El silencio que nadie ve
Aproximadamente una de cada cinco personas en el mundo, más de 1.500 millones, tiene algún grado de pérdida auditiva. Esto no significa que no escuchen nada, pero sí que su vida se ve afectada de alguna manera. En cerca del 0,8 % de la población, unos 60 millones de personas, la pérdida es tan grande que podemos hablar de sordera, y el impacto en su vida diaria es mucho mayor.
Las causas son variadas. Muchos piensan primero en los audífonos y parlantes a alto volumen, pero gran parte de los casos se debe a enfermedades, accidentes o simplemente al envejecimiento. Además, muchas personas nacen sordas.
La sordera afecta muchos aspectos de la vida, porque dependemos de la audición más de lo que creemos. Cuesta más hacer y mantener amistades. Trabajar donde la comunicación con los colegas es clave se vuelve un desafío, e incluso moverse con seguridad en el tráfico resulta más difícil. El impacto en el bienestar y en la economía de la persona puede ser considerable.
Para los niños que nacen sordos, el impacto puede ser aún mayor. Un adulto que pierde la audición poco a poco ya aprendió a hablar y pudo estudiar con normalidad. Un niño sordo, en cambio, no tiene acceso a lo que nos permite aprender un idioma de forma casi automática: escuchar a nuestros padres en los primeros años de vida. Todo se complica más cuando la sordera se detecta tarde o cuando los padres no reciben apoyo.
Existen diversas herramientas que ayudan. La primera y más fundamental es la lengua de señas, que permite comunicarse plenamente y avanzar en los estudios, la vida social y el trabajo. También hay aparatos auditivos e implantes cocleares que permiten que algunas personas sordas vuelvan a oír. Pero no devuelven una audición completa ni perfecta: el sonido puede llegar distorsionado y seguir una conversación en un lugar ruidoso sigue siendo difícil. Además, no son adecuados para todos. Para otros, la lectura de labios es una opción, pero es una habilidad muy difícil: solo una parte de los sonidos del habla se distingue en los labios, y el resto es, en gran medida, adivinanza.
Una sociedad inclusiva no deja a nadie fuera. Con tecnología y conciencia podemos asegurar que las personas con pérdida auditiva puedan estudiar, trabajar y participar plenamente.





