El costo político de un asesor
Cerimedo ha dejado una huella demasiado profunda en un Gobierno que en apenas nueve meses ha perdido gran parte de la confianza con la que llegó al poder. La responsabilidad es del presidente
Hay asesores que ayudan a un Gobierno a pensar. Otros ayudan a un Gobierno a comunicar. Y hay quienes terminan creyendo que pueden gobernarlo. Fernando Cerimedo parece haber cruzado hace tiempo esa frontera.
La discusión sobre su influencia en el Gobierno de Rodrigo Paz no es nueva. Desde estas páginas hemos advertido que la presencia de un operador político con semejante capacidad de influencia, y con una concepción tan agresiva de la política, podía terminar condicionando no solamente la comunicación presidencial, ni el propio rumbo del Gobierno, sino la misma convivencia en el país.
Hoy esa advertencia adquiere una dimensión mucho más preocupante, porque el problema no es solamente Cerimedo. El problema es lo que ocurre cuando un Presidente decide confiar en un asesor hasta el punto de entregarle espacios que corresponden exclusivamente a las instituciones y a quienes fueron elegidos para ejercer responsabilidades públicas, y además, negarlo.
La política de un país no puede diseñarse desde el despacho de un consultor por muy “transnacional” que sea. Mucho menos cuando ese consultor entiende la política fundamentalmente como una disputa permanente por el control del relato, la construcción de enemigos y la conservación del poder.
Un Gobierno democrático necesita asesores. Necesita estrategas. Necesita comunicación política. Pero necesita, antes que nada, instituciones, ministros con autoridad, servidores públicos con criterio propio y un Presidente honesto y responsable. Cuando todo eso queda subordinado a un pequeño círculo de confianza, el resultado inevitable es el aislamiento.
Cerimedo no fue elegido por los bolivianos. Rodrigo Paz sí. Por eso el Presidente no puede esconderse detrás de sus asesores: debe asumir la responsabilidad de las decisiones que tomó y reencaminar el Gobierno antes de que el daño sea irreversible.
No sería justo atribuirle a Cerimedo cada error cometido por el Gobierno ni el enorme daño político que ha causado su influencia. Basta observar el resultado. En nueve meses, un Gobierno que llegó con una expectativa enorme ha conseguido erosionar rápidamente la confianza ciudadana. Promesas que quedaron atrás, decisiones económicas controvertidas, conflictos internos, dificultades para construir acuerdos, ministros cuestionados y una sucesión de escándalos han terminado componiendo un cuadro que resulta difícil de explicar solamente por la inexperiencia.
El episodio que involucra a Nadia Beller, por su gravedad y por las acusaciones formuladas contra Cerimedo, constituye un colofón especialmente perturbador. Corresponde a la Justicia investigar y determinar responsabilidades. Nadie debe ser condenado sin pruebas, pero políticamente ya existe una pregunta imposible de evitar: ¿cómo llegó una persona de ese perfil a ocupar un lugar tan próximo al Presidente de la República?
La respuesta conduce directamente a Rodrigo Paz, porque ningún asesor se entrega el poder a sí mismo. Es el Presidente quien decide cuánto escucha, cuánto delega y cuánto permite que un tercero intervenga en la conducción política de su Gobierno.
Y ahí es donde Paz debe asumir su responsabilidad. No basta con apartar a Cerimedo y esperar que el problema desaparezca. Si el Presidente realmente quiere corregir el rumbo, debe revisar el modelo de poder que permitió que un asesor adquiriera semejante influencia.





