Tarija y su problema de vivienda

Los precios son esencialmente especulativos y los sueldos no alcanzan para hacer frente a una hipoteca, el resultado son miles de familias no constituidas

Uno de los múltiples problemas que azotan a la población tarijeña es el del acceso a la vivienda. Es un problema que tiene que ver con muchas aristas y que deja múltiples consecuencias, pero del que sin embargo nadie parece querer hacerse cargo en realidad.

El mercado de la vivienda es imperfecto y básicamente controlado por la especulación. Hace apenas cinco años se amplió la mancha urbana duplicando la aprobada, lo que supuso incorporar numeroso terreno susceptible de ser construido y, por ende, también financiado, pero curiosamente, eso no ha frenado los loteadores, que siguen dividiendo territorio fuera de la mancha urbana y promoviendo urbanizaciones de dudosa viabilidad.

Hay un problema de precios, pues no funciona la oferta y la demanda, sino una creencia de que siempre aparecerá alguien, tarde o temprano, dispuesto a pagar el precio que a alguien se le ha antojado poner sin tener en cuenta otro criterio que el propio. Así aparecen lotes céntricos ofrecidos casi a un millón de dólares, cuya inversión difícilmente sería retornable ni, aunque se construyera un edificio de 20 plantas, que no es permitido, pero también lotes de 300 metros a 40.000 en las afueras de la ciudad a poco que el territorio esté un poco consolidado, como en Artesanal o San Jorge.

En paralelo al problema de precios está el problema de sueldos, claro, porque es mutuo. En general el mercado laboral es informal, los trabajadores regularizados son pocos y los sueldos son bajos. Tan sencillo como eso. El incremento del salario mínimo ha hecho que se imponga una moderación salarial generalizada y que los sueldos tiendan a ese monto o, como máximo, el doble, pero ese ingreso hace inviable cualquier tipo de acceso a un crédito de vivienda, incluyendo el social, pues simplemente “no alcanza”.

El resultado de esto es que, por lo general, la familia nuclear tiende a desaparecer para fusionarse en una suerte de familia extendida en la que los matrimonios jóvenes no pueden consolidarse y acaban creando otros problemas sociales. Es demasiado habitual en Tarija ver como las familias adultas habilitan nuevos cuartos, hacen crecer sus muros y duplican sus plantas para tratar de solucionar el problema habitacional de su siguiente generación, pero no es suficiente.

En apenas una década el número de nacimientos en Tarija ha bajado de 17.000 a algo más de 9.000, unos datos que reflejan este estancamiento social que también tiene consecuencias económicas: la familia que no se constituye no consume y no se convierte en ese pilar que se supone tira de la economía patria.

Es urgente que Bolivia repiense sus políticas demográficas y encuentre los problemas que están frenando su desarrollo, pues un país de por sí despoblado no puede permitirse sacrificar a una generación simplemente por estar pensando en otras cosas.


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