Del intestino al cosmos: una conversación con Bruno Zylber
El microbiólogo brasileño revela cómo los microorganismos que habitan nuestro cuerpo determinan nuestra salud, personalidad y futuro como especie.
El bus turístico nos lleva desde el centro hasta San Luis. Son las últimas horas de Bruno Zylber en Tarija, después de dos días intensos dictando un curso sobre microbiota. Va sentado junto a la ventana, con el cabello recogido en una cola. En los nudillos, un tatuaje reza “Mazal Tov” —buena suerte—, la bendición judía que se pronuncia en nacimientos y bodas, apropiada para quien se dedica a estudiar el nacimiento y la muerte microscópica que ocurre cada segundo en nuestros cuerpos.
“Yo soy conocido en Brasil como Dr. Caca”, dice Bruno Zylber en confesado portuñol, y ya entrado en la charla. Una forma de romper el hielo y humanizar un campo científico que para muchos resulta intimidante. Detrás del apodo irreverente hay un científico serio que fundó en 2004 el primer laboratorio de Brasil totalmente enfocado en microbiota y trasplantes fecales.
Zylber explica que el conocimiento sobre estos temas es sorprendentemente reciente. “Diría que tenemos no más de 40 años de estudio real sobre microbiología”, comenta mientras viajamos hacia la bodega Sausini. “Todo empezó en 1890 con Élie Metchnikoff, quien fue el primero en decir que dentro de nuestro intestino había gérmenes que podrían hacer mal o bien”.
Metchnikoff, agrega Zylber, es el padre de la microbiología y de la gerontología. “Él relacionó la microbiología con el envejecimiento saludable. Fue el primero en dar probióticos”.
El origen
Llegamos a destino. Caminamos entre hileras de vides. Zylber se detiene ocasionalmente para observar las plantas, las rosas que crecen al inicio de cada fila. “¿Sabes para qué están las rosas?”, pregunta con entusiasmo. “Es un indicador biológico. Si hay alguna plaga, esta es la primera en indicarlo”.
Todo es un sistema, todo está conectado. Es la misma lógica que aplica al cuerpo humano. Le pregunto cuándo comenzó realmente el estudio moderno de los probióticos.
“La visión actual de probióticos es de 1989, con Roy Fuller”, responde. “Él fue el primero en decir científicamente qué era realmente un probiótico. Pero en realidad, el uso de alimentos fermentados data de 7,000 años atrás”.
Menciona el takra, una leche fermentada de bifidobacterias conocida por la medicina Ayurveda de la India, luego el oxigala de los romanos, y los probióticos que desarrollaron los esenios 200 años antes de Cristo. “Los esenios eran un pueblo judío responsable de mucho del misticismo que tenemos hoy. Yo soy judío”.
Conversa sobre su familia. Todos pasaron por el Holocausto. Sobrevivieron su abuela y su abuelo. Después de una pausa, sigue hablando de Ge Hong, la “sopa amarilla” de los chinos. “Seleccionaban las personas más saludables de la villa, tomaba sus heces, las mezclaba en agua caliente y las daban a tomar”.
Zylber explica que esa sopa fue el antecedente de los trasplantes fecales. “Es algo muy serio, y tiene que ser hecho dentro de hospitales. No es simplemente meter heces por el ano. Tienes que lavar las heces, centrifugar, escoger el donador, verificar antes de transferir”.
La revolución del trasplante
Le pregunto sobre los números. En Estados Unidos se realizan 90,000 trasplantes fecales al año, en Europa y Australia unos 40,000. En América Latina apenas están comenzando. En Brasil empezarán en diciembre.
“Existe una enfermedad intestinal llamada infección por Clostridium difficile resistente. Es una bacteria que no se muere con ningún antibiótico. El único tratamiento eficaz de cura es el trasplante fecal. Se cura el 98% de las veces”. ¿En cuánto tiempo? “Dos días”.

La respuesta es contundente, pues se trata de sacar una microbiota y colocar una nueva. El efecto es inmediato. Y ahora se estudia su funcionamiento en otras enfermedades.
“Voy a comunicar un artículo mostrando un trasplante que hice con un enfermo de Parkinson grado ocho que bajó a tres. Está en desarrollo. Y no me gusta hablar de cosas en desarrollo como algo que es verdad. La esperanza es algo muy valioso. No puedes crear esperanza si la esperanza no es verdadera. Cuando se habla de cáncer, de enfermedades infantiles, no puedes dar falsas esperanzas”, comparte.
Entramos a un espacio donde hay una antigua falca para destilar singani. Zylber se detiene a observar la estructura con curiosidad. En reportes sobre trasplante fecal, la gente dice sentirse como si fueran niños otra vez, con energía insólita, renovada.
“Sí”, confirma Zylber. “Principalmente porque estás ganando trillones de microorganismos nuevos trabajando a tu favor. Antes tenías trillones trabajando contra ti. Cuando recibes una microbiota nueva, viene con una cosecha energética. Una microbiota saludable produce muchos ácidos grasos de cadena corta y esto es energía. El órgano que más utiliza estos ácidos es el cerebro. Te sientes bien, con energía, con disposición”.
El holobionte
Pero advierte que, si no mantienes la microbiota dentro de ti, pierdes todo. “El primer paso es el trasplante. El segundo paso es el cambio de hábito alimenticio. Si no, vas a perder todo el trasplante y no podemos hacer más de uno”.
El hábito alimenticio, explica, es el soberano de la microbiota. “Es el medio de cultivo. Si tienes un microorganismo que no utiliza nada de tu alimento para alimentarse, no vive dentro de ti porque no tiene nutrientes para mantenerse. Tu alimento se transforma en medio de cultivo para tu microbiota. Él selecciona todo”.
Es una simbiosis, digo.
“Es una simbiosis”, confirma. “Nosotros lo llamamos holobionte. Nuestra microbiota es cien veces más numerosa que nosotros. Tenemos más de cien células de microorganismos por cada célula humana. No somos nosotros quienes hospedamos nuestra microbiota. Es nuestra microbiota quien nos hospeda”, ríe.
Explica el término: “En un punto del holograma está todo el holograma. Entre nosotros somos el todo en uno o uno en el todo. Somos un ser holográfico”.
Pregunto sobre la singularidad de cada microbiota.
“El 30% de toda nuestra epigenética es contribución de nuestra microbiota. Y dentro de las bacterias encontramos genética tuya. Entonces tu ADN selecciona tu sistema inmunológico, y tu sistema inmunológico selecciona tu microbiota. Tu microbiota es seleccionada por tu ADN”.
Hace una pausa dramática. “Nos arriesgamos a decir que es más fácil encontrar dos personas con la misma impresión digital que con la misma microbiota. Matemáticamente es imposible”.
Naturaleza y urbanismo
Caminamos hacia los viñedos. Zylber respira profundo, mira las montañas que rodean el valle.
“Tarija tiene un excelente proveedor de microbiota, que es la naturaleza. Pero vas a Santa Cruz, vas a La Paz que no tiene naturaleza, es una microbiota muy monótona. Quien vive en la ciudad tiene que ir por lo menos una o dos veces por semana al mar, al bosque, a la naturaleza para recibir una microbiota nueva. Solo respirando”.
Menciona otros factores: la vida social, el abrazo, la conversación, el bar. “Trocas microbiota con hijos, con abuelos. Esta vida social es importante para contribuir y ser contribuido por la microbiota. Los ancianos, por ejemplo, no tienen prácticamente vida social, su microbiota cae, su inmunidad cae y enfermedades como el cáncer empiezan a aparecer”.
Los niños que viven con mascotas, agrega, tienen una microbiota mucho más rica y diversificada que los que no, igual que los que viven en un ambiente rural versus un ambiente urbano. “Son tres cosas que necesitas para tener una microbiota saludable: exposición ambiental, hábito alimentario saludable y diversificado, y adiciono a esto el acompañamiento psicológico. En el ámbito científico decimos que todos tienen que tener fe”.
¿Fe?
“Una persona sin fe no tiene buena microbiota porque no quiere agarrar la vida”.
El pasado oscuro
Zylber tiene 47 años, pero su energía y curiosidad infantil le hacen parecer más joven. Pregunto sobre su vida antes de convertirse en el Dr. Caca.
“Yo era un loco”, dice sin dramatismo. “Totalmente loco. Fui alcohólico, ya no bebo. No voy a probar nada aquí. Voy a creer en ustedes que es bueno porque soy abstemio total”.
Hace una pausa, mira al horizonte. “Siempre fui una persona original, normalmente agresiva, que siempre hice lo que quise. Tuve mucho éxito en mi vida, pero el éxito es caminar de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Yo fracasé mucho más de lo que tuve éxito”.
Hoy, dice, no tiene más problemas financieros. “Tengo plata ahora, pero continúo siendo el mismo. Prefiero no tener que estar pensando en dinero”. Vivió el lado negro de la vida. ¿Qué lo salvó?
“Tenemos que creer en nosotros y parar de crear ídolos. Tenemos que ser nuestro propio ídolo. Creer, incluso cuando caemos, cuando fracasamos, no podemos dejar de creer en nosotros. Y tienes que hacer. No puedes esperar para hacer”.
La vida en cuatro dias
Zylber examina restos petrificados con ojo de biólogo. Pregunto sobre el tiempo necesario para cambiar una microbiota dañada.
“Para cambiar tu microbiota necesitas cuatro días. Tenemos bacterias que utilizan oxígeno, se cambian en 24 horas. Tenemos bacterias que no utilizan oxígeno o utilizan muy poco, se cambian en 48 horas. Y tenemos hongos que cambian en 72 horas. Decimos cuatro días para estar seguros. Lo difícil no es cambiar, sino mantener. Eso dependerá de ti”.
Pregunto cómo caracterizaría la microbiota boliviana.
“Es una microbiota bien peculiar. Tiene que ver con origen, con raza, con etnia, con exposición ambiental. La microbiota de La Paz no tiene nada que ver con la de Tarija, que no tiene nada que ver con la de Santa Cruz. El exposoma es diferente”.
Exposoma, explica, es el estilo de vida, el alimento, el comportamiento, el estrés, la ansiedad. “Son medidas ambientales con respuestas biológicas”.
Continúa: “Existe una influencia muy grande del ADN originario aquí. Cuanto más mezclados fuimos, más distinta será nuestra microbiota. Bolivia tiene una microbiota bien peculiar. Pero también tiene un hábito razonablemente saludable. Comen mucha papa, mucho maíz. Todo eso son medios de cultivo para microbiota”.
Transgénicos y evolución
Menciono los transgénicos. Se pone serio.
“Tenemos que estudiar más. No soy activista. No puedo decir que los transgénicos hacen mal, pero no son originales. La soja original no existe más. Hace mal para la naturaleza, hace mal ante Dios que creó. Yo soy judío, pero hace mal ante el gran arquitecto del universo”.
Explica que antes era la teoría de la evolución quien hacía los cambios, la selección natural, la presión ambiental. “Ahora no existe más eso porque el hombre cambia genéticamente, está haciendo la función del medio ambiente. Esto es muy peligroso. El hombre es un mono muy ignorante. Es un mono que usa 4% del cerebro y cree que usa 100%”.
Hace una predicción sombría: “De aquí 100, 200 años vamos a mirar ahora y decir: ‘¿Cómo hicimos eso? Éramos muy atrasados’. Nos vamos a mirar como ahora miramos a los hombres de las cavernas”.
La inteligencia artificial
Nos movemos hacia la bodega principal. Le pregunto sobre la inteligencia artificial.
“Utilizo, gasto mucha plata con inteligencia artificial. Ella trabaja para mí, no yo para ella. Potencializa mi trabajo. Traduce mejor que yo el portugués, el inglés, el español. No necesito más traducir. Pero no confío todo, veo si está trabajando para mí”.
El problema, dice, es que muchos la están dejando trabajar sola. “Yo soy hombre, tengo cerebro, ella trabaja para mí, nunca será más inteligente. Muchos están dependiendo de ella para hacer las cosas. Yo soy natural. Si acaba la electricidad, ella no consigue hacer un texto. Yo consigo a través de libros”.
Menciona un estudio reciente de una brasileña publicado en Harvard: “La primera generación de humanos que nace con el coeficiente intelectual menor al de la generación anterior. Esto nunca había sucedido. Celular, internet, pantalla, inteligencia artificial. Somos los últimos”.

Explica que el desarrollo del pulgar opositor permitió que el mono se transformara en humano. “Vamos a perder todo eso. Somos la última generación. Tal vez las personas con 30 años sean la última generación”.
Por eso, dice, ni él ni su esposa usan pantallas para calmar a sus hijos de 6 y 2 años.
Hijos y responsabilidad
Le pregunto sobre la paternidad. Su rostro se suaviza.
“Cuando nos volvemos padres, todo lo que hacíamos tenemos que dejar de lado. Es muy difícil, muy estresante, cansativo. Toda hora tienes que estar reconstruyéndote, viendo qué dijiste, qué no dijiste, si fuiste correcto. Mi hijo es solo cariño, mi hija es solo cariño, nada de violencia. Soy pacifista, aunque ya fui preso por golpear a un policía”.
Se lo buscó. Ríe ante mi respuesta, y se pone serio nuevamente.
“Usted es el héroe de su hijo. Para él nunca está errado. Es el ejemplo que debe ser seguido. Entonces sea”.
El hígado y la violencia
Entramos a un espacio de cata. Nos ofrecen vinos, pero Zylber no toma. Le pregunto sobre el eje intestino-hígado.
“No es un eje, es un ciclo, es un circuito. Para que el intestino funcione correctamente, el hígado tiene que funcionar correctamente. Para que el hígado funcione correctamente, necesita respuesta del intestino. El cáncer hepático, la esteatosis, tienen mucha relación con la microbiota”.
Son órganos hermanos, explica. Casi simbióticos. “El intestino es nuestra puerta de entrada, el hígado es el portero”.
Pregunto sobre la violencia cultural, los problemas que persisten en América Latina, su relación con este circuito. ¿Puede la microbiota explicar algo de eso?
“La microbiota no altera tu carácter. Si no evacúas, tienes estreñimiento, empiezas a neurointoxicarte. Esta gran cantidad de microorganismos que tienen que ser eliminados y no son, pueden neurointoxicar, neuroinflamar y quedas realmente irritado. Pero la microbiota no es culpable de la violencia cultural o el machismo”.
Es un problema de ejemplos, de referencias. “Pero no de microbiota. Una mala microbiota puede sí dejarte mucho más agresivo, pero no creo que pueda cambiar tu comportamiento al punto de ser un asesino. Es problema de referencias, problema social, dinero”.
Autismo y vacunas
Pregunto sobre el autismo, que parece estar aumentando.
“No sabemos si el número aumentó o si el diagnóstico aumentó. También tenemos muchos tipos de autismo distintos. Algunos que son diagnosticados como autistas, son solamente neurodivergentes. La microbiota está ciertamente involucrada. La salud intestinal está ciertamente involucrada. El uso de ultraprocesados ciertamente está involucrado. El estrés durante la gestación, brutalmente involucrado”.
¿Y las vacunas?
Se apasiona con el tema. “Yo trabajé con desarrollo de vacunas. La vacuna de la COVID mata a algunos, pero muchos medicamentos salvan mucho más de lo que matan. Mi abuela, sobreviviente del Holocausto, siempre decía: ‘No hay cómo cortar un tronco sin que caigan lascas. Siempre caen lascas”.
Continúa: “Las vacunas sí matan, pero voy a darle a mi hijo porque voy a creer que no lo va a matar. Y mata muy, muy poco. Tal vez los autos maten mucho más. Salvamos más de lo que morimos. Todo medicamento tiene efectos colaterales. Quien habla de que hace mal, que mata, que causa autismo, nunca lee un prospecto, nunca lee los efectos colaterales”.
Fe y espiritualidad
Volvemos al tema de la fe. Le pregunto qué significa para él como judío.
“Estoy espiritualizado. Creo en algo mayor que no sé qué es. El ser humano necesita respuesta para todo, pero somos un ser extremadamente limitado. No tenemos cómo comprender las respuestas. Entonces cuando no tienes la respuesta para algo, lo que sobra es la fe. Tienes que tener fe”.
Y agrega: “Sabemos que una persona con espiritualidad, una persona con fe, tiene una microbiota mejor. No tengo nada contra los agnósticos o ateos, cada uno cree en su propio dios. Para el ateo, tú eres dios. Pero las personas que tienen fe, que creen en algo inexplicable, viven mejor”.
El futuro
Salimos de la bodega. El sol comienza a descender sobre los viñedos. Pronto tendremos que partir hacia el aeropuerto. Le pregunto sobre la vida eterna, si la microbiota podría ser la puerta.
“El objetivo del hombre no es vivir eternamente. Eso es contra naturaleza, contra la verdad de la vida. No me gusta la idea de vivir para siempre, con la gracia de no saber qué viene después, o si no viene nada”.
Hace un cambio de perspectiva: “Las personas buscan vivir más, pero no buscan vivir mejor. No es vivir más, es tener más vida en su tiempo. Este es el objetivo”.
Hace una propuesta: “Si cambiamos nuestra dieta, sacamos todo lo ultraprocesado y cambiamos nuestra microbiota, podemos vivir fácilmente con salud 250, 300 años. Tenemos que comenzar desde que sale del útero, incluso antes. No para mí, no para ti, no para nuestros hijos, pero quién sabe dentro de 10, 20 años”.
¿250 años está bien?
“Está muy bien. Cuando llegues a 200, tú mismo te vas a matar”.
Nos cagamos de risa. “Todo igual, siempre, no. Incluso en el matrimonio tienes que reinventarte”.
El llamado
En el aeropuerto, ya con el equipaje facturado, le pregunto una última cosa: ¿en qué momento decidió entrar al camino de la microbiota y qué hubiera sido de él si no lo seguía?
“Fui invitado por dos médicos a estudiar profesionalmente en Alemania. Allí fui iluminado. Fue cuando percibí que nosotros estábamos equivocados. Hasta entonces, para mí el ser humano era nosotros, pero no lo es. Nosotros somos microorganismos, el ser humano está dentro de ellos. Cambié mi pensamiento”.
Después de ver la grandeza y los efectos, tuvo excelentes maestros. “Yo no inventé esto, lo traje para Brasil, para América del Sur. Tuve maestros que me encantaron. Pensar que un virus puede matar millones de personas me encantó, porque el ser humano se dice tan desarrollado y un virus del tamaño de una pulga para una bacteria hizo la pandemia. Y el coronavirus es un virus flaco, no es poderoso”.
Se detiene, mira hacia la puerta de embarque.
“Lo que me mueve es lo desconocido. Pero si no fuera microbiólogo, sería gamer”, cierra con humor y honestidad. “Me gusta mucho el RPG. Out Of This World, maravilloso”.
Antes de despedirse, algo más: “El conocimiento preso dentro de ti te intoxica. Yo soy viciado en este conocimiento. Tengo que ponerlo para fuera porque preso dentro de mí no sirve para nada. Este es mi objetivo en América Latina entera”.
El anuncio de su vuelo suena por los altavoces. Desaparece hacia la sala de embarque, llevando sus maletas y trillones de microorganismos que lo acompañan, que lo definen, que son, al final, más él que él mismo.
Camino de regreso a la ciudad, con el paso de un ser holográfico. Me miro y miro a la gente en las calles. En cada parte de mí, el todo. En cada bacteria, el universo. En cada intestino, la historia completa de lo que significa ser humano.
O, como insistiría Bruno Zylber, lo que significa ser un conglomerado de vida microscópica que decidió caminar erguido y llamarse a sí mismo humano.





