Pagamos para que no pase nada

El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas que se conocen. Una sola persona infectada puede transmitir el virus a entre 12 y 18 personas más. También puede ser mortal: en los países de ingresos altos mueren entre 1 y 3 de cada 1.000 personas infectadas, y en los países con menos recursos la cifra puede llegar a 50 de cada 1.000.

Por suerte, existe una vacuna muy eficaz: dos dosis protegen al 97 % de las personas vacunadas. Estados Unidos ofrece una prueba clara. Antes de que comenzara la vacunación, a principios de los años sesenta, se notificaban alrededor de 500.000 casos al año. Pocos años después, la cifra había caído casi a cero.

Sin embargo, la vacunación choca con un comportamiento muy humano: cuando pagamos por algo, queremos ver qué recibimos a cambio. Si gastamos 300 Bs en el supermercado, salimos con bolsas llenas de productos. Con las vacunas no pasa lo mismo: lo que compramos es algo que no ocurre. Esa falta de retorno visible puede ayudar a explicar por qué la confianza se desgasta incluso en países ricos. En los Países Bajos, la cobertura de la primera dosis contra el sarampión ha bajado de más del 95 % en los niños nacidos alrededor del año 2000 a cerca del 88 % en los nacidos en 2022 y 2023.

Cuando un gobierno invierte en vacunación, al principio ve resultados: los casos bajan. Pero cuando llegan a cero, tiene que seguir pagando cada año para que no vuelvan, y ya nadie ve el beneficio. Lo mismo nos pasa a las familias. Llevamos a nuestros hijos al centro de salud, esperamos, volvemos para la segunda dosis, y a veces el niño tiene fiebre o molestias leves. Vemos el esfuerzo, pero no la enfermedad que se evitó. Entonces, ¿dónde está el valor?

El valor está precisamente en lo que no vemos. Antes de que existiera la vacuna, el sarampión mataba a unos 2,6 millones de personas al año en todo el mundo, en su mayoría niños pequeños. Hoy la cifra ha bajado a alrededor de 100.000 muertes anuales, que se concentran en lugares donde la cobertura de vacunación es baja.

Además, la vacuna evita gastos en tratamientos, hospitalizaciones y control de brotes. Un solo caso puede obligar a rastrear contactos, aislar personas y organizar campañas de emergencia, y eso cuesta mucho más que vacunar. Por eso la vacuna contra el sarampión es una de las pocas intervenciones de salud que se pagan solas: se gana salud y, al mismo tiempo, se ahorra dinero.

La vacunación funciona como un seguro. No lo valoramos mientras no pasa nada, pero precisamente esa es la señal de que funciona. Si dejamos de pagarlo, el sarampión vuelve, y vuelve rápido.


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