Chi y el colapso de outsiders

Tanto los analistas de la escuela de Mario Riorda como los de Durán Barba, y ni le cuento los de la escuela anglosajona, llevan casi una década predicando sobre la relevancia adquirida por el candidato en las campañas electorales. Una relevancia que se ha disparado con la irrupción de las redes sociales y que se ha consolidado con la crisis recurrente de las estructuras de antaño. O al revés.

De la cuádruple P de antes: programa, partido, perfil y plata, solo queda la que antes se daba por indistinta: perfil. La teoría dice que si se encuentra un personaje suficientemente convencido de sus posibilidades, y que sea más o menos buena onda, se puede lograr movilizar al suficiente electorado como para ser presidente. Lo de la “buena onda” es evidentemente un eufemismo, porque ni Donald Trump, ni Jair Bolsonaro, ni el chinao de Filipinas son evidentemente personajes abrazables, sino todo lo contrario, pero han logrado llevar hasta las últimas consecuencias el papel que les dijeron debían representar y no han reblado en su estrategia hasta alcanzar su cometido. No hubo momento florcita para Trump, tampoco para Bolsonaro.

En esta campaña de 2019 que empezó ni bien perdíamos el mar de nuevo, esta vez en La Haya – y no porque alguna vez lo hubiéramos recuperado sino porque la campaña de expectativa se disparó de tal manera que lo dimos por conseguido -, todos los candidatos acudieron a la cita con el Tribunal Supremo Electoral habiendo leído al menos un librito o asistido a un par de congresos en los que les aseguraban que la cosa era posible si se lo tomaban en serio.  Lo que tal vez no escucharon tan bien fueron los costos de facturación.

En la oleada de candidatos que aparecieron en noviembre de 2018, inscritos para las inéditas primarias pero que siguen vivos, se reconocían al menos tres que pretendían emular la fórmula: Víctor Hugo Cárdenas, que volvía a política con la UCS luego de participar en algunas marchas pro Vida; Israel Rodríguez que tomaba el FPV con un discurso reaccionario absolutamente radical, pero muy cercano al del propio Cárdenas; y Virginio Lema, que aparecía en primera línea hablando mal de los políticos pese a venir de la mano del nonagenario MNR, con toda su historia a la espalda.

Los meses fueron consolidando a unos y trastornando a otros. Cárdenas parece haberse sentado en un rincón; Israel decía que era de derecha y nadie lo escuchaba; Lema, que se hizo pro Vida sobre la marcha, llegó a inventarse propiedades de medios de comunicación para justificar la andanada de burlas de un ícono como María Galindo… y de repente apareció Chi.

El coreano, doctor y pastor, aprovechó la confusión para comprarse la sigla e irrumpir en campaña como un verdadero outsider, sin figurarlo, o al menos figurándolo de verdad. El PDC aspira a salvar la sigla y Chi a regar el discurso ultraconservador de ese sector de la Iglesia Evangélica – que no es el absoluto –, y por el medio, miles de bolivianos aburridos de “futuro seguro” y “21F” han encontrado un entretenimiento que de seguro se llevará muchos votos.

Chi habla de las cosas simples y antiguas. De mujeres en casa lavando platos y homosexuales tratados con electroshock. De los clichés que nadie se ha preocupado en remover porque “Bolivia no estaba madura para ciertos debates”. Chi es trending topic en cada entrevista y lleva dos semanas siendo lo más googleado en Bolivia.

Chi es el fenómeno del momento, al que todos miran de reojo y del que nadie quiere hablar pese a que está copando el debate real, en la calle, fuera de las burbujas de los fidelizados por una u otra opción.

Al principio, nadie en EEUU ni en Brasil querían hablar de Trump ni de Bolsonaro; ni en España de Vox, ni en Italia del Movimiento Cinco Estrellas. También es cierto que nada es extrapolable. Chi trae un discurso contra un progresismo que el MAS no simboliza, pues en política social ha sido “suficientemente” conservador para Bolivia, y sin embargo, los ciudadanos y las encuestas parecen hacerle eco.

Queda un mes de campaña. Los estrategas de unos y otros dicen que no se les mueve un pelo, que es fenómeno pasajero y que la elección va  en serio. “No está para bromas”, dicen. Los que no encontraron pega dicen que dependerá de cómo gestione su segunda fase. Que de momento ha conseguido que todo el mundo sepa “quien es el chino del PDC”, porque nadie vota a quien no conoce. Y que ahora dependerá de que demuestre lo que conoce y lo que no conoce, y si quiere enfrentarlo a Evo o se conforma nomás con salvar la sigla. Todavía queda un mes.