Los sueños del Guadalquivir
La importancia de la crítica
La crítica puede ser un arma, pero prefiero pensarla como una herramienta. Una herramienta para exigirnos ser mejores, para separar la paja del trigo, para mirarnos al espejo sin miedo y para construirnos un futuro digno.



Erich y Adriana, amigos míos muy íntimos, me han hecho notar que respondo muy suavito cuando se trata de contestar algún ataque personal que me hacen. “Yo lo hubiera revolcado ese ratito” me dijo cada uno por su lado. Pero yo no soy así. “Todo un gentleman”, me dijo Ana Teurel, una académica argentina de alto rango, cuando vio cómo escuchaba impasivo una sarta de ataques personales durante una de mis presentaciones allá por el 2014. Eso no significa que no soy capaz de poner a alguien en su sitio. Mi amigo David Sustach sigue festejando un par de sucesos grabados en video en ciertas presentaciones públicas que no me parece importante repetir. El asunto es que no soy un contrincante rabioso, y eso es bueno.
Eso no quita que esta última temporada no me haya dedicado a desarmar, desenmascarar y poner patas arriba una cierta academia y una cierta forma de hacer las cosas aquí en Tarija. Me gusta pensar que, aunque me tomo mi tiempo para pensarlo, cuando llega el momento de actuar no me tiembla la mano, tal como lo pueden atestiguar los del Ministerio de Culturas en relación a la fiesta grande de San Roque. Hace un par de años tengo un par de publicaciones académicas donde cuestiono profundamente la forma de hacer ciencia en Tarija y que han cambiado profundamente la forma en la que percibimos a nuestros viejos investigadores locales. Se trata de “La historia perdida de San Roque” (2021) y “Critica a la intelectualidad tarijeña” (2020). Estoy orgulloso de ambas.
Resulta que es importante darle algo en que pensar a nuestras autoridades, sean estas académicas o políticas. No pueden darse el lujo de hacer lo que quieran sin que nadie les cobre la factura. La importancia de la crítica es fundamental para construir una sociedad digna y consciente de sí misma. Poder mirarnos al espejo y reconocer nuestras fallas y nuestras debilidades es una de las fortalezas más grandes que podemos tener. Pero eso es imposible sin una crítica permanente y pertinaz a nuestra forma de hacer las cosas, especialmente si tenemos algún cargo de responsabilidad, aunque sea simbólica.
Es que una sociedad que no es consciente de sí misma es un desastre esperando a pasar, un fracaso sin posibilidades de salir adelante. Y me van a disculpar, pero yo creo que Tarija es una ciudad construida para ser mediocre: no se premia la excelencia sino la viveza. No se premia al que trabaja sino al que roba. No se reconoce el mérito sino el engaño. Nuestros mejores jóvenes salen escapando de Tarija y los que se quedan sobreviven en la periferia, fuera del aparato de poder local. Por mucho que ame a Tarija no puedo dejar de reconocer que Tarija como sociedad es un desastre.
Hay un prejuicio bien grande de parte de los investigadores externos sobre la producción intelectual tarijeña: casi sin ninguna excepción se dice que la investigación local no es de confianza, de una calidad baja y de un desarrollo teórico casi nulo. Yo tuve que aprender esto en carne propia y tuve que demostrar mi valía a brazo partido. Es la primera vez en mucho tiempo que Tarija volvió a estar en el centro del debate nacional e internacional como referente académico de calidad.
Yo ya sabía esto, pero tuve que adentrarme en los trabajos de otros académicos locales aclamados para darme cuenta de la manera específica en la que estaban construyendo un discurso y una historia de Tarija falsa, falseada y llena de errores y omisiones. Me da pena revisar la producción intelectual tarijeña porque temo mucho seguir desenterrando muertos en el sótano y tener que sacar sus trapitos al sol. Sinceramente quisiera decir que hay investigadores e investigadoras de calidad en Tarija, que los hay, pero se los puede contar con una mano. Yo quiero que haya una academia de calidad que pueda servir de ejemplo a las nuevas generaciones que vienen detrás de nosotros.
No podemos permitirnos una sociedad mediocre. La ciencia es la búsqueda permanente de la excelencia. Eso significa una educación de calidad y una práctica intelectual intachable. Yo les puedo perdonar que no tengan una formación científica formal –hay demasiados profesores e investigadores empíricos– porque no tenemos otra posibilidad (eso es culpa y responsabilidad de nuestras autoridades). Tenemos muchos e importantes investigadores locales sin formación académica formal. Esa es nuestra riqueza, pero también nuestra pobreza. Lo que no les puedo perdonar es que hagan las cosas mal hechas y que distorsionen nuestra historia a la mala para justificar sus privilegios de clase y sus intereses políticos. Pero también porque en la lucha por proteger esos privilegios se atreven a boicotear el desarrollo académico e intelectual de aquellos que no piensan como ellos, que no pueden demostrar los mismos privilegios de clase ni el mismo origen nativo. ¿Se imaginan que querían boicotear la declaratoria de San Roque como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO solo porque no les gustaba las ideas del Vaco, que decía que el origen de los chunchos era andino? Hay un momento en el que de tanto ser mediocre te conviertes en irrelevante.
Merecemos una academia de calidad y unos intelectuales al nivel. Por eso mismo es importante no quedarnos callados y hacer uso de una crítica constante y coherente a nuestra forma de actuar y de pensar, porque sin eso nunca vamos a ser mejores. Y si queremos ser mejores no nos podemos permitir autoridades mediocres, porque de ellos depende nuestro desarrollo social e intelectual. Para que quede bien claro: eso se aplica a todos. No quisiera nuevas generaciones que no puedan criticar lo que hacemos ahora. Porque para criticar hay que saber. Y si no hay critica significa que no lo pueden hacer mejor que nosotros. Eso sería triste.
Pero como les decía al principio: yo no soy un contrincante rabioso y considero que mi critica no es destructiva sino constructiva. Yo creo que todos y todas tenemos algo para aportar al desarrollo intelectual de Tarija. Nuestras nuevas generaciones, sí, pero también aquellos que nos equivocamos. Para ello debemos aprender a hacer las cosas bien y desacostumbrarnos a acomodar la verdad a nuestra conveniencia, porque la ciencia no funciona así. Acostumbrarnos a la mediocridad es el peor favor que podemos hacernos. Debemos exigirnos ser excelentes, ahora y siempre.