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Esa vieja democracia, una cuestión de educación

No vamos a entrar a analizar los conceptos etimológicos de democracia, policía, política y todo ese acervo que acabó configurando lo que hoy consideramos el sistema de gobierno menos falible de los ensayados y que, por lo tanto, es tan preciso conservar como profundizar. Tampoco vamos a...

OPINIÓN
OPINIÓN
No vamos a entrar a analizar los conceptos etimológicos de democracia, policía, política y todo ese acervo que acabó configurando lo que hoy consideramos el sistema de gobierno menos falible de los ensayados y que, por lo tanto, es tan preciso conservar como profundizar.

Tampoco vamos a hacer paralelismos sobre lo que se vienen pareciendo los albores de este siglo XXI con el del XX en cuanto a figuras políticas controvertidas y radicales se refiere y que han alcanzado el poder democráticamente espoleados por la frustración de una catástrofe, en este caso económica y no bélica.

La democracia no está de moda, salvo tal vez para una parte de la población en Bolivia, donde con mucho entusiasmo las plataformas del 21F han abanderado el concepto como arma arrojadiza por motivos sólidos: exigir el respeto al voto ciudadano del referéndum del 21 de febrero de 2016 en el que una mayoría negó al presidente la posibilidad de volver a ser candidato en 2019; decisión que fue revertida por la sala plena del Tribunal Constitucional alegando que la limitación de mandatos atentaba contra los derechos humanos individuales del presidente Evo Morales.

La democracia no está de moda, no porque lo diga El País, sino porque lo dice el Latinobarómetro de 2017, que refleja que el valor de la democracia lleva cinco años en caída libre, y donde el 47 por ciento de los latinoamericanos ya no la considera la mejor forma de Gobierno de las posibles; es decir, casi la mitad.

Por encima de la democracia, los latinoamericanos empiezan a valorar su estabilidad económica y la seguridad ante la delincuencia común; no importa sacrificar derechos para ello. La tendencia no es solo de Latinoamérica, sino que se da a nivel mundial, donde los países cada vez más eligen presidentes que desprecian el sistema, cuando no lo atacan literalmente. Francia eligió entre Macron y Le Pen; Estados Unidos preferenció a Trump, México a López Obrador, Italia a la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas, Filipinas a Miguel Duterte y hay otros miles de grupos en todos los países del mundo que azotan los pilares de un sistema que da muestras de agotamiento.

Cabe entonces preguntarse por las causas de esta deriva y no quedarse en el análisis sencillo de culpar a las nuevas generaciones de millenials pegados a sus celulares que no tuvieron que luchar contra la bota militar y que por tanto, no valoran el concepto en su justa medida. Serán quienes se dedican al análisis concienzudo de esos temas los que deban advertir las causas, que probablemente se vinculan a gobiernos perforados por intereses corporativos que han reducido a cenizas las capacidades críticas, pero sobre todo, elaborar soluciones.

Hoy se manifestarán dos grupos: Uno, que considera que la democracia es perfecta, por lo tanto Evo Morales no debe presentarse en 2019; y otro, que considera que profundizar la democracia es permitir la reelección indefinida de esa especie de tótem en la que los seguidores han convertido al Presidente. El clima preelectoral lo cubre todo y todo lo que hoy se hable tendrá que ver con esa campaña acelerada; pero la democracia es algo más que un partido de fútbol con estrellas millonarias que gustan más o gustan menos; que tuitean más o tuitean menos; que posan mejor o posan peor. La democracia es una cuestión de educación, y ni mil marchas podrán preservarla o profundizarla si no la cultivamos.

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