Educación: modernizar para enseñar mejor

La reforma educativa debe abrir nuevas oportunidades sin convertir la escuela en una fábrica de mano de obra

La interpelación del pasado lunes al ministro de Educación, Erick Sanjinés, dejó una conclusión política clara: la Asamblea no encontró razones para censurarlo. Pero más allá de los 71 votos que rechazaron la censura, las más de 50 preguntas respondidas por la autoridad deberían servir para abrir una discusión mucho más importante: qué educación necesita Bolivia para las próximas décadas.

Y en ese punto, la modernización no debería ser una opción, sino una obligación.

Bolivia no puede seguir educando con las mismas herramientas, metodologías y expectativas de hace décadas. El mundo laboral cambió, las tecnologías transformaron los oficios y las universidades ya no son el único camino hacia una vida profesional. Pretender que todos los estudiantes deben recorrer exactamente la misma ruta hasta obtener un título universitario tampoco parece razonable.

El objetivo tiene que ser una educación de calidad, con caminos diversos y dignos para cada estudiante

Hay que reconocer, por ejemplo, que para un estudiante con dificultades de aprendizaje puede ser mucho más útil y digno adquirir una formación técnica que le permita desarrollar una actividad productiva que pasar años sufriendo en un sistema que mide su éxito exclusivamente por la capacidad de memorizar contenidos académicos.

Eso no significa bajar la exigencia ni resignarse con los estudiantes. Significa justamente lo contrario: encontrar para cada uno el camino que le permita desarrollar mejor sus capacidades.

El problema aparece cuando la necesaria vinculación entre secundaria, educación superior y mercado laboral se convierte en una obsesión por tecnificar la escuela. La educación no puede reducirse a producir trabajadores según las necesidades inmediatas de la economía. También debe formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar, crear, convivir y participar en una sociedad democrática.

Por eso, la propuesta de una nueva ley educativa merece una discusión mucho más amplia que la disputa política de una interpelación. Si se pretende modificar la distribución de horas, los contenidos, las competencias o la orientación de la secundaria, habrá que demostrar que esos cambios mejorarán efectivamente los aprendizajes y no serán solamente una manera de ordenar planillas o reducir costos.

El propio ministro reconoció que persisten carencias importantes en laboratorios, equipamiento tecnológico, bibliotecas, conectividad y recursos pedagógicos especializados. Ahí está buena parte del desafío.

No se puede hablar de educación del siglo XXI mientras existan escuelas sin las condiciones mínimas para enseñar ciencias, tecnología, lectura o habilidades prácticas. Tampoco se puede exigir innovación a los maestros si no tienen formación, herramientas y condiciones adecuadas para hacerlo.

Y hay asuntos todavía más urgentes. Los 298 procesos penales por violencia sexual jerárquica reportados entre 2024 y 2026, además de las denuncias de corrupción e irregularidades, recuerdan que modernizar la educación no consiste solamente en cambiar planes de estudio. También significa construir instituciones donde los estudiantes estén seguros y donde el poder no pueda utilizarse para abusar, cobrar, favorecer o nombrar ilegalmente.

La discusión educativa debe superar, por tanto, la lógica de gobiernos y oposiciones. Una reforma de esta magnitud necesita participación real de maestros, estudiantes, padres, universidades, institutos técnicos, empresarios y especialistas. Y necesita, sobre todo, objetivos medibles: mejores aprendizajes, menor abandono, más oportunidades y estudiantes preparados para continuar estudios o incorporarse dignamente a la vida productiva.

Bolivia necesita una educación moderna, sí. Pero moderna no significa simplemente más técnica. Significa más pertinente, más inclusiva, más exigente y, sobre todo, de mayor calidad.

Porque el verdadero éxito de una reforma no será que cambie la estructura del sistema. Será que un niño aprenda mejor, que un adolescente encuentre un camino acorde con sus capacidades y que ningún joven llegue a los 18 años convencido de que la escuela fue simplemente una larga sucesión de fracasos.

Ese debería ser el horizonte.


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