De cumbres, cabildos y consensos

En la realidad, las cumbres ya no son debates a la mayor altura posible sobre temas científicos, políticos o de otra índole. Las cumbres de las Américas nos han mostrado hasta la saciedad que son de dudosa utilidad social.Quizás sería mejor apelar a los cabildos, pero tampoco esa palabra...

En la realidad, las cumbres ya no son debates a la mayor altura posible sobre temas científicos, políticos o de otra índole. Las cumbres de las Américas nos han mostrado hasta la saciedad que son de dudosa utilidad social.Quizás sería mejor apelar a los cabildos, pero tampoco esa palabra significa lo mismo que antes. Como sabemos, en el inicio de las guerras de independencia, los cabildos abiertos jugaron un rol revolucionario decisivo, actuando como órganos de participación popular con capacidad para destituir a las autoridades coloniales y establecer gobiernos autónomos.Modernamente, algunos países latinoamericanos denominan cabildos abiertos a las asambleas populares convocadas por los gobiernos municipales con el fin de tratar y decidir asuntos de importancia pública local. El término se ha trasladado al lenguaje moderno para referirse a la realización de reuniones populares abiertas con el fin de tomar decisiones.Pero el equivalente en inglés de “cabildear” (lobbying) es peyorativo y ofensivo, con lo cual se contamina también el significado de esa palabra.En ámbitos empresariales se utiliza la influencia indirecta a través del lobbying o cabildeo sobre legisladores y políticos como medio eficaz para conseguir políticas favorables a sus intereses por sobre el voto del electorado.Casos debatidos son, por ejemplo, la influencia de las corporaciones internacionales a la hora de dictar las políticas del Fondo Monetario Internacional, todavía decisivas en el diseño de las leyes de muchos países. Y el nuestro no está excluido.Más conocido entre nosotros es el término “muñeca”, que se refiere a la gestión que hacen grupos organizados ante los operadores de poder político. Ahora, por ejemplo, se está “muñequeando” en forma insistente la redacción de nuevas leyes relacionadas precisamente con hidrocarburos y con energía. Algo similar se hizo para convertir en ley el nefasto Código Davenport.Mucho cuidado, entonces, con el cabildeo y con los cabildantes, porque en una de esas nos hacen aparecer en supuestos “consensos”, como el de Washington, que no fue nada consensuado sino impuesto principalmente por el Fondo Monetario Internacional a sumisos o desprevenidos gobiernos latinoamericanos.Después de ser impuesto (no consensuado) el Consenso de Washington ha recibido gran cantidad de críticas. Quizás las más importantes sean las que le formulara Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y críticos de la liberalización como Noam Chomsky o Naomi Klein, que ven en el Consenso de Washington un medio para abrir las economías del mundo subdesarrollado a la explotación por parte de compañías del llamado “primer mundo”.Como dice Susan George: “En la actualidad, muchas de las decisiones que se toman, las más peligrosas y perjudiciales para los derechos de la gente de a pie, son tomadas por organismos supranacionales”. Que es posible que estén decidiendo (si no decidieron ya) todo lo que tiene que ver con Bolivia y con la energía.Y nosotros pendientes de “cumbres”.

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