Cartografía Mundialista
El pitazo que me devolvió la calma
Estados Unidos fue una máquina demoledora de principio a fin. Juego colectivo, destreza física, velocidad y ritmo, despliegue infernal y una superioridad táctica materializada en cada espacio de la cancha. Un baile exquisito
Ayer fue un día de locos. Entre el ajetreo laboral y visitas a instituciones escolares y de la niñez me olvidé por completo de la fiebre mundialista. Mientras hacía un repaso de los acontecimientos tumultuosos de mi tarde observé que un pasajero del micro 72 miraba los últimos minutos de Canadá - Bosnia.
- ¿Cuánto va? - le pregunté tímidamente.
- 1-1, me respondió sin mirarme.
Revisé mis pronósticos y comprobé que no había sumado un solo punto. En ese momento me importaba muy poco el resultado; pues cierta nebulosa oscura se había apoderado de mis pensamientos. Me desquito en la noche cuando Paraguay de muestras del buen nivel futbolístico que impuso en las eliminatorias y venza a Estados Unidos, pensaba - mientras me dirigía a tomar el examen final a mis estudiantes de psicopedagogía.
Llegué a casa a los 33 minutos de haber empezado el cotejo y los "gringos" ya ganaban 2-0. Algo no me cuadraba. Creía que se trataba de esos partidos extraños que se vencen más por errores del rival que por mérito propio…cuán equivocado estaba.
Estados Unidos fue una máquina demoledora de principio a fin. Juego colectivo, destreza física, velocidad y ritmo, despliegue infernal y una superioridad táctica materializada en cada espacio de la cancha. Un baile exquisito.
Pulisic fue un dolor de cabeza para la defensa paraguaya que hacía aguas cada vez que arremetía por la derecha. Balogun, delantero escurridizo, veloz y certero dejaba en evidencia el desconcierto de los centrales; y fue precisamente él quien amplió el marcador por duplicado. Y por si fuera poco, asistimos al poema hecho gol de Reyna, quien de tres dedos dejó sin chance alguna al portero paraguayo, sentenciando el 4-1 definitivo.
Cuando el árbitro pitó el final sentí que la congoja, ira, frustración y tristeza que me habían acompañado durante el día se desvanecían. Como si ese gesto me devolviera la paz arrebatada, como si ese pitazo fuera para mí, para calmar mis aguas intranquilas.
Sí, el mundial puede ser un bálsamo y una pausa para los tormentos interiores.








