Sobrepeso y lactancia materna
La decisión de amamantar corresponde a cada madre, pero las condiciones para hacerlo posible involucran a toda la familia y a la sociedad
La lactancia materna no debería ser presentada como una obligación ni como una prueba que las madres deban superar. Pero tampoco deberíamos perder de vista una evidencia ampliamente respaldada: la leche materna es el mejor alimento para la mayoría de los bebés durante sus primeros meses de vida. Sus beneficios nutricionales e inmunológicos están ampliamente documentados y, por eso, la recomendación sanitaria es iniciar la lactancia lo antes posible y mantenerla de manera exclusiva durante los primeros seis meses, siempre que las condiciones de la madre y del bebé lo permitan.
Bolivia tiene, además, una fortaleza que merece ser reconocida. La lactancia materna continúa siendo una práctica extendida y las cifras oficiales sitúan al país entre los primeros de la región en lactancia exclusiva durante los primeros seis meses. No es un dato menor. Significa que miles de familias bolivianas mantienen una práctica que protege la salud infantil y que, además, forma parte de nuestra cultura de cuidado.
Pero una cosa es recomendar la lactancia y otra muy distinta es crear las condiciones para que pueda sostenerse.
La leche materna es el mejor alimento para la mayoría de los bebés durante los primeros seis meses y aporta nutrientes y defensas fundamentales para su desarrollo
Aquí aparece un actor del que hablamos menos: el padre, la pareja y, en general, el entorno familiar. La madre es quien amamanta, pero no debería ser quien cargue sola con todo lo que implica la lactancia. Si debe alimentar al bebé de día y de noche, recuperarse del parto, cocinar, limpiar, atender a otros hijos y, además, soportar consejos y cuestionamientos, estamos pidiéndole demasiado.
La lactancia no necesita solamente una madre decidida; necesita una familia que acompañe.
Acompañar significa, en primer lugar, informarse. Significa entender que un recién nacido puede pedir pecho muchas veces durante el día y también durante la noche. Que la alimentación a libre demanda no es un capricho. Que introducir agua, mates u otros alimentos durante los primeros seis meses no responde a las recomendaciones actuales. Y que afirmar, ante cada llanto, que “la leche no alcanza” puede generar una inseguridad innecesaria.
También significa saber callar.
En muchas familias bolivianas, abuelas, tías, vecinas y otros parientes participan activamente de la crianza. Esa red puede ser extraordinariamente valiosa, pero también puede transmitir recomendaciones basadas en experiencias de otra época. La buena intención no siempre equivale a un buen consejo.
Por eso necesitamos una nueva cultura familiar alrededor de la lactancia: menos presión y más conocimiento; menos opiniones y más acompañamiento.
El padre también debe entender que no necesita dar el biberón para construir un vínculo con su hijo. Puede cambiarlo, bañarlo, cargarlo, dormirlo, jugar con él y, sobre todo, liberar a la madre de otras tareas para que pueda concentrarse en alimentar al bebé.
Hay algo más que debemos discutir: la responsabilidad social.
No podemos decirle a una madre que la lactancia es lo mejor para su hijo y después dejarla sola cuando debe volver al trabajo. La protección de la lactancia no puede quedarse en los discursos institucionales o en las campañas de una semana al año. Debe traducirse en derechos laborales respetados, espacios adecuados, atención sanitaria de calidad y una sociedad que no haga sentir incómoda a una mujer por alimentar a su hijo.
Tampoco podemos convertir esta defensa de la lactancia en una herramienta para culpabilizar. Hay madres que enfrentan dificultades médicas, laborales, emocionales o sociales. Algunas no pueden amamantar o necesitan complementar la alimentación de sus bebés. En esos casos, necesitan atención y apoyo, no juicios.
Defender la lactancia materna significa defender la mejor opción disponible para el bebé cuando puede realizarse, pero también defender a la madre que la hace posible.
Al final, la cuestión es sencilla. Un bebé que tiene hambre necesita ser alimentado. Una madre que amamanta necesita apoyo. Y una familia que entiende su responsabilidad puede hacer que los primeros meses sean menos agotadores y mucho más seguros.
La leche materna es lo mejor para el bebé. Pero para que la lactancia pueda prosperar, también hace falta cuidar a quien amamanta.





