El metafísico del fracaso versión TikTok

Rafael Barrett, el periodista anarquista que era lectura obligatoria del proletariado ilustrado en las minas de Potosí, alertó en 1910: “No hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan”

Hace un siglo, los bolivianos fueron conducidos a una guerra fratricida por la demagogia de Daniel Salamanca, quien no dudó de aprovechar las demoras diplomáticas para salirse del frente interno convulsionado por reclamos de la autonomía universitaria, del respeto a las tierras comunitarias y de los flamantes sindicatos obreros.

En este fatídico 2026, los bolivianos son desbarrancados a una guerra civil de baja intensidad, en la cual la inacción del presidente Rodrigo Paz Pereira y de su gobierno ha culminado en la destrucción de las cadenas productivas, las escasas vías de comunicación, la limitada producción industrial y agroindustrial, los pequeños emprendimientos.

El metafísico del fracaso aseguraba que el país estaba listo para “pisar fuerte en el Chaco”. No con los arados, como había sugerido Jaime Mendoza, sino con las botas prusianas. Solo la valentía de los combatientes, la capacidad de los profesionales que partieron a las trincheras, la abnegación de los campesinos llevados a la fuerza, la fortaleza indígena detuvo el avance de los paraguayos. Salamanca y sus adláteres creían que la pérdida de dos generaciones de hombres en la Guerra de la Triple Alianza iba dejar sin respuesta al ejército de José Félix Estigarribia. ¡Qué equivocado estaba!

En el medio la acción de argentinos que tienen una atracción desenfrenada por meterse en la política boliviana. Documentos confidenciales inéditos del embajador boliviano Casto Rojas muestran cómo Buenos Aires jugó un papel de dos caras. Desde la cancillería se presentaba como mediador; desde la prensa y agitadores trabajaba para beneficiar las demandas paraguayas; incluso insistían en echar leña para distanciar a los soldados cruceños y benianos de los andinos. ¡Tanto para investigar!

Paz llegó al Palacio de gobierno con un insospechado capital social, más allá de su propia candidatura y de la deformidad congénita de su fórmula. En sus espaldas cargaba la responsabilidad de recuperar el (No) Estado desestructurado. Seis meses después los habitantes de este territorio comprueban azorados que el Estado Plurinacional de Bolivia no existe. La ausencia del Estado explica la falta de respuestas concretas para impedir, enfrentar o solucionar la insurrección de sectores sociales con diferentes demandas, desde las históricas hasta las ambiciosas.

La derrota electoral del Movimiento al Socialismo no significó el final de un modus vivendi que de una y otra forma existió en Bolivia desde la masiva incorporación a la administración pública con la Participación Popular en 1994; la presencia de aymaras en la vicepresidencia; el proyecto para asumir el poder político expresada en los conflictos de 2000 y en diferentes episodios en los últimos 20 años.

Paz Pereira demuestra tanta frivolidad como Salamanca en 1932. Revisar sus declaraciones a lo largo del año lo desnudan. Los reclamos de los mismos grupos que le dieron el voto fueron contestados con adjetivos: sicarios sindicales, trabajadores vip, narcoterroristas.

Cuando le es útil los bloqueadores se transforman en “mis compañeros Tupac y Bartolina Sisa han tratado los temas del norte de La Paz”. Más de mil horas después del corte de la vía yungueña: “Esta es la manera de trabajar, no bloqueando, trabajando”, mientras toneladas de productos agrícolas se pudren en el camino.

Las madres no pudieron festejar su día, pero el presidente confiado aseguró en su red: “Los bolivianos no tememos al futuro. Encaramos el futuro. Vamos a paso de vencedores. Amamos a la patria y aquel que le hace daño no ama la patria”. Varias veces aseguró: “el tiempo se acaba, se acaba” sin mirar a los miles de paceños durmiendo cinco días por unos litros de gasolina adulterada.

“Es la batalla de todas las batallas. Tenemos que ganar esta batalla para ganar la guerra (narcotráfico acorralado) mientras decenas de restaurantes, emprendimientos, grandes industrias cierran sus puertas, algunas después de décadas de funcionamiento.

“No tengo miedo a fallar, tengo miedo a no intentarlo”, al mismo tiempo que se festeja la fiesta de graduación del colegio más caro del país, se cierra el local para la comida familiar, se nombra a otros cumpas y familiares.

Catalina, la representante de la familia real, manda mensajes a todos los ministerios: “Nuestro querido Fer… dice que …”, más despistada que el padre.

Salamanca creía que podía ganar la guerra moviendo fichas sobre el mapa en su escritorio. Provocó con sus especulaciones intelectuales el colapso del país. Tarde comprendió que no podía gobernar sin escuchar los reclamos del bloque popular. A su favor, la historia lo reconoce como un mandatario austero y honesto.

Paz Pereira, en su extravío, anuncia casi feliz que va ganando porque de los 120 bloqueos sólo quedan 50. “Por medio del diálogo los puntos de bloqueo desaparecen”. Ante el alcalde El Alto discursea: “La falta de destino común ha hecho una suerte de conflicto en cuanto cuales son los destinos comunes (de La Paz” (sic) y asegura que le dará el 11 por ciento de regalías por el petróleo en el norte amazónico. ¿Leerá libros?

Un corrillo de Pancho Villa decía: “¿Qué pensarían, ay, los americanos, que combatir a Villa era un baile de Carquís? Con la cara cubierta de vergüenza tuvieron que volver a su país”. La letra emparenta las luchas agrarias mexicanas con las bolivianas.

Rafael Barrett, el periodista anarquista que era lectura obligatoria del proletariado ilustrado en las minas de Potosí, alertó en 1910: “No hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan.”


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