El país que todavía andamos buscando
Bolivia vivió grandes momentos políticos acompañados por narrativas “épicas” que dieron sentido a cada etapa histórica. La Guerra Federal, la Revolución del 52 y el Proceso de Cambio marcaron ciclos donde una idea de país logró imponerse emocionalmente.
El masismo de Evo Morales construyó esa fuerza alrededor de cuatro ejes: inclusión indígena, defensa de los recursos naturales, redistribución de la tierra y resistencia frente al poder extranjero, conectando con sectores históricamente excluidos del viejo Estado republicano.
Pero reconocer esa potencia simbólica no implica desconocer el enorme daño institucional que dejó ese periodo. La concentración de poder, la persecución política, el abuso de la justicia y la confrontación permanente fracturaron la convivencia democrática del país. Evo Morales convirtió muchas veces al Estado en un mecanismo de presión contra quienes pensaban distinto, castigando política y económicamente a Santa Cruz, Tarija y otras regiones por defender autonomía y otra visión de país.
Sin embargo, durante mucho tiempo Bolivia creyó que bastaba con denunciar los abusos del masismo para derrotar su proyecto político. Y ahí estuvo una de las grandes incomprensiones de nuestra historia reciente. Las narrativas sobreviven mientras sigan interpretando emociones e identidades colectivas.
Ahí radicó la fortaleza del masismo: logró que amplios sectores populares sintieran que el país también les pertenecía. Porque en Bolivia los grandes procesos no se construyen solamente desde el poder, sino desde el poncho, la pollera, el tipoy y la abarca; desde la necesidad de pertenecer a una idea de nación que haga sentido a las mayorías.
Por eso, el problema de la Ley 1720 nunca fue solamente técnico o jurídico. La tierra, en Bolivia, nunca es solamente tierra. Es identidad, memoria y poder. La discusión abrió una etapa de convulsión nacional y terminó convirtiéndose en el detonante perfecto para que el viejo ciclo político reactive nuevamente la confrontación como método de supervivencia.
A ese escenario se sumó el malestar acumulado alrededor del problema de los combustibles y la gasolina de mala calidad. Todo eso terminó catalizando un descontento que el evismo intenta nuevamente capitalizar políticamente.
Hoy Bolivia atraviesa un momento delicado. Las movilizaciones y los pedidos de renuncia presidencial vuelven a colocar al país frente al riesgo de desconocer la voluntad popular expresada en las urnas. Y ahí debe existir una claridad absoluta: la democracia se defiende dentro de la democracia. El país no puede volver a quedar rehén de la ruptura y la confrontación permanente.
El gobierno de Rodrigo Paz está realizando esfuerzos importantes para estabilizar el país. Reducir el déficit, desmontar subsidios insostenibles, recuperar credibilidad internacional, conseguir créditos y abrir Bolivia nuevamente al mundo son decisiones difíciles, pero necesarias.
Pero el desafío de fondo no es solamente económico.
Es narrativo.
El gran desafío es construir una visión de país que le haga sentido a las mayorías. Una visión que entienda al sujeto político boliviano, su historia de larga data, sus heridas y aspiraciones profundas. Las grandes mayorías todavía no terminan de sentirse plenamente reflejadas en el nuevo horizonte político.
En algunos sectores populares comienza a instalarse cierta distancia emocional con el gobierno que apoyaron y, en varias regiones, persiste la sensación de que las demandas de autonomía, pacto fiscal y equilibrio territorial aún esperan una respuesta más profunda y rápida.
Ahí aparece el gran desafío histórico: construir una nueva visión nacional, distinta a la lógica agotada de confrontación. Una visión donde inclusión, producción, libertad, democracia y justicia territorial convivan dentro de un mismo horizonte compartido.
Y esa nueva visión comienza también a emerger desde liderazgos regionales, instituciones y nuevos procesos políticos que están interpretando el agotamiento de los extremos y la necesidad de reconciliación nacional. Desde distintos rincones del país empieza a aparecer una Bolivia más empática, democrática y productiva.
Porque el evismo entiende perfectamente algo: se nutre de la confrontación. Necesita volver a dividir emocionalmente al país para recuperar fuerza política. Y ahí radica uno de los mayores riesgos de este momento histórico: intentar apagar el incendio con más gasolina.
La confrontación solo abre más la herida. Responder a la radicalización con más radicalización fortalece el mismo paradigma que Bolivia necesita superar.
El futuro maravilloso de Bolivia no está en recetas del pasado. Está en la capacidad de construir un nuevo consenso nacional, acompañado de una gestión política de alto nivel, capaz de reconectar con sectores populares, liderazgos locales y demandas regionales. Que la política vuelva a fluir y que la gente vuelva a sentirse escuchada.
La clase política e institucional debe entender en estos días críticos, el sentido de urgencia de alinearse monolíticamente para defender la democracia por encima de cualquier intereses. Se requiere madurez, generosidad y sentido de nación. Porque el fracaso del actual gobierno no le abre la puerta a algo nuevo; le abre nuevamente el portón al retorno del pasado.
Los extremos y la confrontación son mininoria, el nuevo paradigma es una tarea colectiva.
*Consultor político


