Fragmento del libro: ESTAMPAS DE TARIJA DE AGUSTÍN MORALES DURÁN. 1975
ESTAMPAS DE TARIJA
NAVIDAD
Desde mediados de diciembre la gente se afanaba por esperar el nacimiento del Niñito-Dios, principalmente aquellas familias que tenían la sagrada imagen, bien conservada, de lindos Niños traídos de España o el Perú y conservados a través de generaciones.
Se comenzaba a reunir macetas pequeñas, tarritos y otros depósitos para sembrar y hacer germinar trigo, hasta que las plantitas lleguen a estar verdecitas cuando llegue la fecha, sirviendo así de bonitos y naturales adornos; ya se le iba “echando ojo” a las granadas primerizas, a los racimos de uva más lindos que podían estar pintones, a las olorosas plantitas de albahacas, “brincos” y alelíes; en los jardines ya para entonces los nardos estaban espigando con sus fragantes “botones” próximos a reventar. La urnas y fanales de vidrio, así como los ornamentos artificiales comenzaban a ser limpiados y preparados; ah!, lo principal: El “estreno” del Niño era escogido de la mejor tela de fino raso, brocato o seda para bordarlo con hilos de oro o plata con habilidosas manos, a fin de que estuviese resplandeciente cuando llegue la víspera y haya que cambiarlo, porque resultaba que al Niño-Dios de mi tierra —aunque el de Belén nació desnudo— lo vestían con linda batita, cuando su tamaño grandecito o mediano, pero los chiquitos “nacían” no más “peladitos”.
En las casas principales del centro todo este afán para arreglar los nacimientos era sólo por devoción, mientras que en los barrios populares aquellos se los hacía con mayor regocijo y para las bellas adoraciones se preparaban verdaderas fiestas donde se reunía la chiquillada a rendir su pleitesía con cánticos, bailes y algarabía, que se convertía en delicia para todos. Cada barrio tenía su casa conocida donde había mucho interés para dar a las adoraciones su debido esplendor; así recuerdo que por la plazuela Sucre o barrio de “Las Panosas” existía una señora de nombre Liberata que se esmeraba en la preparación del nacimiento de dos hermosos niños, allí se reunía no solo el vecindario, sino que gran parte de la población. Luego, por el barrio del Molino “doña Balbina” era quien tenía por costumbre destacarse en el arreglo del nacimiento y la consiguiente adoración; así, por los otros barrios también habían casas conocidas por igual inquietud, y saliendo un poco más en dirección a la pampa o los callejones, ya diferentes formas habían para solemnizar los nacimientos, pues aparte de éstos se plantaban en el centro de los patios altos palos festoneados con revestimientos de telas de color y cintas o trenzas colgantes desde la punta, para una muy interesante adoración y pleitesía al Niño-Dios; fueron famosas las “trenzadas” que requerían de un entrenamiento y preparación adecuados, para lo que se escogían a muchachos y chicas que al son de una musiquita de la tierra ejecutada en “camacheña” con acompañamiento de bombo y tambor, había que danzar con alegre ritmo mientras por medio de unos cambios de paso y entrecruzamientos, se iban tejiendo vistosas figuras con las cintas, a tiempo que se cantaban villancicos apropiados luego de cada pausa y así sucesivamente trenzaban y destrenzaban repitiendo:
“Destrencen las trenzas,
y vuelvan a trenzar,
que el Rey de los cielos
se ha de coronar...
Bueno, ahora había que esperar el ansiado día del nacimiento con todo bien arreglado y en medio de un ambiente perfumado de albahacas y nardos; grandes y chicos iban a la “Misa del gallo” a alguna de las iglesias, porque en todas se celebraban solemnes oficios y se cantaba con verdadera unción religiosa el “Gloria in excelsis Deo!”, al son de alegres villancicos, pajarillas y otras músicas navideñas; luego se volvía a la casa a servirse suculento chocolate acompañado de ricas masitas y golosinas preparadas ex profeso.
En aquellos inolvidables tiempos no se acostumbraba —felizmente— ninguna de las exóticas decoraciones de arbolitos con nieve ni se regalaba nada. Todo era una sana alegría espiritual, íntima dicha por la feliz llegada del Redentor. Aquello resultaba tan natural, sencillo y hasta ingenuo, que la mayoría creía en los relatos de antaño acerca de que, precisamente en esa noche del 24 cuando nacía el Niñito, se realizaban los prodigios de la naturaleza, como que las uvas comenzaban a tomar color y a madurar, las nueces “cuajaban” y hasta los animalitos que acompañaron a Jesús en humilde pesebre, esa precisa noche cantaban de gozo, sea en forma de graznido, rebuzno o cloqueo, dando así rienda suelta a la alegría y alborozo por el advenimiento del Redentor.
Desde el día mismo de la Navidad y los sábados y domingos subsiguientes hasta cerca del carnaval, se realizaban las Misas de Niños con acompañamiento de adoradores o trenzadores, banda y alegre cortejo desde la casa de la dueña del nacimiento hasta la iglesia y regreso, llenando las calles con alegre música y alborozados cánticos navideños. De vuelta a la casa reinstalaban al Niño en su gran altar adornado con las mejores flores, seleccionados racimos de uva, duraznos pintones, choclos primerizos y las infaltables albahacas, todo sacado de la huerta o huertillo familiar. Había que ver el esplendor de todo aquello con el hermoso Niño al centro, sonrosado y risueño, como participando de la alegría general. Entonces comenzaba la adoración, la hacían los niños en parejas y acompañamiento de la misma banda, acordeón u otra música apropiada; para esa oportunidad eran los cánticos o villancicos a cual más interesantes; los bailes del torito, la cadenita, el sapito y otros, mientras que a los espectadores e invitados sentados en largas bancas alrededor de la sala, la dueña se esmeraba en servirles sendos vasos de aloja, mistelas y masitas. Todo aquello constituía fiel demostración de fe, sana alegría, ingenua expresión de contentamiento. No existía —ni por asomo— obligaciones costosas ni gastos para nadie, todo se invitaba sin interés, con cariño y verdadera espontaneidad. En ninguno de estos festivos actos se podía notar afán ni intención mercantilista, pues se trataba de una auténtica Navidad, que unía a la gente en un álito de alborozo, bajo la paternal mirada del Niño Jesús; tampoco había lugar para libaciones, porque la alegría y el candor de la niñez no podían ser empañados con exceso alguno, por algo cantaban albricias y llenos de alegría:
“Al Niño recién nacido,
todos le traen un don
yo soy pobre
no tengo nada
sólo traigo mi corazón...”
AÑO NUEVO
También con la debida anticipación la gente mayor y la juventud se afanaban preparando los “estrenos” para llegar al año nuevo, si fuera posible, estrenado de “pies a cabeza”, posiblemente porque había la creencia que esto traía buena suerte o simplemente por seguir la costumbre. El caso es que toda la segunda quincena de diciembre, sastres, costureras, bordadoras, zapateros, joyeros y todos cuantos tenían que ver con la preparación de trajes, vestidos, mantas, zapatos y otras prendas del atuendo femenino y masculino, se encontraban completamente atareados con las obras y encargos para estrenar algo, aunque más no fuera un par de zapatos.
Como entonces todavía no se acostumbraban las ventas de ropas y zapatos terminados, forzosamente tenía que acudirse a los talleres, maestros y costureras más acreditados, o sea que casi todo se hacía confeccionar sobre medida y a gusto del cliente.
Esta siempre fue una fiesta para la gente grande y en especial para la juventud, que se entusiasmaba esperando los mejores augurios en el año nuevo; muchos tenían la creencia o el presentimiento de que algo nuevo y bueno tenía que ocurrir, de ahí que se notaba un ambiente de entusiasmo para recibir al año.
Desde épocas lejanas existía la costumbre de que la mayor parte de la población se reuniera en la Plaza principal, adonde acudían de todos los barrios y no faltaba la banda de música que aumentaba la expectativa con sus alegres piezas para esperar las ansiadas doce de la noche, al filo de las cuales se echaban al vuelo las campanas de todas las iglesias, se apagaban las luces a la precisa media noche, se entonaba el Himno Nacional y comenzaban los abrazos, la euforia daba expansión a la alegría contagiosa entre toda la concurrencia, todos parecían unirse en sentimientos de bondad mientras los chiquillos hacían reventar cuetillos, encendían luces de bengala y la algazara se desbordaba por todas partes; luego la gente se desparramaba yendo a llenar los salones del Club Social, restaurantes, bares y cuanto negocio aprovechaba para hacer entusiasmar con su música de orquestas, estudiantinas u ortofónicas, y allí comenzaba la fiesta con la reventazón de botellas de sidra, champán y otras bebidas, todos aparecían contentos, dispuestos a brindar por el año nuevo, prolongándose las fiestas hasta el amanecer. El mismo día primero del novísimo año la gente se quedaba en sus casas, otros salían en busca de distracciones por los diferentes locales y quintas, continuando la alegría por todas partes. Este desbordante entusiasmo se expandía por el campo formando una atmósfera como de carnaval, no sin razón se cantaban aquellas alegres tonadas repetidas todos los años nuevos con verdadera emoción:
“Estas son las flores blancas,
principios del Año Nuevo,
a buscar amor se ha dicho
amor que no tenga dueño...”
y se expandían los espíritus con promesas y esperanzas de una nueva vida, nuevos amores, nuevas ilusiones...
REYES
Fiesta religiosa que se aprovechaba para hacer dar misas a los Niños que no tuvieron la oportunidad de hacerlo anteriormente, debido a la ocupación que tuvieron los sacerdotes de las diferentes iglesias. Era el día que más se escuchaban bandas y otras músicas acompañando a los adoradores que iban saltando y cantando por las calles llevando al Niño-Dios hasta la iglesia o de vuelta a la casa.
En las iglesias se podía gozar de un alegre ambiente con fragancia a albahacas, nardos y otras flores, mezclada con incienso, mientras en el coro aturdían las pajarillas y los cánticos navideños, haciendo memoria de los tres reyes magos: Gaspar, Melchor y Baltasar, a quienes se colocaban en pequeñas imágenes como adorno del Niño.
Resultaba oportunidad para regalar juguetes a los chiquillos, aquellos sólo llegaban a los hijos de gente pudiente, pero no era motivo de envidia porque felizmente todavía no se había comercializado esa costumbre de regalar algún presente como lo hicieron los reyes de oriente cuando fueron a visitar al naciente Niño de Belén; tampoco aún no se había expandido esa costumbre convirtiéndola en obligación; sólo regalaba el que tenía y casi no se notaba, puesto que los juguetes eran sencillos, nada onerosos, hechos por las mismas mamás, pero costumbre al fin, pocos. Es que todas las festividades religiosas conservaban su profundo sentido espiritual sin mixtificaciones mercantilistas, sino sencillamente sanas, puras, ingenuas.





