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La historia de Leonardo uno de los cientos de mineros que llegaron a Tarija

Relocalización; las memorias de un minero en elecciones

Leonardo fue parte de la histórica “Marcha por la Vida” que rechazó la relocalización de los mineros y se dirigió a La Paz recorriendo más de 300 Km a pie. El 18 de octubre, con 64 años, llegó a las urnas con el mismo ímpetu de aquellos tiempos

Ecos de Tarija
  • Mariana Torrez Vedia
  • 25/10/2020 00:00
Relocalización; las memorias de un minero en elecciones
Marcha por la Vida (Foto: Archivo)

“Los años no pasan en vano”, dice un refrán que Leonardo parece tener presente. Hace una semana ingresó a su recinto de votación, en compañía de su hijo menor, que empujaba la silla de ruedas donde él descansaba. El vigor de aquel minero parece desgastado, mas no ausente, pues ni la relocalización de 1985, una aguda diabetes y una embolia que lo situó entre la vida y la muerte consiguen doblegar aquel ímpetu, ese que se desarrolla trabajando a 100 metros bajo tierra.

Un minero no solo respira polvo en las minas, sino también aires de política y de mejores oportunidades. Al menos, así relata la historia de Bolivia, plasmando en sus páginas marchas de miles de kilómetros que protagonizó este sector, en busca de la reivindicación de sus derechos.

La historia de Leonardo no puede ser contada, sin marcar un hito, del antes y después de su vida minera. Nació en un pueblito, llamado Río Mulatos, al norte de Potosí, sector empobrecido desde aquella época hasta hoy. Un padre violento, obligó a que desde sus ochos años, abandonara su hogar. Uno de sus seis hermanos, lo llevó a la casa de un sacerdote, el pequeño repartía periódicos desde temprano, lustraba botas, hacia jugos y volvía día a día a la iglesia, hasta que cumplió la mayoría de edad que le dio el pase de ingreso a un centro minero.

Allí trabajaba 12 horas, desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. El minero empezó a sobresalir por dos cosas; la primera porque era diestro en el fútbol; la segunda porque era uno de los pocos que sabía leer y escribir.

Este último requisito, le permitió trasladarse a la administración, donde ejerció como Secretario Ejecutivo de un sindicato de mineros. Vivía la política de aquel entonces a flor de piel, que incluso lo llevó en una de sus faenas a salir de la mina San Vicente hasta la ciudad de La Paz, en la movilización histórica denominada “Marcha por la Vida”, pidiendo al Gobierno derogar una de las disposiciones del Decreto 21060, que establecía el cierre de los centros mineros y la relocalización de trabajadores desocupados, a quienes les tocó migrar a diferentes centros urbanos de Bolivia. Echada ya la suerte, Leonardo llegó a Tarija.

El Decreto 21060 estableció la relocalización de trabajadores mineros a centros urbanos del país

El cambio fue brusco, San Vicente un pueblo a los pies de varios cerros, con casas prefabricadas de madera, techos de calamina y la mayoría con bardas celestes, no se parecía en nada a la ciudad sureña, donde había hasta árboles y también una vida más cara por la cual pagar.

Con seis hijos y su esposa, la pobreza empezó a sentirse. El minero sin un trabajo fijo, hacía de todo para ganar dinero. Laboraba en una empresa para hacer alcantarillados, pintaba, era albañil, pero nada parecía ser suficiente. Llegó al punto de vender cachorros de dinamita, palas, picotas, barretas y todas aquellas herramientas que le quedaban de la mina.

“La Chapaquita”, una carrocería ubicada en la avenida Las Américas, fue su primera fuente estable de ingresos. “Él nunca se quejaba de la situación, la mina lo hizo un tanto distante de nosotros”, dice Aydeé, su hija, quien recuerda que preparando una carrocería de un camión su padre perdió parte del dedo índice de su mano derecha.

Ella, entre alegrías y tristezas, recuerda a su progenitor joven con un casco café, unas botas negras y sus overoles de cuerina de colores. Aún escucha el sonido de la sirena que anunciaba que los turnos dentro de la mina habían terminado para unos y recién empezaban para otros.

Tampoco olvida el pañuelo blanco que su madre batía junto a cientos de mujeres desde las casas del campamento, despidiendo a sus esposos cuando éstos marchaban hacia La Paz, aferrándose a sus minas.

Su padre siempre fue del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), liderado en los últimos años por Jaime Paz Zamora. Nunca vivió apartado de la política, “era minero, siempre estaba en ello, diciendo cómo se debía gobernar” dice Aydeé, quien es la hija mayor y quizá por ello la que más entiende que su padre, un hombre de 64 años que a causa de una embolia perdió la movilidad en su cuerpo y hasta la memoria, insistió en votar el 18 de octubre pasado.

Eran como las 10.00 de la mañana y Leonardo ingresaba a su recinto de votación en una silla de ruedas, solicitó el voto asistido, pues aún sus manos tiemblan y no logra sostenerse por sí mismo. Ya no es el hombre que trabajaba 12 horas a 100 metros bajo tierra, ni tampoco el protagonista de marchas kilométricas, ahora solo es un abuelo con el tesón de un minero que siempre busca ejercer sus derechos.

“Marcha por la Vida”, la movilización histórica

La Marcha por la Vida pretendía evitar la relocalización de mineros y la privatización de las minas estatales, porque corrían el riesgo de perder sus fuentes laborales. El pueblo pedía la abrogación del Decreto Supremo 21060, que provocó desempleo masivo en el sector.

La marcha se realizó del 21 al 28 de agosto de 1986 con la participación de más de 25.000 trabajadores, el objetivo era llegar a la ciudad de La Paz, que se encontraba a una distancia de 300 kilómetros.

El 25 de agosto, el presidente Víctor Paz Estenssoro decretó la descentralización de la Corporación Minera de Bolivia. El 28 de agosto declaró estado de sitio y 2.000 militares, reprimieron y pararon la marcha en la localidad de Calamarca con tanques y carros de asalto.

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