Cuando el autor entra al aula
En 2018 escribí en esta columna sobre el proyecto “Autor Nacional” del Colegio Internacional de la Sierra. Entonces lo conocía desde afuera: como editor, como observador del mundo del libro y con la convicción de que acercar la literatura boliviana a niños y jóvenes era una de esas quijotadas que merecían prosperar.
La primera edición del programa se realizó en 2004, por iniciativa de la educadora Cecilia Mendoza y su equipo. Durante varios meses, los estudiantes leerían obras de autores bolivianos, conversarían sobre ellas, las interpretarían con libertad y, al final, recibirían a esos escritores en sus aulas.
Cuando escribí aquella columna, todavía no había participado como autor invitado. Me tocó hacerlo en 2024 y volví en 2025. El programa continúa, aunque quienes lo organizan son otros. En educación, pocas noticias son tan alentadoras como descubrir que un buen proyecto ha sobrevivido a sus iniciadores.
Confieso que la primera vez llegué con cierta inquietud. Uno puede hablar ante adultos, presentar libros, participar en mesas redondas y hasta fingir solvencia cuando no sabe bien qué responder. Frente a los jóvenes, en cambio, esas pequeñas imposturas duran poco. Ellos preguntan sin rodeos, señalan contradicciones, reclaman por un personaje, cuestionan un final y encuentran en lo escrito sentidos que el autor ni siquiera sospechaba.
Allí comprobé algo que hasta entonces solo intuía: cuando el escritor entra al aula, deja de ser el nombre que figura en la portada. Adquiere rostro, voz, gestos, edad e incluso defectos visibles. Se convierte en una persona de carne y hueso, lo cual suele sorprender a quienes imaginan que todos los autores pertenecen al mismo remoto territorio de Cervantes y Homero.
Para el escritor también hay sorpresa: esos lectores anónimos están ahora sentados delante de él. Han subrayado sus textos, discutido sus decisiones, imaginado otros desenlaces y relacionado las historias con su propia vida. Algunas preguntas obligan a explicar el proceso creativo; otras, a revisarlo. Y no falta aquella que deja al autor pensando que habría sido más prudente quedarse en casa.
En esos encuentros he escuchado interpretaciones que enriquecieron mi lectura de lo que escribí. Los estudiantes leyeron entre líneas cosas que yo no había previsto; observaron detalles que yo había olvidado y defendieron personajes con una convicción que ya quisiera cualquier abogado. Un libro, una vez publicado, deja de obedecer por completo a quien lo escribió. Cada lector lo reconstruye desde su experiencia, sus temores, sus recuerdos y su imaginación.
Esa conversación también acerca a los jóvenes a la literatura boliviana. Pueden hablar de lo que han leído con los autores cuyos nombres figuran en el programa escolar. Los estudiantes descubren que en Bolivia se escriben historias sobre lugares que conocen, conflictos que reconocen y personas que podrían vivir en su barrio. Y que detrás de esas páginas hay alguien que duda, corrige, borra, vuelve a escribir y, a veces, consigue publicar.
No sé cuántos de ellos serán escritores. Tampoco es necesario que lo sean. Bastaría con que algunos salieran del aula sabiendo que los libros también pueden hacerles preguntas y que leer no consiste únicamente en descubrir qué quiso decir el autor para responder correctamente en un examen. A veces, ni el propio autor sabe con certeza qué quiso decir, aunque procura disimularlo cuando lo invitan a un colegio.
Hoy, viernes, volveré por tercera vez a las aulas del Colegio Internacional de la Sierra. Llevaré mis libros y algunas respuestas preparadas, aunque ya sé que habrá preguntas para las que no tenga respuesta. Los estudiantes descubrirán que los autores estamos vivos, y los autores comprobaremos que nuestros libros también.





