Ese chauvinismo
Las profería en las plazuelas de París durante la guerra franco-prusiana de 1870. Hay quienes añaden que una de sus características es que siempre esquivó la trinchera prefiriendo la tribuna. El derivado de su apellido sirve para designar esa vieja enfermedad equivalente al narcisismo que...
Las profería en las plazuelas de París durante la guerra franco-prusiana de 1870. Hay quienes añaden que una de sus características es que siempre esquivó la trinchera prefiriendo la tribuna. El derivado de su apellido sirve para designar esa vieja enfermedad equivalente al narcisismo que implica atribuir mil virtudes al país propio y todos los vicios a aquel presentado como adversario. En nuestra América -inmediatamente después de la emancipación, en su afán por acentuar su fisonomía propia- cada república vigoriza el desdén y el recelo por el Estado vecino y, obvio, por su ciudadanía. Tales prejuicios legitiman tiranteces y hasta choques armados. Logran sobrevivir has este siglo. Los estimula la prensa y el texto escolar. Se instalan en el imaginario colectivo. Explotan en los estadios y suele constituir doctrina en las cancillerías.Esos prejuicios constituyen el chauvinismo que en la dicotomía entre “creencias” e “ideas” se alberga en aquellas y es refractario a éstas. Está blindado y pareciera eterno. Vencerlo supone viajar y cultivarse. Las multitudes lo continúan consumiendo como una droga que evita pensar. Permite sobrevivir sólo repitiendo los que se denominan “lugares comunes”. También se conoce como patrioterismo. Apunta siempre a “cosificar” por motivos históricos, higiénicos y hasta estéticos a los habitantes del país juzgado enemigo de ayer, de hoy, de mañana y de siempre. Mi país no es el único afectado de esa dolencia socio-psíquica. Se expresa arremetiendo contra las patrias fronterizas hasta en un match de fútbol. Brota en puerilidades como sostener que nuestra bandera es “la más linda del mundo” -y agrega la maestra de escuela- “así se establece en concurso internacional de pabellones patrios”. Se añade -con servil parche de francolatría- “nuestro Himno Patrio es el más hermoso, después de La Marsellesa”. He aquí algunas de las manifestaciones del fenómeno que se intenta analizar.


