Del libro: Estampas de Tarija (Capítulo Misceláneas) de Agustín Morales Duran
El hermoso Rio Guadalquivir
Cómo no había de ocuparme de nuestro río, de ese maravilloso curso de agua que baña las riberas de Tarija, con el nombre de Guadalquivir, en cuyas orillas nací, creciendo con su rumor, gozando en su corriente y solazándome en sus playas?
El río no es muy largo, ni muy ancho ni muy profundo, pero, presumiblemente por su particular hermosura, suavidad de sus olas y belleza de las márgenes, los primeros colonizadores, originarios de Andalucía, se impresionaron tanto, que tuvieron el acierto de bautizarlo con el mismo nombre de aquel más famoso y navegable de la Madre Patria: Guadalquivir !
Cuál sería su nombre originario, los cronistas no lo dicen, por eso nos parece que siempre llevó aquel y cuando se lo repite en todo el país, se asocia como sinónimo de Tarija, por algo se la llama y admira a la “ciudad del Guadalquivir”. Es que los ríos que cruzan pueblos y ciudades, dan fama a ellas, y no podía ser de otro modo tratándose de la linda Tarija.
Describir al Guadalquivir en todos sus detalles, más creo sea misión de geógrafos o hidrólogos, pero no resulta difícil, pues nace apenas a 5 kilómetros de la ciudad, en Tomatas, de la confluencia o unión de los ríos de la Victoria y “Erkis” y “Sella”; los dos primeros le dan sus aguas azuladas que bajan desde los deshielos del Rincón de la Victoria y las alturas del “Chijmuri” y Sama;
en cambio el otro tiene sus aguas verdosas, arrastradas desde las alturas de Sella y Canasmoro, pasan por el Calama de San Lorenzo y atraviesan las planicies de El Rancho y San Mateo. Cuando ambas corrientes se juntan llegan a tomar un color azul-verdoso y así se “encajonan” a poca distancia del Puente Luis Paz, de la carretera hacia el norte.
Al nacer de esta forma el río Guadalquivir y penetrar por profundo corte de rocas, forma extensa “poza”, adonde tuvieron trágico fin muchos bañistas debido a los remolinos absorbentes que producen succiones hacia las profundidades. Todo ese inicial recodo siempre fue peligroso y debido a los afilados taludes de lajas no es fácil seguir su curso sino hasta uno o dos kilómetros aguas abajo, donde atraviesa por las bonitas vegas de Obrajes, allí se lo aprovechaba para la antigua “toma” o captación de aguas potables para la ciudad, también mueve varios molinos; luego al llegar a la propiedad de Aranjuez, en otros tiempos muy bien cultivada, la corriente hace una curva o recodo debido a obstáculos naturales, tomando después un curso recto y regular, así pasa por el costado oeste de la ciudad hasta llegar al Angosto, lugar donde se junta con el Tolomosa y vuelve a “encajonarse” entre rocas formando natural embalse que es cortado por un desnivel que le ocasiona una caída que es aprovechada para generar energía eléctrica, así discurre hacia el sur hasta unirse con otros ríos y perder su nombre confundiéndose con infinidad de corrientes hasta desembocar en “El Condado” y dar nacimiento más abajo, con el “Lipeo”, al afamado Río Bermejo, pero ya mucho antes dejó de ser Guadalquivir. En total su curso debe ser de 25 a 30 kilómetros.
Pero la parte del Río Guadalquivir que nos interesa, es indudablemente la que atraviesa por un costado de la ciudad, porque es esa precisamente la que vimos desde nuestros primeros años, la frecuentamos diariamente y gozamos a su vera durante toda nuestra niñez y juventud y, claro está, es la que da justa fama a Tarija.
Durante la época seca el río tiene sus aguas límpidas, cristalinas, bajan tranquilas y saltarinas produciendo agradables notas de suave rumor. Pero en cuanto comienzan las lluvias y por las cabeceras aumenta el caudal, cambia de color el cauce lavando los pedregales y arenales que encuentra a su paso, tiñéndose de un amarillo no muy intenso, a medida que arrecian las lluvias, ya la tonalidad es más fuerte, llegando hasta a tomar olor, un agradable olor a tierra fresca, a sembradíos revueltos y la densidad de las aguas sube de consistencia, parecen de arrope; entonces es cuando el río está de “turbión” o de “llegada” como le llama la gente; hay que ver entonces al otrora tranquilo y manso Guadalquivir, llenando en toda su plenitud la playa, rugiendo bravamente y arrastrando troncos, ramas y las infaltables “tarascas” que son tallos o cogollos secos de palmeras, traídas desde lejanas distancias; esa es la oportunidad para que la gente de todos los barrios baje ansiosa hasta la playa a contemplar su río, a regocijarse con ese maravilloso espectáculo de las playas henchidas, repletas, de esa fuerza hídrica con enormes olas que se alzan bien alto; entonces el Guadalquivir ruge con violencia haciendo dar miedo, es que sus nacientes se enriquecieron con riachos, quebradas y corrientes que a su paso arrancaron de cuajo árboles, invadieron sembradíos y voltearon cuanto encontraron en sus orillas. Entonces el río es macho, bravo, terrible, pero aun así es admirado y temido; a cuánta gente no se habrá arrastrado aguas abajo hasta votarlas en lejanas playas.
Pero esa violencia es pasajera, pues el río Guadalquivir es un río manso por excelencia, tranquilo, bueno, porque siempre ofrece sus olas y corrientes para provecho y deleite de todos los tarijeños y los que no lo son...
Al discurrir por entre verdeantes vegas, huertas y soleadas playas, el Guadalquivir ofrece no sólo panorámica belleza, sino feliz asidero para bañistas, lavanderas, “pesquiadores”, playeros y “misquincheros”...
Tanto la extensa playa, que por aquellos tiempos no era tan ancha como ahora, debido al constante relleno con el sedimento que nunca fue limpiado en su “madre”, cuanto el cauce mismo del río, que a veces se divide en dos “brazos”, siempre fueron lugares de permanente concurrencia, más aún en verano, como ya tengo descrito en otra Estampa, pues por allí iban y venían los campesinos “bandeños”, así como cientos de lavanderas, muchachos y paseantes.
Cuando el agua escaseaba en las pilas de la ciudad o se secaban éstas por algún desperfecto, había que ver la enorme afluencia de toda clase de gente “aguatera” que cavaba en las orillas formando “pujios” de donde surgía cristalina agüita que era recogida con “mates” llenando tinajas y cántaros que hábiles chapaquitas las colocaban en la cabeza llevándolos con admirable equilibrio.
Otra ocasión interesante, especialmente para “los viejos verdes” y también los picaros muchachos, resultaba cuando el río estaba un poco cargado después de una “llegada”, pero no mucho, desbordando las “saltanas” que se colocaban para su paso, viéndose obligadas las chapacas a levantarse las polleras más arriba de las rodillas, para atravesar el río, con sus cántaros de leche u otras cargas en la cabeza, ofreciendo gratuito espectáculo de lindas piernas desnudas que se asomaban entre las blancas enaguas.
Bueno, largo sería describir y acordarse de los diferentes usos que se daba a la playa y las orillas del río, algunos mejor no mencionarlos, pero sí es bueno recordar que en ellas todo tarijeño ha pasado —sin duda— los mejores días de su vida. Por eso bardos y poetas se inspiraron dedicándole al querido río, sus más almibaradas endechas, pero nuestro hermoso Guadalquivir siempre será ensalzado porque es nuestro río.





