Renuncia del Papa

 Pero tampoco es el papado, ni la forma de “elección”, en la que se trató de involucrar al espíritu santo, uno de los tantos inocentes a los que se le plantó un “garrón”, y tampoco son los Cardenales, ni el Vaticano, y si seguimos tirando de ese hilo, es posible que lleguemos a la...

 Pero tampoco es el papado, ni la forma de “elección”, en la que se trató de involucrar al espíritu santo, uno de los tantos inocentes a los que se le plantó un “garrón”, y tampoco son los Cardenales, ni el Vaticano, y si seguimos tirando de ese hilo, es posible que lleguemos a la conclusión de que el problema sea la religión o las religiones en su interés por intermediar (instrumentar) un sentimiento tan noble como la espiritualidad del ser humano. En esa maniobra fue invertido el orden de las cosas, y el hombre que imagino a Dios a su imagen y semejanza, instaló la versión de que “Dios fue quien hizo al hombre (varón) a su imagen y semejanza”. Luego, “lo sumió en un sueño de su costado extrajo una costilla con la cual fabrico a la mujer”, por esa razón el varón tiene una costilla menos o “falsa costilla”, prologo de la antítesis femenina y prólogo de lo que habría de ser su “artera” conducta a lo largo de la historia. Mi padre fue un hombre con una enorme espiritualidad. Desde muy pequeño y hasta el fin de sus días lo vi arrodillarse a la hora del crepúsculo frente a su mesa de luz, sin imágenes, ni velas, ni más símbolos que un viejo misal y rezar. Nunca fueron más de cinco minutos, nunca supe cual era el texto de su oraciones y más aún: nunca nos dijo ni a mis hermanos ni a mí cosas tales como: “hay que ir a misa, hay que leer la Biblia, hay que rezar, no hay que fumar, no hay que hacer esto o hay que hacer aquello. No se persignaba al pasar frente a una iglesia o una imagen y cuando alguna vez le pregunte por qué no lo hacía me dijo “eso es superstición” que yo no sabía bien que significaba, pero sabía que no era bueno. Siempre me pregunté acerca de la relación de aquellas conductas con aquel chiquito que contrajo difteria y fuera desahuciado por la medicina y al cual sanó la Madre María o una discípula de ella. Me contó su madre, mi abuela, quien desesperada recurrió en su ayuda, mientras el resto de la familia aguardaba resignada el fallecimiento, que “llegó al lugar, se sentó a su lado sobre la cama y colocó una mano sobre la frente, mientras parecía rezar en silencio. Todo duró muy poco. Félix vomitó un liquido blanco y dos o tres días después jugaba con sus hermanos”. Hace muchos años ya que no puedo establecer relación alguna entre cosas así y los dogmatismos y formalidades religiosas. Distingo entre las buenas intenciones que en muchos transitan vaya a saber porque razón el espacio de la iglesia y la religión, de la instrumentación aviesa que se ha hecho de ese noble, misterioso y ecuménico sentimiento que es la espiritualidad. En el caso que nos toca, que me toca, la iglesia católica, es preciso reconocer su servicio a la concentración de lo económico y político de occidente. Una iglesia que no dudó en contratar a los más grandes artistas, músicos, escultores, escritores, pintores e inventores para publicitar las más idílicas imágenes del “cielo” eterno para quien supiera someter su ánimo y las más horrorosas descripciones del infierno como castigo para quien osara rebelarse contra el status quo. Una iglesia que vendió indulgencia e instituyó el “santo oficio”, vigente en América hasta mediados del siglo XIX. Es menester reconocer su servicio a la postergación y sometimiento durante siglos, de nada menos que del cincuenta por ciento de la humanidad con blasfemia de la virginidad. Pero también tenemos que admitir el modo horrible en que hemos naturalizado esos conceptos. Ninguna persona piadosa y sensible andaría por la vida enarbolando una horca o la silla eléctrica, pero no son pocos los que duermen bajo el emblemático instrumento de tortura romano, que dicho sea de paso, recién fue adoptado como emblema y en medio de una gran controversia en el siglo tercero de la era cristiana. En fin, como suele decirse lo bueno y lo malo vienen juntos, la tan vilipendiada apreciación del viejo Carlos Marx no estaba tan desacertada.


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