Diálogos y derrotas

Tras 45 días de conflicto, Bolivia ya ha perdido demasiado. Convertir el diálogo en una competencia por mostrar vencedores solo prolongará la crisis

Después de más de 45 días de bloqueos, confrontación política, desgaste institucional y una economía sometida a una nueva prueba de resistencia, finalmente parece abrirse una rendija para el diálogo. La Central Obrera Boliviana presentó un pliego amplio, exigente y ambicioso. El Gobierno, por su parte, accedió al encuentro, pero es quien debe decidir ahora hasta dónde está dispuesto a asumir, qué puede negociar y, sobre todo, qué tipo de salida política está dispuesto a construir. De momento el punto central es el de la liberación de los aprehendidos, y con seguridad cualquier avance tendrá ida y vuelta a las bases, sin olvidar que la Tupac Katari, verdadera fuerza de la movilización, no se ha sentado.

Aun así, aparentemente, es una oportunidad. Pero también un momento delicado, porque después de un conflicto tan prolongado conviene recordar una verdad elemental: aquí ya no hay espacio para victorias. Después de mes y medio de parálisis, escasez, incertidumbre y fractura social, Bolivia entera ha perdido demasiado como para que alguna de las partes pretenda ahora presentarse como vencedora.

Sin embargo, existe ese riesgo.

El presidente Rodrigo Paz Pereira ha intentado construir su cuestionado liderazgo sobre una narrativa de control, estabilidad y capacidad de conciliación, aunque haya regalado demasiados oídos en esa aventura, minando su credibilidad. En cualquier caso, resulta previsible que intente presentar cualquier eventual acuerdo como una demostración de fortaleza o como una validación de su estrategia de resistencia que han pagado la economía nacional y los vecinos de La Paz. Del otro lado, sectores movilizados que llevan semanas sosteniendo presión social tampoco estarán dispuestos a retirarse fácilmente sin mostrar resultados concretos ante sus propias bases, aunque sean compromisos con alta probabilidad de ser incumplidos.

Negociar exige algo escaso en la política nacional: honestidad. Prometer lo imposible o usar el diálogo para ganar tiempo solo incubará conflictos mayores.

Ahí radica precisamente el peligro.

Cuando el diálogo deja de ser un mecanismo para resolver problemas y se convierte en una competencia por administrar percepciones públicas, normalmente termina fracasando. Negociar no consiste en derrotar al adversario ni en diseñar una salida comunicacional que permita salvar imagen. Negociar consiste, precisamente, en reconocer que la realidad ha impuesto límites a todos y que esos límites obligan a construir acuerdos imperfectos, pero necesarios.

Más importante todavía resulta otro elemento: la honestidad.

Bolivia arrastra demasiadas experiencias de mesas de diálogo convertidas en simples ejercicios dilatorios. Promesas que nunca se cumplen. Compromisos ambiguos redactados para ganar tiempo. Acuerdos superficiales que se anuncian con solemnidad pero que nadie tiene verdadera voluntad de ejecutar.

Ese camino solo profundiza la desconfianza.

Si el diálogo entre Gobierno y sectores movilizados avanza, el país necesita algo poco habitual en la política nacional: sinceridad. Decir con claridad qué se puede hacer, qué no se puede hacer, qué concesiones son posibles y cuáles resultan inviables. Engañar al interlocutor, esconder cartas o utilizar el diálogo únicamente como táctica temporal solo servirá para incubar conflictos aún mayores en el corto plazo.

Bolivia atraviesa una crisis demasiado profunda para seguir administrando disputas bajo la lógica permanente de vencedores y derrotados.

A estas alturas, ningún actor político debería aspirar a ganar. La única victoria posible consiste en evitar que el país siga perdiendo.

Y eso solo puede empezar a construirse cuando las partes entienden que dialogar no significa imponerse, sino asumir con honestidad que, en ocasiones, nadie obtiene exactamente lo que quería, pero todos pueden evitar algo mucho peor.


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