El espíritu de Dios
El Espíritu no tiene rostro, ni siquiera un nombre que pueda evocar una figura humana.Siempre se lo menciona en las escrituras comparándolo con el viento, con el fuego o el hábito.Es imposible tocar al Espíritu, se oye su voz y se ven sus signos, pero no se puede saber “De dónde viene ni a...
El Espíritu no tiene rostro, ni siquiera un nombre que pueda evocar una figura humana.Siempre se lo menciona en las escrituras comparándolo con el viento, con el fuego o el hábito.Es imposible tocar al Espíritu, se oye su voz y se ven sus signos, pero no se puede saber “De dónde viene ni a donde va” (Jn. 3 – 8)El Espíritu actúa a través de otra persona.Los signos que lo representan muestran la invasión de una presencia irresistible, esos signos son: El agua, el fuego, el aire o el viento.El Espíritu Santo es una fuerza divina que transforma personalidades humanas y las hace capaces de gestos extraordinarios.Los hombres están llamados a recibir El Espíritu en tres líneas: La mesiánica de la salvación, la profética de la palabra y la sacrificial de servicio y consagración.Los testigos del Espíritu son los profetas, El abre a los profetas a la palabra de Dios, hasta llegar a revelarles la gloria divina (Ez. 3,12)La Palabra y El Espíritu se complementan, mientras que la palabra es revelación, El Espíritu es transformación interior. La Palabra de Dios hecha carne es obra del Espíritu.La obra del Espíritu es semejante a la lluvia que vuelve a dar vida a la tierra reseca; cuando recibimos esta lluvia, esta fuerza, nuestro espíritu se transforma, es lo que nos hace acercarnos más a Dios.Esta efusión del Espíritu es como una nueva creación, como la llegada del derecho y la justicia en un país renovado, o sea transforma los corazones con una nueva sensibilidad receptiva a la voz de Dios, capaz de establecer en cada corazón la justicia y el amor.El Espíritu de Dios es el dador de toda gracia, es el Consolador que prometió Jesús cuando volvió a la casa del Padre (Jn. 14,26). Es el que nos impulsa y nos mueve a buscar a Dios, nos sumerge a la vida espiritual que es la vida vivida en la presencia de Dios.El Espíritu Santo nos da los siete maravillosos dones, dones que nos harán gozar de una vida llena de esperanza iluminada por su luz, para que no vivamos en tinieblas, para que la oscuridad del egoísmo, de la ignorancia y de la cobardía no nos haga errar el camino.Los dones son: La sabiduría, la ciencia, son los dones que nos ayudan a diferenciar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, es el don del conocimiento. El sabio es como un rio crecido y sus consejos como un manantial que no se agota (Eclesiástico 21,13).El don de consejo, inspira lo que se debe hacer y como se debe hacer. El don de fortaleza que nos hace fuertes para permanecer junto al Señor, el don de piedad que es la manifestación de nuestra fe y amor a Dios; nuestra vida cristiana se nutre en la piedad, el don de la prudencia que nos hace valientes pero cautelosos, y el don del temor de Dios nos infunde un profundo respeto a Dios y temor santo de ofenderlo.Sumergidos ya en el tiempo del Espíritu, cada cristiano debe dejarse transformar interiormente por El, para que la palabra de la salvación se encarne en cada uno y se manifieste en obras concretas de liberación, en un mundo que necesita renovarse con una fuerza vital, que solamente puede venir del dador de todo carisma, El Espíritu de Dios.


