El bautismo del Señor

Desde lo alto, contempló el grandioso espectáculo, una abigarrada multitud acudía a hacerse bautizar por un austero profeta llamado Juan.En aquél agreste escenario de piedras y palmeras, mezclado entre el pueblo sencillo, también el hombre de Nazareth se dirigió hacia Juan y sumergiéndose...

Desde lo alto, contempló el grandioso espectáculo, una abigarrada multitud acudía a hacerse bautizar por un austero profeta llamado Juan.En aquél agreste escenario de piedras y palmeras, mezclado entre el pueblo sencillo, también el hombre de Nazareth se dirigió hacia Juan y sumergiéndose en las aguas como si tuviera culpas que lavar, quiso ser bautizado.A quienes seguimos a Jesús y creemos en El, no nos es fácil aceptar el bautismo del Señor, porque lo juzgamos innecesario, ¿acaso Jesús necesitaba bautizarse?, El Hijo de Dios hecho hombre, el único bueno, el único santo, más bien El vino a bautizarnos en el Espíritu Santo.Pero en cada palabra, en cada paso, en cada actitud, nos iba enseñando, nos indicaba el camino.Aquí vemos su humildad sin límites al pedir ser bautizado por Juan.Por eso en aquella lejana mañana de hace tantos años, Dios se manifestó al mundo dejando escuchar su voz y haciendo conocer su amor por su Hijo, presentándose también el Espíritu Santo.( 1 Juan-33).Así también a nosotros, tan pecadores, tan pequeños, tan nada, nos llama y nos hace conocer su amor, una prueba clara de su amor es el canto de los ángeles cuando nació Jesús, los coros celestiales cantaban diciendo: ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! y ¿Quiénes son los hombres de buena voluntad?, los que voluntariamente aceptan a Dios en su vida, es decir vivir en su presencia, vivir en el amor, buscando la paz en la justicia y en la verdad, sin engaños, sin egoísmos, sin odios.Así nos hacemos parte de esos hombres en quienes Dios se complace.Esa mañana cuando Jesús pide ser bautizado por Juan, este se resiste a bautizarle, él nunca lo había visto ¿Qué vio en El de extraordinario?, ¿Cómo lo reconoció?. Pudo haber visto en aquél joven modesto, algo que no veía en los demás y el breve diálogo que tuvo con El, certificó plenamente que era El Mesías. A Jesús lo veían todos, su persona, su porte, sus actos, estaban patentes a los ojos de todos, pero casi nadie sabia  recoger y percibir aquellos delicados rasgos de santidad y divinidad.Mateo nos relata en (Mat. 1, 13-17) el bautismo de Jesús, Quién después de ser bautizado, se rasgaron los cielos y se vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre El; se oyó una voz celestial que decía “Este es mi Hijo Amado, al que miro con cariño”.Nosotros también debemos reconocer a Jesús, porque su presencia es palpable a los ojos del espíritu, porque podemos reconocerle en los niños, en los inocentes, si nos detenemos a mirar la mirada de un niño, allí percibiremos la presencia de Jesús, también en los ojos de los que sufren por el dolor por la enfermedad, en la angustia de los padresque no tienen trabajo y no pueden sostener a su familia, en las personas que sufren la pérdida de un ser querido, en el dolor de los ancianos abandonados, en el grito de justicia de todos aquellos que se sienten impotentes ante toda clase de injusticias; pero no solamente encontraremos y reconoceremos la presencia de Jesús en el llanto y en el dolor; también lo encontraremos en la sonrisa de los niños, en el amor de las madres, en la solidaridad de los que con sus vidas dan testimonio del amor a Dios, en la belleza de la naturaleza que no valoramos porque no nos detenemos a contemplar el universo creado por Dios para nosotros, solo los poetas cifran su atención en la belleza del firmamento, en el titilar de la estrellas, en la blanca luz de la luna, en los atardeceres que pintan el cielo con pinceladas de preciosos matices.Encontraremos al Señor en el ir y venir de las olas y nos traerán a la mente su caminar sobre las aguas; lo encontraremos siempre, porque El camina junto a nosotros, si nos quitamos la venda lo reconoceremos.Recordemos entonces el bautismo del Señor ¡Que acontecimiento, más santo, más tierno, más sublime!Padres no dejen de bautizar a sus hijos, ellos tienen derecho a formar parte de la familia de Cristo, no les cierren las puertas del cielo, porque todos tenemos sed de Dios.En el fondo de todo corazón hay sed de verdad, de bondad, de libertad,  eso es sed de Dios.

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