Impresiones sobre los resultados electorales en Brasil

La segunda vuelta podría sepultar a un animal político como Lula

El electorado no se hizo bolsonarista. Pero una mayoría rechazó al lulismo y, al mismo tiempo, consolidó en el Congreso una derecha y centroderecha mucho más poderosas institucionalmente. En el Ejecutivo, Brasil está atrapado entre dos memorias políticas que parecen sin alternativa. En el Legislativo, Brasil sigue siendo Brasil: con un Centrão fuerte, que a veces tiende más a la derecha, a veces más a la izquierda, pero que se mantiene relativamente pluralista. El gran peligro de la polarización en el Ejecutivo es que no sólo se trata de una competencia entre proyectos, sino que, en un país tan corrupto, también de una lucha por controlar las instituciones para proteger al propio bando.

Un ejemplo de esta lucha es el poder amasado por el clan Bolsonaro. Cuatro familiares fueron elegidos para el Congreso: dos senadores y dos diputados son familiares de primer grado de Flávio, quien podría ser el próximo presidente. La elección popular legitima el mandato individual. Sin embargo, una cosa es que los Bolsonaro sean elegidos democráticamente y otra que sea saludable que una misma familia concentre la Presidencia y varias posiciones del Legislativo. La democracia no se reduce al voto popular. Consiste también en instituciones capaces de fiscalizarse mutuamente.

En América Latina tenemos una vara distinta para juzgar estas cosas dependiendo de si el apellido es de izquierda o de derecha. Si una familia masista ocupara la Presidencia y varias curules parlamentarios en Bolivia, probablemente hablaríamos de una oligarquía política o de «vividores del Estado». Cuando ocurre en la derecha, algunos lo presentan simplemente como liderazgo popular. Los demócratas liberales deben aplicar el mismo estándar a todos.

Estas consideraciones democráticas sólo empeoran cuando vemos el prontuario de los Bolsonaro. Aunque políticos bolivianos, desconocedores de la historia brasilera reciente, planteen el retorno del clan como un triunfo de la libertad, cabe recordar: Jair Bolsonaro, el padre de Flávio, intentó impedir la transferencia democrática del poder y fue condenado por organizar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022. Obviamente, Flávio no es jurídicamente responsable de lo que hizo su padre y dijo que respetará el resultado electoral. No obstante, tampoco puede ignorarse que su principal bandera política es la amnistía de su padre. Si favorecer a su familia es la prioridad, pisoteando la democracia y el Estado de derecho, ya vemos qué piensa Flávio de la libertad. Una derecha que defiende la propiedad privada, el mercado y la libertad económica, mas no acepta la alternancia democrática, no es una derecha liberal. Es una derecha oportunista y autoritaria.

Cuando los trabajadores vuelvan a votar por la izquierda, será porque ésta los dejó de percibir como objetos de asistencia y los volvió a ver como sujetos de esfuerzo y performance

Hablemos de Lula. Su problema no ha sido que Brasil esté económicamente peor en todos los indicadores. El tema es que no se enteró que el ciudadano no vota por el PIB ni la tasa de desempleo (peor si es, en su mayoría, precario). El ciudadano vota, principalmente, por su experiencia material («it’s the economy, stupid!»). Y ahí Lula no consiguió transformar unos (para Brasil) relativamente buenos indicadores macroeconómicos en una sensación suficientemente fuerte de mejora. El costo de vida, especialmente de alimentos y energía, erosionó la experiencia material del votante brasilero.

Lula sigue creyendo que gastar más es la solución a todo. Los votantes, que ven la inflación y las tasas de interés que deben pagar en alturas exorbitantes, piensan lo contrario. Lula sigue considerando los planes sociales como la mejor forma de ganar corazones. Si hubiera aprendido del error de Jair, quien en la anterior elección dilapidó recursos públicos como nunca y perdió de todos modos, hubiera sabido. Aprender de los errores del rival también es una virtud en política. Cuando los trabajadores vuelvan a votar por la izquierda, será porque ésta los dejó de percibir como objetos de asistencia y los volvió a ver como sujetos de esfuerzo y performance. ¿Es tan difícil entender que los trabajadores quieran poder vivir de su trabajo y que, por tanto, se fastidien por un Estado que extralimita todos sus tentáculos hacia los bolsillos de la clase media?

Igualmente, hay una enfermedad común en cierta izquierda: creer que el pasado constituye un capital político infinito. Joe Biden, en Estados Unidos, fue presentado durante demasiado tiempo como si su trayectoria bastara para compensar la edad y las dudas sobre su capacidad. Lula cae en algo parecido (y olvida que su pasado también está muy manchado por la corrupción). Parece pensar que haber sacado a millones de brasileros de la pobreza hace veinte años garantiza el voto de hoy. Y aunque la memoria histórica ayuda a ganar elecciones, no sustituye la evaluación del presente. Los votantes viven de su salario, del precio de la comida, de la seguridad y de sus expectativas. Lula fracasó porque una parte importante del electorado, que lo apoyó en 2022, ya no siente que la memoria de sus primeros gobiernos sea suficiente para resolver los problemas actuales.

Estadísticamente, Flávio Bolsonaro tiene las de ganar, aunque sea muy ajustado. La segunda vuelta en Brasil podría sepultar a un animal político como Lula, que ni supo cuando irse a casa, menos renovar sus ideas y los rostros en su proyecto político.

 

*Máster en Ciencias Políticas y Sociología


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