “Soportándonos los unos a los otros con caridad, solícitos de conservar la unidad mediante el vínculo de la paz” (Ef. 4,2-3).A los hermanos que no se les ama porque no son buenos, porque se equivocan, hay que ayudarles para que sean mejores. Por algo el Señor nos enseñó  a pedir perdón en la medida que nosotros perdonemos, ahí está la llave de la misericordia de Dios.Él supo perdonar a quienes lo clavaron en la cruz, buscó justificar a sus verdugos: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”.  Y tú ¿cómo puedes negar tu perdón?


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