Abrir puertas y ventanas

que debe elegir al sucesor del renunciante cardenal  Joseph Ratzinger, cuya insólita renuncia  (por lo poco usual) conmocionó y conmociona aún a esa monumental estructura social que es la iglesia.Entre los que hacen comentarios de aparente buena fe, tenemos los de quienes sostienen que lo...

que debe elegir al sucesor del renunciante cardenal  Joseph Ratzinger, cuya insólita renuncia  (por lo poco usual) conmocionó y conmociona aún a esa monumental estructura social que es la iglesia.Entre los que hacen comentarios de aparente buena fe, tenemos los de quienes sostienen que lo que le sucede hoy a la iglesia católica, no son otra cosa más que la consecuencia de su falta de apertura y de transparencia, de su escasa fuerza evangélica, “de la poca presencia en su gobierno de cristianos proféticos capaces de colocar aquella levadura del evangelio que la haga fermentar y crecer”Hay comentarios mucho menos generosos y hasta hostiles, que no se justifica ni siquiera mencionar aquí, por eso, evitándolos, seleccionamos este, que no puede ser pasado por alto: “La Iglesia necesita más que nunca, precisamente porque está acosada y en crisis, un nuevo papa, que como Juan XXIII, proclame la necesidad de que se abran las ventanas para que entre aire nuevo y pueda la Iglesia recoger el testigo de un Concilio Vaticano II que intentó abrir un diálogo con la Humanidad. En la oscuridad y las tinieblas de esa falta de diálogo y de transparencia habría que buscar el motivo de los males que hoy la aquejan y avergüenzan. Y no al revés”.Los propósitos de Juan XXIII, tan diferentes a los de sus predecesores y sucesores, lo mantienen como de los jerarcas más notables en la ya larga historia del papado.Con seguridad que en las próximas semanas, al aproximarse el inminente conclave de cardenales, se agitará aún más el ambiente periodístico con noticias y comentarios, porque a los escándalos por el poder, el sexo o el dinero (que son demasiados y muchos de ellos aún “secretos”) se sumará el que muchos cristianos consideran el más triste de todos: El que supone la negación de la justicia y el consuelo a las víctimas de la pederastia. Esto no es algo que se pueda pasar por alto, ya que la polémica sobre si los cardenales sospechosos de haber ocultado los actos de pederastia deberían abstenerse de participar en el cónclave no hace más que crecer.Todo lo que se menciona aquí ha sido recopilado de periódicos y revistas de circulación internacional. Es decir, no existe nada secreto ni confidencial, pues son inquietudes públicamente expresadas.Es que en esta “era de la comunicabilidad”, (aunque no de la comunicación), cuando ya casi nada puede evadir el escrutinio público, el deseo de otro Papa, el popular Juan XXII no puede ser ignorado: hay que abrir las puertas y las ventanas de la iglesia católica, para que se ventile y se despejen esas sombras acumuladas por tantos siglos de secretismo. Y lo que vale para la iglesia, vale para todos los ámbitos sociales, en todo este mundo inexorablemente “globalizado”.


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