El gas y los bizantinos

los contradijo en el mismo tema.Sabemos que eso puede volverse tan interminable como los debates bizantinos, que ya se parecen al el cuento de las plantas separadoras o a interinatos como el aludido. Por eso, sería prudente frenarlo a tiempo.Lo que dice el ministro puede estar respaldado por una...

los contradijo en el mismo tema.Sabemos que eso puede volverse tan interminable como los debates bizantinos, que ya se parecen al el cuento de las plantas separadoras o a interinatos como el aludido. Por eso, sería prudente frenarlo a tiempo.Lo que dice el ministro puede estar respaldado por una ley, pero eso no es ninguna fatalidad, es decir no es  un suceso inevitable, generalmente infeliz, sinónimo de desdicha, desgracia, desventura, adversidad, infortunio.Primero, se puede cambiar al ministro, lo cual no sería difícil ni novedoso, para reemplazarlo con otro ministro que interprete la misma ley en forma distinta.No faltarán quienes aleguen que el refrán dice “dura lex, sed lex” pero de inmediato aparecerán otros litigantes aclarando que eso no es refrán, sino un “brocardo” y con eso ya tendremos para quedarnos discutiendo meses, o años, mientras la construcción de las plantas se sigue demorando y el país sigue pendiendo miles de dólares diario. Discutiendo.(Otro día explicaremos lo de brocardo, para no caer en lo mismo que estamos criticando).Puras chicanerías, que son trucos para burlarse de las leyes sin dejar de utilizarlas. Bastante conocemos de eso en Bolivia.Pero si hay voluntad, no sólo se puede cambiar uno o varios ministros, sino también cambiar las leyes, porque son las leyes las que están al servicio de la sociedad y no la sociedad la que debe ponerse al servicio de las leyes.  Y no hay ley que no se pueda cambiar, incluida la Ley de Leyes, llamada también Constitución, aunque con los últimos cambios no le fue muy bien al país. Pero –insistimos- no son fatales.Y como hablamos de cambios, es bueno tomar en cuenta que las sociedades también están cambiando. Y los protagonistas principales no son, como antes, los reyes, ni los partidos políticos, ni los sindicatos. Ahora son las organizaciones sociales, que ya están propiciando cambios hasta hace poco impensables.Nadie discute ahora que la soberanía está en el pueblo, como ya habían sostenido pensadores antiguos como el griego Aristóteles cuando decía que  la ley es “El común consentimiento de la ciudad”, o el romano Gayo al afirmar que “Es lo que el pueblo manda y establece”. Para no ser tan antiguos, terminemos con Jean Jacques Rousseau quien, en El Contrato Social, atribuye a cada miembro del Estado una parte igual de lo que denomina la «autoridad soberana» y propuso una tesis sobre la soberanía basada en la voluntad general. Para Rousseau (y para nosotros) el soberano es el pueblo, que emerge del pacto social, y como cuerpo decreta la voluntad general manifestada en la ley.De manera que mejor haríamos ocupándonos seriamente del gas y de las plantas que lo procesarán, y no de temas tan bizantinos como el sexo de los ángeles.

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